Cuento: «Campanas de Navidad»


por Iván Insunza

Ese año de 1980 fue especial. A la URSS y a la Universidad había viajado el mayor grupo de chilenos desde la época del Golpe. También éramos el primer grupo numeroso de los que veníamos del "interior". Tal vez fue eso, pero si duda, las cosas que hicimos como grupo fueron las que más nos unieron.

Ya habían pasado un par de meses de nuestra estadía, y empezábamos a acostumbrarnos a las rutinas diarias. Yo que tenía 17 años, era uno de los mas jóvenes, y compartía la komnata con dos chilenos, el "viejo" Ricardo que venía de Chile igual que yo, Fedor (otro viejo) que venía de un paso por Alemania y luego Cuba, y un dominicano, Ramón, a quien su forma de hablar no le permitía pronunciar la "r", reemplazándola siempre por una "l".

Volví de clases esa tarde de fines de octubre y ya estaba Ricardo junto a Fedor tomando tchai, con unos papeles encima de la mesa. Cuando entré, me di cuenta que interrumpieron su conversación, pero yo seguí con lo mío, dejar los libros y sacarme los kilos de ropa que me protegían en la calle de ese frío que nunca más he vuelto a sentir.

Ricardo me llamó y me dijo:

- Siéntate. Mira, estamos trabajando una idea, que por su importancia debe manejarse en el más estricto secreto.
Y acompañó la frase con una sugerente mirada, abriendo los ojos e inclinando hacia atrás levemente la cabeza, que luego con los años vería una y otra vez, cuando quería enfatizar precisamente la importancia de lo que estaba diciendo:
- Queremos organizar una Pascua, pero una especial, una que los hombres de la Prepa le regalan a las chiquillas de la Prepa. Esto significa que a partir de este momento, tu no puedes hablar de esto con ninguna de ellas, ni con nadie de los cursos superiores. Si te parece, participas. Si no, debes prometer respetar este pacto de silencio.

La seriedad con que hablaba, contrastó con el rostro de Fedor, quien seguramente al ver en mi cara la sorpresa y emoción que producían las palabras de Ricardo, estaba regocijado.

Lo encontraba genial, celebrar la Pascua..., los hombres a las chiquillas..., una fiesta sorpresa..., todo en secreto: UN OPERATIVO CLANDESTINO EN LA URSS, de esos que eran cotidianos en Chile, y que conocía sólo por relatos, ya que yo entré a militar recién allá. Los sentimientos eran múltiples, emoción, inquietud, ansiedad, nerviosismo.

La idea les estaba rondando hacía unas semanas ya que varios (mujeres y hombres) andaban melancólicos, taciturnos. Para muchos era primera vez que se separaban de sus familias, otros no se terminaban de adaptar del todo, por el idioma, clima, idiosincrasia, o simplemente no se sentían cómodos en este nuevo rol de estudiantes, lejos de sus compañeros y lucha política frontal.

A partir del momento en que le respondí que estaba adentro, las reuniones se sucedieron casi diariamente, con grupos más grandes y a veces más pequeños. Era una suerte compartir "esa" komnanta, ya que creo no haberme perdido casi ninguna de las reuniones, todas igual de solemnes que la primera. Años mas tarde me enteré que Ricardo y Fedor habían acordado comunicarte la idea porque vivíamos juntos, y tarde o temprano los terminaría pillando en su confabulación.

Todos los hombres participaron. En principio, debido al riguroso secreto que debía guardarse, se había optado porque aquellos que pololeaban con alguna chilena serían informados sólo al final. Sin embargo, esto genero la airada reacción del Lalo, seductor pololo de chilenas de primer año, cuando por casualidad se enteró del complot discriminador y finalmente se enojó y no participó.

¡Que cantidad de cosas había que preparar y organizar! El lugar donde se haría, la comida, juntar plata, como hacer las compras (si estábamos recién aprendiendo el idioma), el traslado de las cosas a nuestras residencias y luego coordinadamente al punto del evento, como hacer que las chiquillas llegaran sin decirles a qué iban, armar los equipos, designar responsables, resolver los contratiempos, hacer el seguimiento de las tareas, la seguridad.

Cuando se sugirió la compra de regalos, la discusión fue eterna, estaban los que no lo consideraban necesario, que lo central era la fiesta organizada para ellas ¡qué mejor regalo! - y a los que estábamos porque fueran todos distintos (tarea que fue verdaderamente difícil), se nos contraponían los que eran de la idea de simplificar comprando todos iguales, así ninguna podría sentirse porque otra recibía un regalo mejor, además que podía resultar menos costoso y estábamos teniendo problemas para completar el presupuesto. Además surgió el problema del papel de regalo. En la URSS de aquellos años no había, o era muy escaso de conseguir. Entonces Ricardo convenció a Alejandro Yánez que trajera algo de papel, dado que le tocaba viajar con cierta regularidad fuera de la URSS. Y cumplió, trajo lo suficiente para todos los regalos.

Con las semanas y a medida que los temas iban siendo resueltos, la sensación de que iba a resultar algo extraordinario, nos daba seguridad y ánimo. Los que quedaban liberados por haber cumplido su parte, exigían ser incorporados a otros equipos. No importaba la tarea, todas eran igual de importantes.

El Pato llegó un día con cara de hombre importante e informó que estaba confirmado el lugar. Sería en el departamento donde residía René Largo Farías quién gustoso la ofrecía para la iniciativa. Estábamos todos contentos, fue algarabía por unos segundos hasta que alguien llamó a la compostura... por seguridad.

Uno de los momentos más difíciles tuvo lugar cuando se informa que no existe posibilidad de conseguir el traje de Viejo Pascuero. Claro, la idea era que los regalos fueran repartidos por el Pascuero. Pero, en la URSS no existía esa costumbre, de hecho solo se celebraba el Año Nuevo, que si bien incluía un "Viejo de las Nieves" muy parecido en fisonomía y traje, este era un viejo pícaro y que trabajaba junto a su nietecita - Sniegurushka.

Pero, no hubo caso, no había traje. Así, que cuando se planteó que había sólo un traje de Arlequín, luego del silencio espeso que la frustración había producido, uno de los muchachos, dice que le parece bien, que finalmente el Viejo Pascuero, Santa Claus, y Papá Noel eran productos occidentales, escandinavos, y que nada tenían que ver con nosotros ni con Chile. Y aún cuando el argumento era pésimo, y nadie recordó que igual teníamos el Árbol de Pascua y que íbamos a repartir regalos, dada las circunstancias, poco a poco nos entusiasmamos con nuestro no menos occidental y escandinavo Arlequín.

Con la decisión del lugar, se puso en el centro de la discusión el operativo de cómo hacer que llegarán las compañeras. El grupo lo componían cerca de 30 mujeres, y no podíamos llevarlas a todas juntas, sospecharían y era clave la sorpresa.

Debían ser invitadas en grupos pequeños y de manera que no lo relacionaran con la festividad, debíamos comprometerlas con anticipación y además queríamos que llegaran "arregladitas". Así que la excusa más recurrente a los distintos grupos fue que llegaría un importante compañero que iba a estar por pocos días en Moscú, y traía noticias de sus familias. Esto, de paso explicaba porque debían ser acompañadas a una dirección fuera de la Universidad. Por seguridad del compañero no debían contarle a sus compañeras ni a nadie.

De más está decirles que el día "D" todos andábamos alegres y ansiosos. Todo estaba listo. Teníamos sólo un reporte que hablaba de suspicacias y sospechas sobre nuestros extraños movimientos, pero nada sobre que alguna sabía con certeza qué pasaría esa noche. Finalmente la consigna era negar cualquier intento de sonsacarnos información o confirmar nuestros "buenos" pasos en los que andábamos.

En el departamento empezó temprano el ajetreo. Poner los adornos y decoración, inflar los globos, adornar el árbol, preparar la comida, ordenar vasos, platos y servicios, envolver los regalos, ponerles los nombres, repasar el programa. Mientras lo hacíamos, recuerdo haber cruzado mas de una mirada con aquellos jóvenes impetuosos y sonreírnos cómplicemente, como adivinando la felicidad que estábamos seguros pronto provocaríamos.

Teníamos un último problema logístico y era como se haría la ceremonia de entrega de los regalos. Estaba decidido que en una caja grande de cartón (que no pudo cubrirse con papel de regalo, pues no alcanzó) estaría Pablito, designado como Arlequín con una bolsa con los obsequios, el cual saldría luego de una señal convenida haciendo que la caja se abriera, cayendo sus costados suavemente. Pero la caja con su contenido o estaba visible junto al Árbol desde que empezaran a llegar las chicas (lo que implicaba sacrificar a Pablito un par de horas en posición de feto sin moverse), o trasladábamos la caja desde otra habitación sólo momentos antes de la entrega de su preciosa carga, pero ¿cómo hacerlo sin que se dieran cuenta las niñas de la sorpresa final?

Alguien recordó que una de las festejadas estaba de cumpleaños, y entonces se ideó convocarlas en determinado momento a una habitación lateral donde estaría la torta, y se le cantaría el cumpleaños feliz, dando tiempo para el traslado a último momento de la caja al living, apagar las luces dejando sólo las del Árbol, y encender la música que acompañaría el rito.

Y comenzaron a llegar las festejadas. Con sus abrigos, botas, bufandas, guantes y shapkas, y a medida que ingresaban, pasaban de la sorpresa a la risa de vernos y ver el entorno preparado. Las que tenían sospechas, como la Claudia Parra, nos recordaban que habían dicho que sabían que estábamos en algo y nos recriminaban por no haberles confirmado. Los abrazos recibidos estaban cargados de felicidad, cariño y emoción. Querían saberlo todo, cómo lo hicimos, quiénes, y a medida que se los contábamos mas abrazos y besos, mas de ese cariño sincero y espontáneo que todos queríamos dar y recibir esa noche.

Nosotros reíamos de verlas, de vernos. Esa noche brindamos una y otra vez. Pero sin duda el momento más maravilloso se produjo a partir de la celebración del cumpleaños de la festejada. Todo resultaba según lo planeado, y estábamos listos para que Ricardo (a pesar suyo, pues no le gustaba "figurar") las convocara a todas al living y les dijera unas palabras a nombre de todos los varones. Se les pidió que formaran una ronda en torno del árbol, y junto a una melodía de Inti-Illimani que fue silenciando las voces, Ricardo les habló. La instrucción para Pablito era que cuando dijera algo así como "... y este es nuestro presente para Uds... ", él aparecería desde dentro de la caja.

Todos estábamos expectantes, ellas por supuesto mucho más. Algunas tenían una risa nerviosa, y cuando le tocaba salir lentamente a nuestro Arlequín, pasó que la caja por alguna razón no se abrió como teníamos programado. Pablito, en su desesperación y ante nuestra intranquilidad finalmente le dio desde el interior un puntapié o golpe de puño causando un efecto sonoro como una explosión, abriendo de paso la caja de manera imprevista para todos, y comienza a bailar con algunos de los regalos en las manos.

Las chicas, al unísono abren de manera desmesurada los ojos y se echan para atrás, asustadas, y exclaman un largo "¡Ooohhh!". Fue como una ola.

Cuando Pablito sacó el primer regalo y lo entregó a su destinataria, ésta, como harían casi todas luego, rompió en un llanto emocionado que nos contagió a varios que hacía rato nos esforzábamos por no dejar escapar. Los llantos y abrazos continuaron mucho tiempo después de que cada una abriera su obsequio. Luego, hubo palabras sentidas y discursos emotivos, apareció una guitarra y cantamos hasta el amanecer. Con pena de estar lejos de muchos, pero tremendamente felices de estar ahí entre nosotros.

Esa noche también hubo amores. Fedor después de una larga ausencia, apareció todo despeinado y con su ropa media desordenada, diciendo, a modo de excusa frente a las bromas, que lo habían asaltado.

No recuerdo una Pascua más hermosa que esa de 1980.



Fecha: 2006-01-01

Por: Iván Insunza

Idiomas: Russian language

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Oscar Plaza