POESIA CONTRA EL FASCISMO

POESIA CONTRA EL FASCISMO

“Los rojos tienen a Neruda y nosotros...”

Ahí podría haber recapacitado Pinochet. Pero dicen que prefirió seguir de largo y sumar una originalidad más a las infinitas que saturan la historia de las dictaduras reaccionarias hispanoamericanas: “Los rojos tienen a Neruda y nosotros... a Gabriela Mistral.”

Gabriela Mistral y Pablo Neruda
Y aquí podría detenerse uno, reflexionar, lanzar una homérica carcajada y olvidarse del asunto, si el mismo no fuera tan cómicamente serio. Verídica o no, la anécdota no desentonaría en “Tirano Banderas”, “El Otoño del Patriarca”, “Yo el Supremo” y otras grandes obras hispanoamericanas que giran en torno a la dictadura, a la personalidad del dictador y a las fuerzas comprendidas en el “nosotros” de esa inesperada afirmación atribuida al candidato a patriarca chileno. Pero, recapacitemos...

“Los rojos...” Quizá para hacer válida esa contraposición y no defraudar a su autor, los críticos ortodoxos (¡léase, fascistas!) recurrirían a la métrica, la rima y demás elementos que constituyen la parte puramente formal y exterior de la poesía. En el uso de los mismos, Neruda indudablemente devino el innovador más atacado y discutido del siglo, hoy comprendido y aceptado universalmente. Gabriela estaría más próxima al “purismo”. Pero como todo eso ya se ha discutido demasiado y no es secreto para nadie, los críticos deberían callarse o ir más allá, cotejando también el contenido, irrumpiendo en el ámbito de los valores éticos y morales, únicos criterios que, a fin de cuentas, definen la pertenencia del poeta. En este sentido, cabría suponer un enfrentamiento entre valores absolutamente opuestos, una sorda contradicción entre dos polos, entre dos enfoques completamente distintos de ver el mundo y sus cosas.

Olvidándonos de la parte formal, recurramos a los elementos esenciales de la poesía de Neruda y Gabriela: fase a fase ensamblan ese impresionante edificio el sol, las estrellas, el viento, etc., es decir, elementos del paisaje válidos para la poesía do quiera que sea. “El viento de la noche gira en el cielo y canta”, diría Neruda. “El viento errabundo en la noche mece los trigos”, cantaría Gabriela. Aún no hemos llegado a la esencia y desbrozamos sólo las pinceladas maestras con que el artista realza su obra, esos repentinos giros que hacen imperecedera la fuerza de su palabra. Pero, continuemos:

GABRIELA (Sol del trópico) – NERUDA (Oda al sol)

Gabriela
Sol de los Incas, sol de los Mayas,
maduro sol americano


Neruda
Te heredamos:
somos hijos del sol y de la tierra.
Los hombres de América
así fuimos creados,
en nuestra sangre, tierra y sol
circulan

Gabriela
Sol en que mayas y quichés
reconocieron y adoraron...

Neruda
...yo quiero mirarte
con los viejos ojos de América:
guanaco huracanado,
cabeza de maíz,
corazón amarillo,
lunar de oro.

Gabriela
Sol de los Andes, cifra nuestra,
veedor de hombres americanos,
pastor ardiendo de grey ardiendo
y tierra ardiendo en su milagro.


Por cuestiones de objetivo, hemos prescindido de la forma en Neruda, ajustándola, a la de Gabriela, hasta donde lo permite la individualidad de él. Aquí no sólo se trata de un injerto más o menos acertado de distintos versos tomados de ambos poetas. Ni mucho menos. Es una contraposición. El método que aplicamos para intentarla puede resultar discutible. Pero aún así, una cosa deviene evidente: hemos rozado la esencia, y desde este momento la contraposición empieza a derrumbarse por su propio peso. La desmiente el formidable dúo en que se funden las voces de Gabriela y Neruda, la fuerza poética unida de ambos, que convierte el sol en elemento reconciliador del hombre mismo, en ancestral y permanente símbolo de la dolida unidad americana.

El cariño hacia América, hacia esa gran madre de hombres que llevan el sol y la tierra en la sangre, desde un principio es común en ambos poetas. Se observa un claro rechazo a los vientos de ultramar, que durante tanto tiempo infiltraron en la poesía americana imágenes, lugares comunes y hasta un espíritu europeo; se observa un rechazo a lamentables y equivocadas tendencias que, en inútil despilfarro de talento, impulsaran a poetas “americanos” que pudieron ser buenos a cantarle a la bañera de Petronio, por ejemplo.

Dando la espalda a mares y océanos ajenos, dando la espalda a ciudades, países y culturas que se autoadjudicaban el discutible título de “cunas de la civilización” y muchas veces dejaban al resto del mundo sólo el dudoso consuelo de copiarles lo abominable, Gabriela y Neruda ven el litoral, los valles, mesetas, cordilleras, ríos, llanos, desiertos, ciudades y países de América.

Y en ese grandioso escenario de una poesía también grandiosa que permanecía virginal a la espera de sus descubridores (sin que se quiera menoscabar aquí el mérito de otros poetas americanos que tuvieron la misma visión), distinguen al Hombre americano con sus penas y alegrías, sus sueños y trabajos. Y eso resulta nuevo para el mundo. De pronto se descubre que la América morena también ha tenido su Olimpo y su mitología propios, tan grandes y con tanto derecho a manifestarse como los de griegos y romanos.

Claro, no se puede decir que Neruda y Gabriela sean los adelantados en la liberación literaria americana. Intentos de ese género ya había realizado en su época el gran nicaragüense Rubén Darío, dando comienzo a lo que el dominicano Pedro Henríquez Ureña dio en llamar “el retorno de los galeones” y que en realidad fue una verdadera revolución en la poesía de habla hispana. La diferencia consiste en que, por razones largas de explicar, Darío inició esa revolución valiéndose de recursos poéticos y elementos culturales preferentemente europeos, mientras que Gabriela y Neruda la finiquitaron mediante la palabra y el sentir americanos. Y no se trata ya del retorno de ningún galeón, sino del final de ese tributo espiritual (el tributo material ya iba a dar a otras manos) que durante siglos las antiguas colonias pagaran a la Metrópolis. Asombrados, consternados y, finalmente, maravillados, los peninsulares comienzan a comprender –y con ellos, quizá todos los europeos- que ha pasado la hora del dictado cultural y que suena la del aprendizaje, porque –insistimos- de América ya no retornan simplemente galeones cargados de tesoros, sino que viene una expedición en toda la regla, una expedición pacífica al campo de las letras, que inevitablemente logrará algo jamás imaginado por los primeros descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo: una Conquista al revés.

No en vano, ya en la primera presentación de Neruda ante los poetas españoles, todo un García Lorca diría: "Tengo el honor de presentarles un poeta que está mucho más cerca de la sangre que de la tinta.” No en vano, durante su estadía en España, Gabriela Mistral sería presidenta del Lyceum Club (en esa época, club de la intelectualidad española femenina). Porque la sinceridad y el sentir americanos de ambos resultaban extraños, pero terriblemente atractivos para aquellos poetas peninsulares que en sus búsquedas literarias desgraciadamente se habían olvidado de la sangre, por haberse aproximado demasiado a la tinta. Desde ese momento, muchos recapacitarían.

Así, he aquí una primera conclusión esencial de lo que comenzó siendo simple contraposición: Gabriela y Neruda son netamente americanos; y en este sentido, obras como las del “Canto General” y muchas otras de Neruda encuentran clara consonancia en “Sol del trópico”, “Tierra chilena”, “Canción quechua”, “Arrullo patagón”, “Ronda argentina”, “Ronda de la ceiba ecuatoriana”, “Ronda cubana” de Gabriela... Paisaje y Hombre unidos en un solo ser y, lo que es más significativo, en una misma proyección que comunica universalidad a ambos poetas, porque quien camina su propia tierra y navega sus propios mares deja de ser un ciego secular y ya no está solo en la inmensidad del mundo. No importa que la visión resulte mucho más personal en Gabriela, que pase por los dolores y alegrías del propio poeta para llegar a los de su grey ardiendo, hasta convertirse en volcán de voces que se han encontrado a sí mismas en una sola. No importa que Neruda declame casi desde un comienzo su pertenencia y, muchas veces, sufra primero los dolores ajenos para después sólo insinuar los suyos, en supremo sacrificio de lo meramente personal. No importan esas divergencias de método. En determinado momento, el resultado de ambos deviene idéntico. No se trata del ciego egoísmo de un individuo que sufre, sino de la bondad y la compasión sin límites, que obligan al poeta a hacer suyos los sufrimientos de los demás.


Los sufrimientos

¿Hasta qué punto el sufrimiento determina al poeta? ¿De qué naturaleza debe ser ese sufrimiento para que, cobrando forma de imágenes, se desborde en verso y origine obras maestras?

Aquí caben mil respuestas y ninguna. Muchos se han apresurado en afirmar que el sufrimiento lo determina todo en la poesía y que la naturaleza del mismo es indudablemente personal, distinta en cada caso. No buscamos esclarecer tan delicado asunto, donde cualquier opinión es válida. Digamos sólo que, por encima del sufrimiento personal, nos inclinaríamos a situar valores tales como la honradez y la franqueza del poeta para con sus dolores y alegrías, para consigo mismo.

Si bien es cierto que la poesía de Gabriela adquiere matices desgarradores cuando se trata de su propia tragedia y que la de Neruda sólo intensifica un poco la melancolía de la expresión y, muchas veces, hasta la rudeza, no menos cierto es que también aquí sigue habiendo un instante crucial en ambos, cuando sus voces vuelven a coincidir y lo que fuera claramente personal se convierte en patrimonio de todos, bajo el mágico conjuro de quien dice las cosas abiertamente, con franqueza. Esa es la primera faz del sufrimiento en ellos: hacer que los demás lo sientan suyo, muchas veces sin haberlo vivido siquiera.

¿Quién, leyendo “Los sonetos de la muerte”, no ha sentido y no ha hecho suya siquiera por un instante la desesperación de Gabriela, la tremenda protesta de ella, que de lo más sublime que ha tenido en el mundo, desea salvar siquiera un puñado de huesos?

¿Quién, recordando el "Poema Veinte", no ha sentido afluir también esa dulce y repentina melancolía crepuscular por el recuerdo de un antiguo amor correspondido que ya nunca más será?

Evidentemente, de cuantos caminamos el ancho mundo quizá muchos hayamos tenido nuestro propio poema veinte. Pero no todos sabemos que, de cada dos, uno inevitablemente acabará viviendo un día sus sonetos de la muerte. Gabriela nos lo recuerda y, posiblemente, con eso nos hace ser mejores los unos hacia los otros. Por razones comprensibles, aquí se observan diferencias entre ambos poetas. Pero sólo conciernen a la naturaleza del sufrimiento: en Neruda es esa melancolía crepuscular que hemos mencionado, un amor que se perdió en las distancias de la vida, sin haber llegado a convertirse en tragedia su alejamiento.

“Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo”.


En Gabriela, “Los sonetos” son un desesperado grito por un amor convertido repentinamente en irreparable tragedia, ante la más terrible de las perfidias que la naturaleza puede oponer al ser humano: la muerte.

“Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
Te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombre no supieron
Y que hemos de soñar sobre la misma almohada.”


“Los sonetos...” son un grito desesperado, pero también una esperanza. Quizá irreal, quizá estremecedora y hasta alucinante, pero esperanza al fin y al cabo:

“¡Esperaré a que me hayan cubierto totalmente....!
Y después hablaremos por una eternidad”.


Porque el sufrimiento del poeta es el espejo de un amor invencible, de esos amores que nada ni nadie puede exterminar. Ni siquiera la muerte...

Es en la segunda faz del sufrimiento cuando la poesía de Gabriela y la de Neruda coinciden y hasta llegan a identificarse mutuamente. Nos referimos a ese instante, ya mencionado con anterioridad, en que el poeta se hace eco de los sufrimientos ajenos, ya sean éstos de un ser, de algunos o de muchos.

La eterna noche de Alberto Rojas Jiménez –más solitaria, jamás- y la poesía trunca del suicida José Asunción parecen una sola dolorosa realidad cuando las describen Neruda y Gabriela.

Neruda: “Alberto Rojas Jiménez viene volando” (Residencias).
“Oh, guitarrero vestido de abejas,
No es verdad tanta sombra en tus cabellos.”

Gabriela: "Nocturno de José Asunción” (Tala)
“...como esta noche que yo vivo
la de José Asunción sería”.

 
Las palabras son distintas, el sentimiento es el mismo: dos muertes y dos poetas que las lamentan, sólo que esta vez parecen haberse alternado los papeles.

Ahora es Neruda quien ha traspasado quizá todos los límites del dolor, hasta llegar a la desesperación por Alberto Rojas; mientras Gabriela aparentemente constata sólo que su noche de ese instante “podría” haberla vivido José Asunción. No más que una suposición, pero cuánto sentimiento encierra, cuántas cosas dichas sin haberlas pronunciado, cuánto abnegado sacrificio estaría dispuesta a enfrentar ella, si... Otra vez, como en “Los sonetos...”, nos vemos ante un insondable abismo, ante esa desolación tan propia de Gabriela, quien no sabe sentir a medias cuando se trata de la vida o la muerte. Y Neruda deja de ser el romántico del “Poema Veinte”. Nada queda de su diáfana expresión lírica. Encontrados pensamientos se confunden en un torbellino de imágenes, situaciones y realidades “sobre” las cuales, “bajo” las cuales o “con” las cuales viene volando Alberto Rojas Jiménez. Y con esa sencilla disposición de las preposiciones, Neruda nos hace sentir hasta la angustia una injusticia del destino: la de que quienes sobreviven no siempre son obligatoriamente los mejores.

Pero, si se sigue analizando esta faz del sufrimiento (o del amor, si así se prefiere), inevitablemente se avistan ámbitos que desembocan en lo social.

La poesía de contenido social, que combate las injusticias en favor de los desposeídos y los débiles, es el fuerte de Neruda. Aquí ni siquiera se necesita una demostración: Neruda dedicó una buena parte de su obra a ese tema. Y por eso fue catalogado de “rojo”, mucho antes de haberse definido siquiera. Pero, ¿y Gabriela?

Recordemos lo que al respecto dice en su “Literatura Hispanoamericana” Enrique Anderson-Imbert: “Su sentimiento cristiano la hizo simpatizar con la causa de la justicia social.”

No es que estemos en desacuerdo, pero nos parece insuficiente para Gabriela. No se trata sólo del sentimiento cristiano, sino también de muchos sentimientos más, de la madre que existe en ella, de esa singular percepción suya que la hace ver en cada niño un hijo; su propia felicidad, en cada risa infantil; su pena y desolación, en cada lágrima inocente. Gabriela, quien jamás conocería la dicha de la maternidad y jamás estrecharía contra su pecho al hijo tan anhelado, por la fuerza de su palabra y la grandeza de su corazón, se convierte en madre de todos los niños que sufren; y en ese sentido, quiéralo ella o no, el contenido social de su poesía asciende a cumbres rara vez alcanzadas por otros poetas.
 
Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡Cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!
 
¿Puede haber versos más conmovedores? ¡Que respondan las madres, quienes quiera que sean! Esas mismas madres que, desgraciadamente, muchas veces no ven esos piececitos, si no son los de sus propios hijos.
 
“Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!”
 
Y decimos “las madres”, porque vemos en ellas la sabiduría de la infancia, ese muro de ternura que nos defiende cuando damos los primeros pasos por este valle de lágrimas. Por el valle de lágrimas americano, en que llora tanto niño abandonado.

Si todas las madres fueran Gabriela, quizá todo sería ronda como ella soñaba.

Si todas las madres comenzaran por enseñar a sus hijos lo que le inculcaba Gabriela al suyo, que no tuvo...
 
...Pero este pan, “cara de Dios”
no llega a las mesas de las casas;
y si otros niños no lo tienen,
mejor, mi hijo, no lo tocaras...
 
Y si todas las madres supieran insistir como Gabriela:
 
“Hijo, el hambre, cara de mueca,
en remolino gira las parvas,
y se buscan y no se encuentran
el Pan y el Hambre corcovada...”
 
Y si todas las madres supieran regalar indestructibles preceptos morales que definen al hombre para siempre, como lo hace Gabriela...
 
“¡y miremos comer al Hambre
para dormir con cuerpo y alma!”
 
...quizá, en fantástica proyección de la ternura materna, los adultos seríamos mejores, no cometeríamos tantos errores, no pecaríamos de crueldad ni habría tanto niño abandonado en la faz de la Tierra. Claro, comprendemos que eso es soñar, que los problemas son más rudos, porque son sociales, pero...

Pero hay sufrimientos infinitamente mayores y crueles, que convierten en devastación y lágrimas las esperanzas de pueblos enteros, barajando hasta lo absurdo los destinos, dejando en las generaciones huellas densas y negras como quemaduras. Tienen un solo nombre: la guerra. También aquí el poeta no puede ni debe quedarse indiferente. Gabriela y Neruda no son la excepción, pero de inmediato cabe hacer una salvedad: a la hora de manifestarse, Gabriela se vuelve infinitamente más hermética que Neruda, lacónica casi hasta el silencio. Quizá este instante sería el único en que la contraposición intentada al comienzo de estas líneas tendría visos de realidad esencial y no sólo formal.

La actitud de Neruda hacia la guerra civil española (1936-1939) no deja lugar a dudas. “España en el Corazón” es la Ilíada de esa guerra, cuyo único Aquiles fue el pueblo español representado por la República. Neruda se solidariza con la España republicana y lo dice con toda claridad, sin esconder ni enmascarar sus sentimientos en una maraña de retórica. El “vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles, y su casa “era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban los geranios: era una bella casa con perros y chiquillos”. Hasta que una mañana “todo estaba ardiendo... las hogueras salían de la tierra devorando seres”.
 
“Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de
niños”
 
Generales traidores se ensañaron con España (“Chacales que el chacal rechazaría”), “pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores”.
 
Y refiriéndose a sí mismo, el poeta diría:
 
¿“Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles...
 
Y en “El general Franco en los infiernos”, diría al Judas de la revolución española:
 
“Maldito, que sólo lo humano te persiga...
...solo y despierto seas entre todos los muertos,
y que la sangre caiga en ti como la lluvia,
y que un agonizante río de ojos cortados
te resbale y recorra mirándote sin término”.
 
Imágenes alucinantes que pueden dedicarse sólo a grandes criminales y traidores.

Indudablemente “España en el Corazón” va adquiriendo poco a poco matices épicos. Quizá, no podía tener un Homero mejor la hazaña de un pueblo que, contando únicamente con su valor y con la solidaridad de los desposeídos y los poetas del mundo (léase, internacionalistas), prácticamente solo, se enfrentó a las más poderosas fuerzas oscurantistas de la época.

Corrido el tiempo, cuando la peste parda del nazismo se había adueñado de casi toda Europa, cuando el militarismo japonés se extendía como plaga incontenible por el Sudeste Asiático y Oceanía, Neruda escribiría su “Canto a Stalingrado” y su “Nuevo Canto de Amor a Stalingrado”, poemas en que, dirigiéndose a esa ciudad de imperecedera gloria, diría:
 
“Y el español recuerda Madrid y dice:
hermana, resiste, capital de la gloria, resiste...
Y el español pregunta junto al muro
de los fusilamientos, si Stalingrado vive...”


Madrid y Stalingrado unidos por el poeta. La misma indignación reviste de acero las palabras con que él habla de Madrid y Stalingrado, porque a ambas ciudades llegaron con ánimo devastador las mismas fuerzas oscurantistas y demoníacas...

Sólo podemos conjeturar por qué en su obra Gabriela no quiso o no pudo manifestarse más claramente sobre el problema de la guerra. Más aún, si no fuera por una frase (“Año de la Guerra Española”) que figura al pie de su “Nocturno del Descendimiento” (“Tala”), no tendríamos más remedio que recurrir a la biografía de ella para desentrañar el enigma. Afortunadamente no ocurre así, y por esa sola poesía comprendemos cuánta amargura provoca en Gabriela la tragedia de España.

Ese “Cristo del Calvario” empapado en sangre, aterido de dolor y desolación, ese Cristo que ha perdido sus rasgos divinos y se desprende de la cruz sin que nunca acabe de caer a los brazos que quisieran aliviarlo es... un símbolo. En él se adivina al pueblo español. Pero, en su gran misericordia, Gabriela no puede hablar con ira de cosas que le hieren el alma, y aquí se deja ver en ella la madre que sufre por la ceguera de sus hijos:
 
“Ya que estoy sola en esta luz sesgada
y lo que veo no hay otro que vea
y lo que pasa tal vez cada noche
no hay nadie que lo atine y que lo sepa...”
Porque “...esta caída, los que son tus hijos,
como no la ven no la sujetan”
.
 
Pero de todo eso se desprende sólo el pesar de Gabriela por lo que ve y no puede impedir. No existe en el “Nocturno” la más mínima palabra acerca del partido que ella ha adoptado, y para complementar su imagen al respecto, no tenemos más que recurrir a la biografía. Al abrir las últimas páginas de “Tala” (su segundo libro) nos damos cuenta de que los árboles no nos han dejado ver el bosque. Descubrimos que una vez más Gabriela ha sido fiel a Gabriela, a esa generosidad, sencillez y compasión inmensas que siempre motivaron sus actos. Pero, dejemos que ella misma se manifieste. Textualmente:
 
“RAZON DE ESTE LIBRO
“Alguna circunstancia me arranca siempre el libro que yo había dejado para las Calendas, por dejadez criolla... ahora entrego “Tala” por no tener otra cosa que dar a los niños españoles dispersos a los cuatro vientos.
“Tomen ellos el pobre libro de mano de su Gabriela, que es una mestiza de vasco, y se lave Tala de su miseria esencial por este ademán de servir, de ser únicamente el criado de mi amor hacia la sangre inocente de España, que va y viene por la Península y por Europa entera”.
“Es mi mayor asombro, podría decir también que mi más aguda vergüenza, ver a mi América Española cruzada de brazos delante de la tragedia de los niños vascos. En la anchura física y en la generosidad natural de nuestro Continente, había lugar de sobra para haberlos recibido a todos, evitándoles los países de lengua imposible, los climas agrios y las razas extrañas. El océano esta vez no ha servido para nuestra caridad, y nuestras playas, acogedoras de las más dudosas emigraciones, no han tenido un desembarcadero para los pies de los niños errantes de la desgraciada Vasconia. Los vascos y medio vascos de la América hemos aceptado el aventamiento de esas criaturas de nuestra sangre y hemos leído, sin que el corazón se nos arrebate, los relatos desgarrantes del regateo que hacían algunos países para recibir los barcos de fugitivos o de huérfanos. Es la primera vez en mi vida en que yo no entiendo a mi raza y en que su actitud moral me deja en un verdadero estupor”.

 
Quizá no se tratara de la raza, sino de los gobiernos, pero en este punto no vamos a discutir con Gabriela, pues la inmensidad de su gesto nos desarma una vez más. Regala su libro a los hijos de los republicanos españoles, como con mayor razón aún lo habría regalado a los hijos de los demócratas chilenos, de vivir ella ahora. Mientras Neruda luchaba a brazo partido contra medio mundo para lograr siquiera una emigración parcial (a Chile) de los republicanos españoles internados después de la guerra civil en Argeles, Saint-Cyprien, Le Barcarés y otros campos de concentración franceses situados en los Pirineos Orientales, Gabriela preparaba silenciosamente su golpe de mano contra Franco y contra todas las dictaduras fascistas. Y hoy es del dominio general que Gabriela siempre odió las dictaduras militares.

Y ya viene siendo hora de recordar el motivo de estas líneas, esa contraposición que alguien atribuyó a Pinochet y que seguramente ha sido sólo un chiste de los tantos que provoca el dictador: “Los rojos tienen a Neruda y nosotros a Gabriela Mistral”.

Si lo dijo, con sus actos, se contradice o simplemente ha recapacitado; si no lo dijo, no podemos acusarlo de infidelidad a su “causa”, porque entre los más solemnes actos de su gobierno figura el significativo cambio de nombre al edificio en que se encontró la UNCTAD en Chile. Ahora se llama “Diego Portales” (en otra ocasión habría que defender de Pinochet a este hombre contradictorio, pero grande, de la Historia chilena). En tiempos de la Unidad Popular se llamó edificio “Gabriela Mistral”.

Por todo lo expuesto aquí, pensamos (mejor dicho, estamos convencidos) que Gabriela jamás habría apoyado a un gobierno que ha llenado de sangre, sufrimientos, orfandad y miseria a su país. Y como también en esto ella coincide con Neruda, cerremos estas líneas, sin mayores comentarios...


E. Aguilera, Octubre de 1983

 

 


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