SALVADOR ALLENDE: SU OBRA Y... SU MISTERIO


SALVADOR ALLENDE: SU OBRA Y... SU MISTERIO

I

Su obra.


Siempre tuve deseos de escribir un inmenso poema acerca de Salvador Allende. Pero creo que jamás podré hacerlo, no precisamente porque me falte la experiencia como versificador, sino porque... Yo no sé. Quizá, porque todo comienzo me parece precario, y si uno no pasa del comienzo, difícilmente pueda acometer obra alguna.  O quizá porque las personalidades de la talla de Allende no han  necesitado  ni necesitarán  jamás que se les agregue versos, epítetos, definiciones u ovaciones a su nombre. Porque tales personalidades suelen ser tan repentinas, tan distintas y tan ajenas y entrañables a la vez, que todo lo que digamos parece poco, impreciso y hasta falso y ruin: como si de pronto, sin ton  ni son, nos hubiéramos puesto a declamar sandeces en un santuario. Y entiendo que estas palabras pueden provocar reacciones inadecuadas de quien no pueda o no quiera comprenderme. ¡Hay tanta gente bien intencionada que considera un sagrado deber escribir la apología o la biografía del Prócer triunfador, o a veces, del Mesías crucificado! Por otra parte, ¡hay tantos malintencionados que quisieran borrar para siempre el recuerdo mismo del Prócer sacrificado!
Porque Salvador Allende fue, es y será, indudablemente, un Prócer, uno de esos hombres que vienen a cambiar para siempre la Historia  de tribus, pueblos, naciones y.... hasta de la Humanidad toda.
"Bueno, ya estás cayendo en el apologismo", dirán los malintencionados, aquellos que consideran una exageración incluso mencionar el nombre de Salvador Allende. Y claro, visto así, las exageraciones de mi parte devienen inevitables, sobre todo si quienes critican mis modestos esfuerzos de pronto se ponen a aleccionarme sin consideración ninguna. Dizque, "mire, caballerito, siendo Chile un  país tan pequeño, usted pretende desenvolvernos a nivel de toda la Humanidad  algo que fue un asunto estrictamente local. Por mucho valor que tuviera el intento de Allende, no prendió ni siquiera en Chile y... etc."
Prendió, no prendió... hablemos mejor de ciertas consideraciones metodológicas, y especifiquemos que aquí no me interesa entablar polémica alguna ni menos pretendo endosarle a la fuerza al lector mis puntos de vista. Quedemos, mejor, en que la personalidad de Allende da también para eso: es decir, para que cada quien tenga su propia opinión. Y además, no voy a comenzar aquí polémicas de ninguna índole, no porque me sienta incapaz de llevar a buen fin cualquier discusión, sino porque sé perfectamente que para polemizar las partes tienen que ser INEXACTAS en sus apreciaciones. Digo, que tienen que andar siempre jugando a las adivinanzas respecto a la Verdad, y conservar incólume cierta IGNORANCIA BASICA que les permita seguir dialogando. Porque la Verdad en sí siempre es indiscutible.
Pero, de todos modos, volvamos al tema, y aceptemos que Chile es realmente un país pequeño, un país que en las inmensas comedia y tragedia humanas jamás había desempeñado un papel notable, y... ¡Nada más! Porque, estimados, todos sabemos perfectamente que las dimensiones geográficas, políticas o culturales no hacen la importancia de lo que ocurra o de lo que se descubra en un país determinado. Por ejemplo, los antiguos hebreos no eran ni siquiera un país cuando, sin saberlo ellos mismos, empezaron a echar las bases de lo que sería más tarde el pensamiento religioso, social y económico de toda una civilización: la Occidental.
Por analogía, yo me atrevo a afirmar que el propio Allende no tenía un conocimiento preciso de lo que su persona significaría para la Humanidad. Lo mismo, los chilenos, quienes hasta ahora no han comprendido que él no fue únicamente un  presidente de ideas socialistas derrocado por un golpe fascista. Tal consideración se me antoja demasiado unilateral. Por mi parte, prefiero ir más allá. Prefiero ver los augurios, como dirían los antiguos romanos. Y develar en la medida de lo posible los indicios de ese "algo" extraño que se adivinaba en Allende.
Empecemos por lo evidente.
En primer lugar, por muchas vueltas que se le dé, resulta indiscutible el hecho de que Salvador Allende fue en la Historia de Chile el único político que dedicó TODA SU VIDA a cambiar para mejor la realidad económica, social y cultural del país, y el único que defendió con su vida y eternizó con su muerte la confianza, los ideales y los sueños de sus compatriotas. Dicho más simple: nunca antes ni después de Allende un gobernante chileno había representado los intereses de la TOTALIDAD del país, incluso los intereses de aquellos chilenos que, por su posición social y económica y por su modo de pensar, eran sus enemigos y lo odiaban a muerte.
Y parece sacrílego lo que acabo de afirmar. Pero no lo es, ni mucho menos.
La evidencia de que Allende representaba y defendía los intereses de los "pequeños", dígase de parte de la clase media, de los obreros y los campesinos, a muchos nos ha impedido ver que los puntos de vista de él, a la larga o a la corta, debían favorecer a todo el país, sin excepción. Ya de por sí, la idea de hacer de Chile un país independiente, realmente soberano y con su propia identidad en todos los ámbitos, un día debería borrar las diferencias procedentes de lo económico, lo social y lo cultural. Directa o indirectamente, esa idea estuvo presente en todos los actos de él, fue el leitmotiv de sus repetidas campañas presidenciales, y lo acompañó hasta su último momento el 11 de septiembre de 1973. "Tengo fe en Chile y su destino...", nos dijo entonces, en un momento en que la artillería, la aviación y la infantería de los extraviados dejaban caer sobre La Moneda toda la fiereza de sus ataques.
Tengo fe en Chile y su destino... Da qué pensar esa frase. Sobre todo, pronunciada por un hombre de ideas socialistas, quien en un momento crucial para sí mismo y para su país no intenta ahondar las diferencias de clase, sino evitarlas, recurriendo a lo que era común para todos sus compatriotas: la imágen de Chile.
"¡Trabajadores de mi Patria! Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento crucial y amargo en que la traición pretende imponerse."
Si alguien ve en estas palabras, que por momentos adquieren la fuerza de una oración, si alguien ve en las mismas, insisto, propaganda sectaria de cualquiera índole, lo reto a que lo demuestre. Trabajadores somos todos quienes hacemos algo positivo por el país, indistintamente de nuestros puntos de vista y de nuestra pertenencia social. La Patria también indiscutiblemente nos pertenece a todos. Y los HOMBRES que superarían aquel momento cruel y amargo deberían lógicamente ser otros chilenos, las futuras generaciones que él, Allende, vislumbraba más allá de las explosiones, las ráfagas de ametralladora y la humareda de los incendios. Una vez que el país saliera de nuevo a la luz y dejara atrás para siempre el oscurantismo.
Más de un Tomás incrédulo habrá por ahí despotricando. Dizque, sería mejor que aportaras pruebas prácticas y concretas acerca de lo que afirmas, porque yo, señor mío, entiendo de otro modo lo que dijo Allende. Y además, no creo que el quisiera hacer de Chile precisamente un país independiente y soberano.
Todas las pruebas concretas se pueden resumir en una sola: precisamente es el gobierno de Allende el que lleva a cabo la NACIONALIZACIÓN  de las riquezas básicas del país, representadas principalmente por el COBRE.
Ya sólo por eso podría recordársele. Porque, nacionalizadas, las riquezas básicas constituyen el respaldo garantizado para todos los sectores de la economía, sean estos privados o estatales. Precisamente las riquezas básicas bien administradas facilitan la afluencia de recursos monetarios (o divisas de libre cambio), tecnologías, avances científicos y técnicos; incentivan la exportación y la importación de mercancías, contribuyen al desarrollo industrial y al bienestar social. Y esos parámetros benefician, lógicamente, a todos los participantes en la gestión económica, y por lo mismo, a la sociedad en su conjunto.
Pero un mayor progreso no implica sólo un mayor bienestar. Además, crecen la conciencia y la dignidad nacionales, el orgullo de los ciudadanos por vivir en un país solvente desde todo punto de vista, la convicción de que las épocas de indigencia, miserias y pordiosería nacional deben quedarse en el pasado de una vez y para siempre, el convencimiento de que la violencia como método para resolver los problemas sociales o económicos es un anacronismo de barbarie inaceptable para los seres realmente desarrollados.
Lógico, aquí pueden refutarnos:
"Está bien. Todo lo que has dicho sobre los objetivos económicos y sociales que trazó Salvador Allende tiene ciertos visos de realidad. Pero... ¿de dónde sacas tú esa evolución de la dignidad, la conciencia y el orgullo nacional de los chilenos? ¿Acaso veinte años de dictadura militar y un millón de exiliados no son pruebas evidentes de que la barbarie y la violencia siguen siendo actuales? ¿Acaso la situación del país hoy no desmiente tus afirmaciones de progreso? ¿De qué dignidad y conciencia nacional podemos hablar, habiendo tanta corrupción, desfalco y robo a todos los niveles estatales, gubernamentales y sociales?"
Bueno, no nos pongamos intransigentes, porque no me retractaré de lo dicho hasta ahora, así me pongan sobre el escritorio una tonelada de cifras y hechos contraproducentes. Y no por ser yo terco, sino... por la sencilla razón de que, una vez puesta en práctica la nacionalización del cobre, realmente se observó en el país un innegable progreso en todos los ámbitos. Y no fue precisamente Allende quien obstaculizó ese progreso, mediante el sabotaje internacional, y tampoco fue Allende quien convirtió las FF.AA. en instrumento de represión fascista contra el país. Ni menos fue Allende quien llenó de campos de concentración el país, ni fue él quien más tarde decretó la desnacionalización del cobre y multiplicó la miseria y la indigencia en los chilenos. Esas ya para todo el mundo son evidencias que  no vale la pena recalcar aquí.
Recalquemos, sí, la idea central que hemos pretendido exponer hasta este momento: pese al golpe fascista, pese a la represión, pese a los desatinados años de "gobierno" pinochetista, pese a la decretada desnacionalización del cobre, precisamente la obra NACIONALIZADORA  realizada por Allende salvó del despeñadero definitivo al país. Incluso en los años de la dictadura. Precisamente el cobre nacionalizado fue la BASE y la GARANTIA del "milagro económico" de que se jactaban Pinochet y sus partidarios. Y por duro que sea reconocerlo para quienes nos pasamos la vida entera en el exilio, nos vemos en la necesidad de constatar, con absoluta convicción, que la dictadura pinochetista hubiera durado mucho menos si el 11 de septiembre de 1973 hubiera derrocado sólo un gobierno latinoamericano cualquiera, uno de esos gobiernos tímidos e ingenuamente "democráticos" propios de aquella época.
Pero, pese al breve tiempo que se encontró en el poder Salvador Allende, su gobierno nada tuvo de típico ni de ingenuo. Tuvo, sí, mucho de inteligente y perdurable, hasta el extremo de que sus propios enemigos se vieron obligados a valerse de sus logros.

II

Su misterio

Bueno, y dicho ya todo lo evidente, pasemos ahora a lo improbable, a asuntos que inmediatamente suelen ser catalogados de "estupidez", "tontería", "banalidad" y etc. por quienes creen tener el más absoluto derecho a rechazar de ese modo lo que no comprenden..
Hablemos del sentido de los nombres, partiendo de la absoluta convicción de que en los ámbitos de la Razón y el Intelecto el nombre de todo lo existente jamás fue una casualidad, ni mucho menos, sino el medio y modo más directos para captar e incluso develar cierta REALIDAD INFORMATIVA implícita a todo lo que existe. Estamos absolutamente convencidos de que cada nombre es un SIMBOLO (o una clave) que, de modo compacto, contiene en sí mismo TODA la información referente a quien (o a lo que) ostenta el nombre. Carácter, aspecto físico, estado psíquico, pertenencia cultural, etnográfica, geográfica, etc. ¡Todo está codificado en el nombre! Más algo absolutamente inesperado, pero no por eso menos real: el objetivo fundamental conque surgiera en este mundo el portador del nombre, sea el mismo un ser humano, un animal, un objeto, un lugar geográfico, etc. El objetivo y las vías mediante las cuales se ha de lograr ese objetivo.
Por ejemplo, cualquiera se acuerda de Chernóbyl. Precisamente en la central atomoeléctrica de esa localidad ucraniana tuvo lugar una de las catástrofes más terribles del siglo XX. Hoy Chernóbyl es un pueblo fantasma, contaminado por la radiación. Y así, quizá, se quedará. Inhabitado por los siglos de los siglos. Y eso lo sabe cualquiera.
Pero lo que no todos conocen es el significado directo (en ruso) del nombre "Chernobyl". Y ni siquiera los rusos, que sí lo entienden, se detienen a pensar en el mismo.
Y sin embargo, resulta bastante curioso comprobar que la palabra en sí procede de dos significativos conceptos. Hélos aquí:
Cherno: de "chiórnoye", o sea, negro, oscuro, tenebroso, siniestro, macabro, amargo, desgraciado, etc. Porque al igual que en castellano, también en ruso,dependiendo del contexto, el color negro tendrá todas esas acepciones.
Y Byl: o sea, "realidad", "hecho real", y hasta cierto punto, "asunto".
De tal modo, CHERNOBYL significa REALIDAD NEGRA (oscura, tenebrosa, amarga, macabra, siniestra, desgraciada, etc.).
¡Y que nadie después diga que en este caso, y en muchos otros similares, ha habido casualidad de por medio! Chernobyl fue llamado así antes de la tragedia, precisamente porque la tragedia en sí tenía que ocurrir un día. Fue llamado de ese modo como un vaticinio, una advertencia y un probable castigo para quienes demasiado irresponsablemente juegan con poderes que no conocen del todo. Precisamente así. Porque el nombre, como clave o símbolo informativo, predomina sobre el TIEMPO y el ESPACIO, traspasa todas las barreras imaginables e inimaginables, y lleva a todas las épocas el rasgo principal que, paradójicamente, habrá de distinguir y definir el nombre en sí. En el caso que hemos puesto de ejemplo, distingue y define a Chernóbyl o "Realidad Macabra", donde el concepto de "realidad" se concretiza bruscamente después de la tragedia, para adquirir el significado de "LUGAR", lisa y llanamente. Así, Chernóbyl habría que entenderlo como "Lugar Macabro", o sea, como lo que verdaderamente es hoy ese poblado fantasma.
Pero, con lo que hemos dicho, no se debe crear la impresión de que en este ámbito todo tiene que ser tan evidente como en nuestro ejemplo. Si así fuera, no tendríamos la más mínima dificultad para adivinar o identificar, a través del nombre, el significado y los objetivos verdaderos de todo lo existente. ¡Y seríamos dioses!
¡Qué va! Cuando se trata de develar claves o símbolos que permiten alcanzar el acceso a la realidad informativa de todo ser o cosa, el HERMETISMO es la barrera definitiva que se opone a nuestra curiosidad. Por ejemplo, ¿qué pueden implicar como realidades informativas, con su sentido y sus objetivos, los nombre simples, tales como San Sebastián, Las Cruces, Las Campanas, etc.? Mientras más simple sea el nombre, más difícil será el acceso a su realidad informativa.
No obstante, cabe suponer que los seres humanos, en diversas épocas, supimos valernos del nombre como clave o símbolo para lograr los más distintos fines. Una lejana reminiscencia de ello se observa en las estirpes que llevan un mismo apellido, donde cada individuo ostentará los rasgos comunes a la estirpe, legados de generación en generación, más ese "algo" absolutamente sin igual que se desprende de su propio nombre, esa individualidad que, desgraciadamente, puede ser denigrada, perjudicada y tergiversada.
A propósito, en el ámbito místico muchas religiones antiguas prohibían terminantemente mencionar el VERDADERO nombre de Dios a quienes no fueran iniciados en los misterios de la fe. Quizá, a sabiendas de que el nombre suele ser mucho menos inofensivo de lo que parece a simple vista. Hasta ahora, los hebreos, los cristianos y los musulmanes prohiben mencionar a Dios en vano, o sea, sin un fin realmente válido. Y los intentos de calificar o determinar de algún modo al Creador son considerados absoluto sacrilegio por toda iglesia. "Cada cosa posee su Manitú, pero cúidate mucho de llamarlo o provocarlo.",  advertían los indígenas de América del Norte. Ellos mismos consideraban que el ser humano debía CAMBIAR de nombre varias veces en la vida, y en ciertas tribus se acostumbraba llevar varios nombres a la vez: el de cada día, el de las ocasiones epeciales y el PERSONAL, que era del conocimiento exclusivo de su poseedor. Por último, para recalcar la importancia indudable de lo que hemos tratado de exponer y de lo que veremos más adelante, digamos que hoy, con la aparición de los ordenadores, la primera máquina que funciona sobre una base informativa, el nombre como símbolo o clave de acceso a todo lo existente ya no parece un absurdo. La significativa "magia" del nombre es una realidad indudable. Lo es el el caso de cualquier Pedro Pablo Perez Pereira, así como (más aún) en el caso de un Prócer cuya obra inevitablemente redundará en cambios positivos para toda la Humanidad, un Procer que ostenta el nombre de SALVADOR ALLENDE. Donde "Salvador" deviene concepto absolutamente claro ya de por sí. Y "Allende", dicho más simple, significa "del otro lado". O sea que, según la práctica y el misterio del nombre, en estas páginas habríamos estado hablando de un salvador de la Humanidad que, sin saberlo él mismo, habría venido "de otro lado" a desempeñar su misión redentora.
Y como creo haber sobrepasado ya el aguante de muchas destacadas eminencias de lo razonable, digamos para quienes hasta ahora han resistido la lectura de estas líneas: que nadie ni siquiera sueñe que lo dicho proviene únicamente de fantasías o estupideces del autor, las cuales, de existir, pueden ser sólo formales y no afectan el contenido. Tampoco nadie crea que aquí he pretendido echar desacertadamente las bases de una nueva religión.
El mundo entero está lleno de calles, plazas, bulevares, etc. que llevan el nombre de Salvador Allende. Pocos contemporáneos nuestros, o quizá ninguno, han logrado tan amplio reconocimiento mundial a sus méritos. Y eso es un hecho innegable, que demuestra claramente la reacción de toda la Humanidad a la aparición del Prócer.
Precisamente en esas calles, plazas, bulevares, etc. comenzarán un día los cambios irrevocables, hacia los cuales el nombre de Salvador Allende conduce a los seres humanos.
Y para quienes aún  lo dudan, hablemos con las palabras del Prócer:
"Quizá el metal de mi voz será apagado, pero yo siempre estaré con ustedes, en el recuerdo... Estoy convencido de que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las Grandes Alamedas por las que pase el Hombre Libre para construir una sociedad mejor."

Todavía se oyen los desatinados rugidos de la Bestia, el fragor del bombardeo que trata de acallar la voz calma del Prócer. No obstante, las Grandes Alamedas están esperando su momento estelar. En muchos países, en muchas ciudades, en muchos poblados... en el alma misma de quienes vendrán a abrirlas. Y entonces...

Eugenio Aguilera. Moscú, 25 de agosto del 2008



Fecha: 2008-09-05

Por: Eugenio Aguilera

Idiomas: Russian language

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