Los problemas de Hillary Clinton


Los errores que ha cometido en su campaña, junto a su propia ambigüedad y a la fuerte competencia de Barack Obama e incluso Al Gore, hacen que la esposa de Bill Clinton ya no vea tan claro su camino a la Casa Blanca, y ni siquiera a la nominación de su partido.

Desde los tiempos de Lyndon B. Johnson, ningún senador estadounidense ha amasado tanto poder en tan poco tiempo como Hillary Clinton. Y esto no se debe sólo a la inteligencia y capacidad de trabajo de esta mujer de 59 años, que ha demostrado tener garra y ambición a manos llenas, sino también a que los Clinton, más que un matrimonio, constituyen una verdadera máquina política.

Observar cómo funcionan en público resulta fascinante. Desde la primera campaña a la Presidencia de Bill Clinton, en 1992, cuando la prensa denunció su affaire de doce años con Jennifer Flowers y todo el mundo pensó que aquello era el fin de su carrera, hasta el episodio con Mónica Lewinsky, seis años después, Hillary siempre lo ha defendido. Y él, aunque le haya sido infiel, nunca ha dejado de ser su manager político, su mejor apoyo y consejero. Y también la ha admirado, como quedó claro con lo que dijo Bill mientras corría la carrera presidencial: “Yo valgo por dos, me eligen a mí y se quedan con Hillary”. Entre ambos, más un selecto grupo de colaboradores, han creado un brazo político tan peligroso como difícil de combatir. Peligroso porque es un músculo que responde con furia, aplastando al enemigo cada vez que se siente atacado, y difícil de combatir porque son capaces de juntar todo el dinero –mucho– que se necesita para ganar una elección en Estados Unidos.

Pero es precisamente la forma de actuar de ese brazo político lo que ha agudizado los problemas de Hillary Clinton con el electorado norteamericano. De partida, el público nunca la ha querido demasiado. La encuentran ambiciosa, zigzagueante y manipuladora. Y ella no hace mucho por desmentirlo: en su campaña para alcanzar el sillón que antes ocupó su marido está demostrando que aprendió las tres lecciones fundamentales para llegar a la Casa Blanca: adherir a políticas de centro-izquierda, para que la prensa la tilde de centrista, pero no dejar de flirtear con la derecha; juntar enormes cantidades de dinero –sin que importe su procedencia–, y, la más vieja de todas: en el país que fueres haz lo que vieres. Si va a una concentración con pastores, se colocará una cruz en el pecho, y si está en una reunión con evangelistas, hablará con el mismo acento y fervor de un predicador de domingo y tratará a su audiencia de “brothers and sisters”; si su audiencia son mujeres, hablará de su vocación de madre, y si son hombres, les dirá que ella no es de las que se quedan en casa horneando pasteles. Hace algunos días, por ejemplo, asistió a un congreso evangélico donde hizo el papel más ridículo imaginable hablando como sureña. Ella, que fue criada en Chicago, ha vivido la mitad de su vida en el oeste y el resto entre lo más WASP del este.

El problema es que el público, que se da cuenta de su accionar y su veleidismo, se resiente y percibe con cierto temor el poder del músculo político que la acompaña. El fondo del asunto es que no le creen. Saben dónde está su cabeza, pero no tienen idea de dónde está su corazón. Tampoco le creen que haya permanecido junto a su marido por amor, después de que éste lanzara los dardos más atroces contra su dignidad de mujer. La gran mayoría piensa que si está con él, a estas alturas, es por interés político, por cálculo, y para una sociedad puritana como la de Estados Unidos, donde no importa lo que se haga siempre y cuando se haga de frente y sin mentiras, no puede haber nada peor que la sospecha de falsedad.

Hace unas semanas, Maureen Dowd, articulista del “New York Times”, entrevistó para su columna a David Geffen, el magnate de Hollywood que trabaja con Steven Spielberg y que hasta ahora había sido el mayor recaudador de fondos para los Clinton. Geffen dijo, entre otras cosas, que los Clinton son “un par de mentirosos que no trepidan ante el poder”, y por eso, explicó, él apoyaría a Barack Obama, para quien organizó una comida en la cual juntó un millón de dólares.

Sus palabras hicieron reaccionar a Hillary. “Cuando el enemigo ataca hay que pulverizarlo de vuelta”, dijo. Luego su vocero, Howard Wolfson, agregó que Obama debería pedir disculpas a Hillary y devolver el dinero que le había recolectado Geffen, por solidaridad partidista. Obama, sin embargo, se negó a hacerlo, argumentando que los Clinton nunca le hicieron asco a los fondos que conseguía Geffen cuando éste era su amigo y dormía en la cama de Abraham Lincoln en la Casa Blanca. Además, dijo, ese era un problema de Geffen y Hillary, en el que él no tenía nada que ver.

El hecho es que la controversia, como todas las demás, hizo de Hillary una figura tan polarizadora como George W. Bush, y tal vez más. Esto se reflejó en las encuestas, donde su apoyo bajó espectacularmente. Aun así, si las primarias del Partido Demócrata fueran hoy, un 36% votaría por Hillary y un 24% por Obama, aunque estos porcentajes han ido cambiando día a día a favor de este último.

EL MONÓLOGO

Ya en 2005, Hillary anunció que recorrería el país para sostener un “diálogo nacional”, y así lo ha hecho. Pero esta conversación se ha convertido en un monólogo donde la candidata hace el quite a preguntas incómodas; no se retracta de su ahora molesto apoyo a la guerra de Irak, y no se compromete con temas sensibles para la ciudadanía. Hace unos días, por ejemplo, le preguntaron por las palabras del general Peter Pace, máxima autoridad militar del país, quien dijo que “la homosexualidad es inmoral”. Su respuesta fue: “Bueno, me parece que voy a dejar que otros respondan esta pregunta”.

Su ambigüedad, que ha demostrado desde que apoyó a Bush para ir a la guerra, sigue siendo su peor enemigo. Primero criticó a las Naciones Unidas por limitar las inspecciones de armamentos en Irak, diciendo que a Saddam Hussein había que detenerlo como fuera. Pero a la semana siguiente dijo que atacar a Hussein podía incentivar a Rusia a hacer lo mismo contra Georgia, a China contra Taiwán y a la India contra Pakistán. ¿Qué es lo que proponía entonces? ¿Atacar a Irak o impedir un ataque para no incendiar el Medio Oriente y otras regiones del mundo?

Votó a favor de Bush para invadir a Irak, pero al hacerlo dijo: “Tal como están las cosas, ésta no es una buena opción”. ¿Y por qué votó a favor si no había armas de destrucción masiva y no era una buena opción?, le preguntó un periodista. “Si hubiera sabido lo que sé hoy, habría votado en contra”, respondió. “Yo soy un simple periodista y sabía que en Irak no había armas de destrucción masiva, ¿cómo es posible que usted, siendo senadora, no lo supiera?, insistió el reportero. “Si el Presidente del país nos dice que su información es seria y sus fuentes indesmentibles, yo le creo”, contestó, para cambiar inmediatamente de tema. Es ese el zigzagueo que no convence a la opinión pública y la deja como una mujer fría y calculadora.

Esta condición ha provocado júbilo entre los republicanos, que celebran paso a paso los errores de Hillary y solapadamente la alientan a continuar, pues creen que finalmente será más fácil derrotarla a ella que a un candidato emergente. Y los demócratas están concientes de ello, pero –de momento– no tienen otro candidato que sea capaz de juntar los 70 millones de dólares que, por lo bajo, se necesitan para llevar a buen término una campaña presidencial.

LA AMENAZA MÁS SERIA

Otra sombra para Hillary, y esto recién empieza a verse, es Al Gore. Desde diversos sectores se escuchan voces pidiéndole que se presente de nuevo, que si una vez ya ganó el apoyo popular –y obtuvo más votos que Bush–, actualmente, cuando la opinión pública percibe a este Gobierno como un desastre, ganaría sin mayores problemas. Hoy, Gore es el candidato favorito, pese a que ni siquiera está en campaña. Las últimas encuestas lo colocan tercero, apenas por debajo de Hillary y Obama, y, según los expertos, si anunciara su decisión de correr, estos números cambiarían drásticamente a favor suyo. ¿Por qué? Porque Gore ha vuelto al Congreso, por primera vez desde enero de 2001, para urgir a la mayoría demócrata a que tome medidas efectivas para impedir que el planeta siga calentándose. La opinión pública ha visto a un Al Gore cambiado, seguro de sí mismo, reconocido y respetado en todo el mundo, con un discurso coherente y dispuesto a hacer lo que esté en sus manos para que Estados Unidos se preocupe más de salvar al planeta que de matar inocentes en el Medio Oriente.

Hay otro aspecto negativo que persigue a Hillary: cada vez escucha con más fuerza que si gana la nominación y en último término la Presidencia –es decir, si los Clinton han vuelto a ser populares–, se debe más a la falta de méritos de Bush que a sus propios haberes. Y así como están las cosas, nadie quiere elegir el mal menor. “Si no hay más remedio que votar por votar, yo votaré por el menor de los males, porque el Gobierno de Bush no puede ser premiado con otra administración republicana. Pero el país necesita un líder que valga por su propio peso, y no por las debilidades del que se va”, me decía un profesor de la Universidad de Pensilvania.

Probablemente, la historia terminará diciendo que, pese a que Hillary ha sido la primera opción demócrata desde su primer año en el Senado, nunca un precandidato demócrata ha ganado la nominación habiendo sido el favorito durante tanto tiempo. La única excepción, hasta ahora, ha sido la de Walter Mondale, en 1984. Que finalmente también perdió.




Fecha: 2007-04-14

Por: Elizabeth Subercaseaux

Fuente: www.entrechilenos.com.ar

Idiomas: Russian language

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Oscar Plaza