El Bien y el Mal


         “¡Vaya evidencias que escoge la gente cuando nada tiene que decir!”, exclamará quizá más de un curioso al leer el encabezamiento de estas líneas. Suponiendo, indudablemente, que el tema es tan elemental y trillado que nada nuevo se puede aportar al respecto. Como quien dijera, ¿El Bien y el Mal? ¿Y qué puedes contarme tú de lo que yo conozco perfectamente desde chiquito?

         No obstante, nosotros sí creemos que hay más de algo que se puede decir. Siquiera por el hecho de que muchas veces les hemos pedido una definición exacta de esos conceptos a gentes de la más diversa procedencia y... Fulano o Sutano, ¿podría decirnos qué es el Bien y qué es el mal?

Y el filósofo, el catedrático, el sacerdote, el médico, el obrero, el aldeano, etc. con idéntica expresión de autosuficiencia en cada caso, intentarán una definición que se les antoja absolutamente accesible, por la evidencia del tema en sí, y... ¿Y qué? ¡Nada! Porque no es demasiado serio eso de ponerse a mencionar sinónimos o antónimos, creyendo que estás explicando algo. “El Bien –nos dicen, luego de cierta pausa de desconcierto-, es todo lo bueno.” Y nos miran triunfalmente, casi con sorna. Dizque, miocrobio, ¿a quién querías tomar desprevenido?

Pero cuando les informamos que las simplezas no nos interesan, y que eso de definir el Bien como lo que no es el Mal, o el Mal como lo que no es el Bien, tampoco nos sirve, el desconcierto que al comienzo se vislumbrara apenas como un segundo de vacilación puede aflorar a la superficie transformado ya en arrebato de indignación.

 “Oiga, usted, ¿qué pretende? ¿Intenta insinuar que yo no sé esas simplezas? ¡Usted todavía no estaba ni en proyecto, cuando el hijo de mi padre ya andaba por este mundo con los ojos bien abiertos, para que sepa! Y...”

¿Y qué? Nada otra vez, porque tampoco convence mucho lo que podamos escuchar de gentes que al conocimiento y al concepto preciso anteponen la indignación.

O por el contrario, una falsa modestia:

“Mire, señor Tal por Cual, yo, claro, soy menor que usted, tengo menos experiencia y no he pensado mucho sobre ese asunto, pero estoy seguro de que...”

Y toda la seguridad de los unos y los otros se desmorona cuando especificamos aún más la pregunta, complicando por cierto la respuesta. Dizque, señor Perico de los Palotes, lo que en realidad le estamos pidiendo no es una definición a la ligera, sino una definición válida y absoluta para todo espacio, todo tiempo, toda raza, y para... todo el universo incluso. Imagínese, usted, que yo no soy un ser humano, que soy un extraterrestre. Más aún, soy un ser de otro universo. Me he dado cuenta de que en el universo de usted existen el Bien y el Mal, asuntos  inexistentes en el espacio del cual yo procedo, y por lo mismo, quisiera obtener de usted las más precisa información al respecto.

         Y ahí descubrimos que en muchos casos ni siquiera el honor y la imágen de todo el universo, ¡que no sólo de nuestra especie!, no bastan para sacar del círculo vicioso a nuestros “concursantes”. Hasta que alguien, sin creer demasiado en nuestra procedencia extraterrestre, nos pregunta de pronto: “¿Y no se les ha ocurrido consultar el diccionario?”

¡Vaya! ¡Buena idea! Hagámoslo:

 

         MAL. Forma apocópada de “malo”.

         MALO. Se dice de lo que perjudica o no es como conviene o se desea.

         BIEN. Cosa buena, favorable o conveniente.

        

         ¡Y ya nos figuramos la cara del extraterrícola (si el mismo tiene cara) cuando oiga de nosotros tamaña “sabiduría”. Y por suerte que no se nos ocurrió recurrir a un diccionario filosófico ni a las escrituras sagradas de cualquier religión dualista, porque entonces el ser de otro universo se encogería de hombros (si los tuviera) y nos daría el más real y formidable esquinazo que nos merecemos. Por incomprensivos e incomprensibles.

         Por todo lo anterior, ya ha llegado la hora de que propongamos esa misteriosa DEFINICION UNIVERSAL que hasta aquí hemos venido pidiendo y reteniendo a la vez, absolutamente convencidos de que en cuanto la emitamos habrá quienes de inmediato saltarán al escenario para vociferar que precisamente eso ellos habían querido decir. Que si nosotros les hubiéramos permitido pensar... Que si el estado del tiempo y otras hierbas... Que si nosotros no les hubiéramos enturbiado el raciocinio, etc.

         No importa. Somos modestos, y por ningún motivo pretendemos apoderarnos de los derechos de autor en algo que existe desde que el Universo es Universo. De modo que déjese ya de agitar esa bandera, y escuche lo que tenemos que decirle.

 

         Héla aquí esa definición:

         En este Universo, en este planeta, en cualquier continente, en cualquier país y en la especie humana en su conjunto será el Bien todo aquello que construye o crea en aras de la consiguiente construcción o creación.

¡Así mismo, sin excepciones de ninguna clase!

Por mucho que se haga caso omiso de ello, por mucho que se lo tergiverse, y entre los seres humanos, se lo critique, se lo postergue, se lo difame, se lo torture, se lo condene, se lo encierre en cárceles, se lo destierre o se lo asesine valiéndose de cualquier disculpa más o menos lógica... si construye o crea es EL BIEN INDUDABLEMENTE.

De modo que, sin temor a equivocarnos, podemos ya afirmar que el Bien es CREACION o CONSTRUCCION.

 

Y por contraposición real y verdadera:

En este universo, en este planeta, en cualquier continente, en cualquier país y en la especie humana en su conjunto será el Mal todo aquello que destruye.

¡Y tampoco en este caso surgen excepciones de ninguna índole, así traten de inventarlas!

Por mucho que se lo elogie o se lo ensalce, por mucho que se lo premie y se lo envista de la más alta dignidad, por mucho que se lo adore o se le tema, por mucho que se lo crea imprescindible y se le atribuya heroismo y nobleza y se lo condecore, por mucho que se le erijan pedestales, templos o monumentos en los lugares más visibles, en todas las ciudades y las plazas del mundo, si destruye... ES EL MAL SIN JUSTIFICACIONES DE NINGUNA CLASE.

Así, no hay vuelta que darle, si decimos que el Mal ES DESTRUCCION. ¡Y basta ya de ponerlo en duda con aproximaciones inexactas! 

 

Y ahora que hemos dado la definición que consideramos exacta, adivinamos la mirada de perplejidad que nos han dedicado quienes todavía no nos han comprendido. Dizque, está bien, la definición vale, pero ¿a qué viene tanta filosofía, si ya sin ella nos sentíamos perfectamente? ¿Cuál es el objetivo claro y práctico de estas líneas?

Honradamente, les contestamos que no estamos filosofando. ¡Y ni lo sueñen! Sólo nos guía el propósito de seguir ahondando en ese cuasi conocimiento que hasta aquí hemos adquirido, con el objeto de sacar a la superficie asuntos aún más inesperados. Quizá a más de alguien les sirvan.

Y así...

Si nos vamos por el mundo y observamos la especie humana, si extendemos nuestra vista hacia todo el Universo y estudiamos además la trayectoria, las leyes y los propósitos del mismo, fácilmente podemos descubrir que en el Todo a cualquier nivel siempre está presente la Creación (o Construcción) como propósito, ley, objetivo, etc. que garantizan la EXISTENCIA misma de todo lo que existe.

Por otra parte, sobre esa existencia siempre se cierne la AMENAZA o el PELIGRO de la Destrucción, con la probable desaparición parcial o universal de todo lo que existe.

De ese modo, el Bien y el Mal siempre están presentes en todo, incluso allí donde no hay nadie que sea capaz de constatar esa presencia. Más aún, para los seres humanos el Bien y el Mal constituyen dos realidades absolutamente diferentes entre sí, con distintos objetivos, distintas acciones y distintos resultados. Y lo que es más importante, con distintas direcciones, absolutamente opuestas entre sí.

Incluso si se parte desde un mismo punto originario, el Bien irá paso a paso por sus propias calles, con sus gentes iluminadas por sus propios propósitos y fines. Y a su paso siempre se intensificará el afán creativo, con la consiguiente evolución de quienes sean tocados por dicho afán (aquí viene al caso la metáfora acerca de las grandes alamedas). ¡Y de cuánto aguante dota a los suyos ese afán creativo!

El Mal, por el contrario, irrumpirá en calles arduas y tortuosas, destruyendo todo a su paso, ya sea por el efecto de la idea siniestra, el golpe a mansalva, el rugido y el zarpazo de la fiera, la dejadez del indiferente, el lamento del pesimista o la demagogia canallesca del oscurantista venido de lo más profundo de las edades perdidas a engañarnos respecto a nuestro destino, con el único fin de sembrar la destrucción y destruirnos.

El Bien es el ingenioso albañil que, ladrillo a ladrillo y con una sonrisa de fe y confianza, erige el imperecedero Edificio de ayer, hoy y mañana, a sabiendas de que nunca le faltará la inventiva para seguir mejorando ese Edificio.

El Bien son los tiempos y las acciones de paz, de absoluta comprensión, de trabajos y esperanzas que siempre conducen a logros concretos.

 

El Mal es el soldado estúpido, que con una sonrisa de satisfacción, o con una fatídica mueca de solemnidad y creyendo que realmente está haciendo algo necesario, emplaza sus estúpidos cañones para derribar el Edificio de ayer, hoy y mañana. “¡Fuego!”, grita y sus carcajadas demenciales estremecen el universo.

Porque el Mal arrastra consigo los tiempos de violencias y guerras, de desesperanzas y crueldades, de incomprensión absoluta y de locura desatada, de canalladas, felonías y traiciones, que por mucho que se esmeren jamás podrán crear nada, a no ser devastación y cementerios.

 

Se apaga el fragor del cañoneo, son enterrados los muertos, y el ingenioso albañil, que se viera obligado a vestir de uniforme, a abandonar su obra para detener al soldado estúpido, vuelve nuevamente en el anonimato a limpiar de ruinas el Edificio de ayer, hoy y mañana: ladrillo a ladrillo, esperanza tras esperanza, con modestia, honestidad y confianza en que logrará sus fines y el Edificio de nuevo esparcerá su luz imperecedera a su alrededor.

 

El soldado estúpido, por el contrario, si ha sido derrotado se aleja a lo más profundo de sus resquemores, adopta un aspecto de absoluta insignificancia, y como fiera domesticada, se humilla hasta lo indecible, tratando de demostrar por todos los medios que él jamás tuvo culpa alguna en las canalladas, las crueldades y las felonías que cometiera. Que él no era libre en sus decisiones, que él obedecía órdenes, etc.

Pero si ese soldado estúpido se encuentra entre los vencedores... con cuánta arrogancia se cubre el pecho de condecoraciones, con cuánto ardor refiere sus “hazañas” y se pone de ejemplo en todo, con cuánta solemnidad erige monumentos a sus jefes militares perecidos en combate, con cuánto énfasis trata de demostrar que la guerra fue una época sagrada e intocable, pero... Pero no puede encontrar su lugar en los tiempos de paz ni en la reedificación de la obra que él mismo destruyera. Sin saberlo, se convierte en un anacronismo, en un ser “automarginado” privado de toda inventiva, incapaz de argumentar nada constructivo, pero, sí, capaz de rememorar “los viejos tiempos” y de andar repitiendo a cada momento, como un rezo: “Yo, con estas mismas manos, entonces... Y ahora, tú...” O sea, prácticamente la relación en breve de sus crímenes. Y cuando se queda solo, si algo de bueno subsiste todavía en él, desde los confines de la destrucción, sus víctimas llegan a torturar su conciencia, con toda la fuerza de la justicia inevitable.

Precisamente ese soldado estúpido es el que, en tiempos de paz y desde las más pretéritas épocas del salvajismo, vestido o no de uniforme, nos ha impuesto, fronteras, ideologías y apologías de la destrucción, la ignorancia y las injusticias, con todas las consecuencias que las mismas acarrean. Precisamente él, para conseguir sus mezquinos fines, a cada momento está hablando del honor nacional, del espacio vital, de los intereses nacionales, del status quo y otros galimatías originarios del enfrentamiento entre los seres.

 

El ingenioso albañil, por el contrario, siempre está tratando de organizar la colaboración en aras del progreso para los seres humanos, siempre contribuye a la comprensión entre los mismos, para que el Edificio adquiera cada vez más firmeza y estabilidad.

 

Claro, ha llegado al momento en que cabe hacer una salvedad que le debemos al lector: por ningún momento se debe crear la impresión de que aquí hemos descendido a la simpleza de condenar ciertos oficios y magnificar otros. El Ingenioso Albañil y el Soldado Estúpido que mencionamos hasta ahora son sólo símbolos de que nos valemos para determinar de algún modo el Bien y el Mal a nivel de la Humanidad. De igual modo podíamos haber recurrido a símbolos menos personificados, como por ejemplo: Salud y Enfermedad, Armonía y Caos, Luz y Tinieblas, etc. que hasta cierto punto reflejarían lo mismo.

En lo que concierne a nuestro Universo, podríamos hablar de Fuerzas Equilibradoras y Fuerzas Desequilibradoras, en constante pugna las unas contra las otras. Las primeras, para que el Universo siga siendo lo que es y desarrollándose precisamente hacia su objetivo esencial, el cual sin duda alguna existe. Quizá, hacia cierta transformación lógica e imprescindible, que por ningún motivo constituirá desaparición. Las segundas, para detenerlo en ese desarrollo y para que el Universo jamás alcance su objetivo y sea acometido por el colapso, por la explosión y la consiguiente desaparición definitiva.

El Bien y el Mal son realidades presentes en este Universo, pero si profundizamos aún más en la observación, notamos un fenómeno sorprendente: aunque el Bien soporta la presencia del Mal, puede perfectamente existir, y existe, sin el Mal. A diferencia de éste último que no puede existir sin el Bien.

¿Acaso para construir el Edificio hay que destruirlo? ¿Acaso para que la limpieza sea limpieza necesita obligatoriamente revolcarse en el lodo? ¿Acaso para ser sano hay que enfermar de todas las dolencias imaginables? La respuesta es obvia.

Y luego: ¿acaso para destruir un edificio no se necesita primero que esté construido? ¿Acaso no se necesita lo limpio si el objetivo es ensuciar? ¿Acaso no se necesita lo sano para endosarle la enfermedad? También la respuesta es obvia.

¡Y que nadie después pretenda hacer creer que el Mal es imprescindible!

¡No lo es, por ningún motivo!

Y algo más: este Universo, como todo lo constructivo que en el mismo existe, no necesita para nada de la destrucción y tampoco aspira a la misma, pese a las apariencias de lo contrario. Porque este Universo está obligatoriamente orientado hacia la Construcción, es decir, hacia el Bien.

De ese modo precisamente el Bien constituye la única realidad auténtica del Universo.

De ese modo también, el Mal deviene una fuerza ajena y extraña a este Universo, cierto “forastero” o “advenedizo” que despliega sin derecho alguno su parasitaria existencia en los límites del Bien, siendo, a fin de cuentas, la más terrible irrealidad que nos amenaza.

El Mal es la Fiera Salvaje desorientada que jamás podrá asimilarse en los espacios de la Razón y la Comprensión propias del Bien, una Fiera demencial que será eternamente rechazada y desplazada, aunque con el tiempo, de tanto encontrarse en este Universo, haya aprendido instintivamente a camuflarse, alcanzando sorprendentes grados de mimetismo, que en el caso de nuestra especie le permite hablar y comportarse de modo casi humano. En vano. Fácilmente podemos desenmascararla: en primer lugar, porque de vez en cuando, sobre todo cuando se siente segura de su impunidad, nos endosa monstruos individuales o múltiples que vienen a colmar de tragedias, amarguras y desgracias nuestra existencia. En segundo lugar, porque incluso cuando  trata de parecer constructiva y hasta humanitaria, llega a imponernos soluciones, reflexiones y actos que, a fin de cuentas, conducen sólo a la destrucción. Y por último, podemos identificarla hasta por las propiedades del lenguaje que emplea. Por ejemplo, esa Fiera nunca sabe lo que es un “encuentro”, porque siempre prefiere el “enfrentamiento”. Nunca “persuade”, porque le resulta más agradable “obligar”. Jamás “pregunta” porque sólo puede “interrogar”. No “compite”, porque prefiere “pelear”.

Precisamente esa Fiera cree tener en todo derechos y atribuciones y trata por todos los medios de evitar deberes y obligaciones. Se siente en la gloria rodeada de falsa magnificencia, de poder, lujos y protocolo. En cuanto a sus rasgos, es ávida, tacaña, despiadada, cruel, ignorante, soberbia, orgullosa, traidora, infiel, etc.

Junte el lector todas las malas cualidades que se le atribuyen al ser humano, y tendrá a su disposición el retrato exacto de la Fiera, el retrato exacto del Mal que  existe como elemento parasitario en el Universo en general, y en la especie humana, en particular. Ese mismo Mal que con tanta facilidad se infiltra en la obra y en la vida cotidiana de los seres humanos, hasta desorientarlos y dividirlos entre sí en dos tribus antagónicas que jamás podrán ponerse de acuerdo sin que una de las dos desaparezca definitivamente: la tribu de los humanos como tal, y la tribu de los cuasi humanos o inhumanos a secas.

El Mal (Satanás, se dijo por ahí) es a fin de cuentas un error o un cúmulo de errores, y por eso no resiste cuando le quitan la máscara y lo reconocen o identifican. Inevitablemente, desaparece. Y para que desaparezca definitivamente y no vuelva a reaparecer, siempre hay que estar alerta, y preguntarse: “Con mi actitud, mi proceder y mis ideas, ¿construyo o destruyo?” Y luego, corregir los errores, y de ese modo avanzar cada vez más hacia la comprensión de lo que significa la auténtica Construcción. Y de lo que es la artera y fatídica Destrucción. ¡Vale!

 

Eugenio Aguilera, Moscú, 24 de febrero del 2008

 

 

 

 

 

::Primera parte::



Generador robótico de audio para

personas con problemas visuales

::Segunda parte::



Fecha: 2008-02-24

Por: Eugenio Aguilera

Idiomas: Russian language

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Oscar Plaza