Sonetos de la Muerte


Gabriela Mistral (Lucila Godoy Alcayaga) nace en 1889. Maestra de escuela. Poeta. Premio Nobel de Literatura. Diplomática... Pero esos son sólo detalles, porque lo verdadero e incuestionable de esta chilena ilustre igual se hubiera manifestado si ella hubiese sido sólo una sencilla aldeana o una obrera: su ternura, su elevada fuerza espiritual que la hace ser fiel al amor venciendo incluso las barreras de la muerte.

 

 

VERGÜENZA

 

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa

como la hierba a que bajó el rocío,

y desconocerán mi faz gloriosa

las altas cañas del río.

 Tengo vergüenza de mi boca triste,

De mi voz rota y mis rodillas rudas.

Ahora que me miraste y que viniste,

me encontré pobre y me palpé desnuda.

 Ninguna piedra en el camino hallaste

más desnuda de luz en la alborada

 que esta mujer a la que levantaste,

porque oíste su canto, la mirada.

 

Yo callaré para que no conozcan

mi dicha los que pasan por el llano,

en el fulgor que da a mi frente tosca

y en la tremolación que hay en mi mano... 

 

Es noche y baja a la hierba el rocío;

mírame largo y habla con ternura,

¡que ya mañana al descender al río

la que besaste llevará hermosura! 

 

DIOS LO QUIERE

I

La tierrra se hace madrastra

si tu alma vende a mi alma.

Llevan un escalofrío

de tribulación las aguas.

El mundo fue más hermoso

desde que me hiciste aliada,

cuando junto de un espino

nos quedamos sin palabras,

¡y el amor como el espino

nos traspasó de fragancia!

 

 

Pero te va a brotar víboras

la tierra si vendes mi alma;

baldías del hijo, rompo

mis rodillas desoladas.

Se apaga Cristo en mi pecho

¡y en la puerta de mi casa

quiebra la mano al mendigo

y avienta a la atribulada!

 

II

 Beso que tu boca entregue

a mis oídos alcanza,

porque las grutas profundas

me devuelven tus palabras.

El polvo de los senderos

guarda el olor de tus plantas

y oteándolas como un ciervo,

te sigo por las montañas...

 

A la que tú ames, las nubes

la pintan sobre mi casa.

Ve cual ladrón a besarla

de la tierra en las entrañas;

que cuando el rostro le alces,

hallarás mi cara con lágrimas.

 III

 Dios no quiere que tú tengas

sol si conmigo no marchas;

Dios no quiere que tú bebas

si yo no tiemblo en tu agua;

no consiente que tu duermas

sino en mi trenza ahuecada.

 

IV 

Si te vas, hasta en los musgos

del camino rompes mi alma;

te muerden la sed y el hambre

en todo monte o llanada

y en cualquier país las tardes

con sangre serán mis llagas.

 Y destilo de tu lengua

aunque a otra mujer llamaras,

y me clavo como un dejo

de salmuera en tu garganta;

y odies, o cantes, o ansíes,

¡por mí solamente clamas!

 

V

 

Si te vas y mueres lejos,

tendrás la mano ahuecada

diez años bajo la tierra

para recibir mis lágrimas,

sintiendo cómo te tiemblan

las carnes atribuladas,

¡hasta que te espolvoreen

mis huesos sobre la cara! 

 

AUSENCIA

 

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.

Se va mi cara en un óleo sordo;

se van mis manos en azogue suelto;

se van mis pies en dos tiempos de polvo.

 

¡Se te va todo, se nos va todo!

 

Se va mi voz que te hacía campana

cerrada a cuanto no somos nosotros.

Se van mis gestos que se devanaban,

en lanzaderas, debajo tus ojos.

Y se te va la mirada que entrega,

cuando te mira, el enebro y el olmo.

 

Me voy de ti con tus mismos alientos:

como humedad de tu cuerpo evaporo.

Me voy de ti con vigilia y con sueño,

y en tu recuerdo más fiel ya me borro.

Y en tu memoria me vuelvo como esos

que no nacieron en llanos ni en sotos.

 

Sangre sería y me fuese en las palmas

de tu labor, y en tu boca de mosto.

Tu entraña fuese, y sería quemada

en marchas tuyas que nunca más oigo,

¡y en tu pasión que retumba en la noche

como demencia de mares solos!

 

 

¡Se nos va todo, se nos va todo!

 

 

DAME LA MANO

                                                                  A Tasso de Silveira

 

Dame la mano y danzaremos;

dame la mano y me amarás.

Como una sola flor seremos

como una flor, y nada más...

 

El mismo verso cantaremos,

al mismo paso bailarás.

Como una espiga ondularemos,

como una espiga, y nada más.

 

Te llamas Rosa y yo Esperanza;

pero tu nombre olvidarás,

porque seremos una danza

en la colina, y nada más...

  

LOS SONETOS DE LA MUERTE

 

I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

 

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!

 

II

 

Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir...

 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré a que me hayan cubierto totalmente...

¡y después hablaremos por una eternidad!

 

Sólo entonces sabrás el porqué no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

 

Se hará la luz en la zona de los sinos, oscura;

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

Y, roto el pacto enorme, tenías que morir....

 

III

Malas manos tomaron tu vida desde el día

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en él...

 

Y yo dije al Señor: “Por las sendas mortales

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

 

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor.”

 

Se detuvo la barca rosa de su vivir...

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡Tú que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

 



Fecha: 2008-02-02

Por: Gabriela Mistral

Idiomas: Russian language

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Oscar Plaza