Moda Salvaje

Hoy estuve mirando por la tele un desfile de mujeres bellas. Bueno, una de tantas demostraciones orientadas a recalcar el ideal de la belleza humana. Todo iba bien. Ellas, bellísimas. Yo, boquiabierto. Pero, de pronto, una extraña sensación de irrealidad fue creciendo en todo lo que veía. Y en mí, una convicción, o mejor dicho, un hallazgo casi alucinante: no había tal belleza , jamás la hubo, porque en asuntos de la estética todo empeño deviene siempre subjetivo y absolutamente individual, y porque... Pero, pasemos al tema.

Las “beldades” eran dos o tres decenas de muchachas casi desnudas, delgadas en extremo y... en evidente estado de atrofia e inanición. Bajo la piel estirada, más allá de los dientes blanqueados artificialmente, el maquillaje disimulaba las ojeras propias de quienes exigen demasiado de sus riñones, su hígado y su corazón, abusan de los ayunos y no se preocupan lo más mínimo de su futuro estado de salud. Que, a propósito, en este caso no es tan difícil de pronosticar. Entre otras consecuencias de tal “belleza”, muchas de ellas nunca podrán ser madres, porque lo más probable es que sufran de un descontrol total de sus “periodos femeninos” (o menstruaciones), lo cual puede conducir a la esterilidad. Además, sufrirán de gastritis, úlceras estomacales, afecciones intestinales, cardiovasculares y renales. ¿Promedio de vida? No más de cincuenta o cincuenta y cinco años de edad. Peor aún, ya a temprana edad su psiquis se verá comprometida: les fallará la memoria, serán presa de las neurosis, la histeria y los estados depresivos. Con el inevitable descenso de la inmunidad del organismo. Sentí lástima. Porque se me ocurrió que ciertos hombres, no precisamente los mejores, abusan de esas pobres muchachas. Sobre todo los “inspiradores” y creadores de la moda do quiera que sea, trátese de la “moda” en el aspecto exterior del cuerpo femenino, o de la moda del vestuario que las mujeres deben llevar.

Claro, no vamos aquí a exagerar culpando de todo únicamente a los hombres. La moda de la “belleza” es tan antigua como el ser humano. En un plano histórico, ha tenido las más variadas manifestaciones. En la época del matriarcado, era evidente que la más “bella” de las mujeres de la tribu tenía que ser la Mamá Grande, quien era grande no sólo por su status ante todos los demás integrantes de la tribu, sino también porque devenía horriblemente gorda. De esa estética del matriarcado, hasta hoy quedan rememoranzas. Por ejemplo, los habitantes de ciertas islas de Oceanía consideran la gordura el rasgo principal de la hermosura femenina. Por eso, alimentan a algunas mujeres en exceso y las hacen engordar tanto, que al final ellas no pueden moverse ni valerse por sí mismas. No sé dónde leí que una de esas “beldades” oceánicas llegó a pesar casi trescientos kilos. Y si a todo eso agregamos el barro conque las beldades se cubren el cuerpo para parecer más hermosas, las agujas de madera conque se perforan las orejas, la nariz y la piel del vientre, la tierra roja o blanca que se echan en el cabello, el cuadro resulta alucinante.
A miles de kilómetros de Oceanía, en ciertas tribus africanas, se consideran bellas las mujeres delgadas de cuello largo. Por eso, es costumbre que a las niñas escogidas para ser “bellas” cada año les agreguen un anillo al cuello. Como resultado, a las pobrecitas se les atrofian los músculos del cuello, que sin los anillos no están en condiciones de sujetar la cabeza. ¿Consecuencias? Pues, alta tensión arterial, frecuentes e insoportables dolores de cabeza, y al final, derrame cerebral. En otras palabras, tales “beldades” tampoco llegan a la vejez.

Trasladémosnos a Norteamérica. Allí, la ocurrencia de confeccionar hermosos trajes de gamuza para que el marido fuera bien elegante a la guerra, les costaba a las indias la dentadura. Para preparar el cuero del bisonte, ellas debían mascarlo pacientemente centímetro a centímetro. Si no, el cuero quedaba demasiado duro y no servía para confeccionar los trajes de tan importantes guerreros, como los siouxs. Al tercero o cuarto traje confeccionado de ese modo, los dientes de las mujeres se desgastaban hasta las encías.

Demos ahora un salto hacia el Oriente de la Edad Media y veamos qué sorpresas nos endosa la moda. Precisamente en esa época, a los chinos y a los japoneses se les antojó la peregrina idea de que la hermosura de la mujer podía encontrarse en el pie, que debía ser pequeñito a toda costa. Dicho y hecho. A toda costa empezaron a hacer pequeño ese pie, mediante hormas de madera que obligaban a llevar a las niñas. El pie se deformaba, adquiría cierta extraña redondez abultada y las mujeres después podían andar sólo a pasitos cortos y dolorosos, y cualquier viento más o menos fuerte las derribaba. Las pobres, además de tener problemas de la circulación sanguínea y del aparato vestibular, sufrían de escoliosis, hernias y otras deformaciones de la columna vertebral, con los correspondientes dolores de las piernas, los brazos y la espalda.

Pero serían los señores feudales europeos quienes más se destacarían en las brutalidades de la “moda”, porque precisamente ellos, por allá en el siglo XI, en la época de las cruzadas, se inventaron el cinturón de castidad, un feo artefacto metálico que les ponían a las mujeres en el bajo vientre y entre las piernas, para que, en ausencia de ellos, no pudieran físicamente ser infieles. En este caso, la “moda” estaba representada por la forma del “cinturón”, y por los adornos que, a golpe de martillo, se grababan en el mismo.
De más está decir que, debido al contacto directo con la humedad del cuepo humano en la zona genital, el hierro del “cinturón” se oxidaba, provocando las más diversas infecciones. En su mayoría, las mujeres que llevaban tan siniestra prenda perecían de contaminación de la sangre, o lo que es más probable, del tétano. Bardos y juglares cantaban las proezas de sus soberanos, y muchas veces solían agregar al relato épico cierta nota “romántica” y trágica que empañaba la heroica. Dizque, después de haber estado años combatiendo a los infieles en Oriente, después de haber realizado mil hazañas a favor de la fe cristiana, el héroe regresaba cubierto de gloria a su hogar, únicamente para recibir la terrible noticia de que su amada, su razón de ser en el mundo, no había resistido la separación, y había muerto... de pena. Claro, la pena quizá también figurara entre los sufrimientos que la pobre mujer experimentaba por causa del “cinturón”. Y como los muy crueles caballeros que partían a defender la fe en Oriente sabían perfectamente que sus esposas no resistirían tamaña espera y perecerían, pusieron de moda una costumbre que neutralizaba ese pequeño “inconveniente”: cada uno de ellos, al partir, se escogía una Dulcinea del Toboso, es decir, una Dama del Corazón a quien dedicar sus futuras proezas y hazañas. Ella debía ser soltera y no obligatoriamente demasiado hermosa, o incluso podía ser la esposa más o menos joven de otro señor feudal, quien, por sus longevos años, ya no podía participar en las cruzadas.

La Edad Media, con sus cruzadas y sus cinturones de castidad, se queda atrás. Llegan los Tiempos Modernos, y con ellos la moda de las pelucas. Las hay de crines de caballo, de lana de cordero, de estopa y hasta de cabellos humanos. Estas últimas son las más caras y apreciadas, y muchas veces le cuestan la vida al dueño originario de la cabellera. Aparecen, además, los polvos aromáticos. En cuanto al vestuario, las mujeres llevan heroicamente un sinfín de enaguas almidonadas bajo el anchísimo vestido, que para crear una ilusión de esbeltez, es sujetado en su interior por toda una construcción metálica, o de mimbre, o de cerdas de ballena y cordones. Simplificada, esa “construcción” duró hasta comienzos del siglo XX. Toda la aristocracia lleva peluca y se empolva el rostro. Y como jamás se lavan, bajo los enormes vestidos y las mil enaguas, bajo las exageradas pelucas y en el cuero cabelludo se multiplican los parásitos de todo tipo: piojos, pulgas, garrapatas, etc. Ni cortos ni perezosos, esos modernos “inspiradores” de la moda se inventan el rascador, o sencillamente lo copian de Oriente, el cual consiste en una varilla de metal o de madera, que termina en una especie de mano pequeña. Incluso se dan el trabajo de tallarle o cincelarle dedos perfectos, con sus correspondientes falanges y uñas. Con la manito se rascan la espalda; con el extremo opuesto de la varilla, el cuero cabelludo bajo la peluca.

Ahí podían haberse detenido los “inspiradores”•en sus inventivas, pero a finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX y parte del XX aparecen los corsés ajustados con estructura metálica y elástica, que aprietan tanto que quienes los llevan sufren de deficiencias renales, cardíacas, pulmonares, etc. Los anillos de cerdas de ballena y de metal conque se hace el “esqueleto” de los sujetadores o sostenes obstaculizan la circulación sanguínea, inflaman los canales linfáticos y acaban por provocar cáncer de las glándulas mamáreas. Los tacones altos y el taco aguja provocan juanetes o endurecimientos óseos de los callos; provocan también escoliosis y deficiencia renal con “caída” de riñón, generalmente del derecho. Los polvos aromáticos que siguen usándose en enormes cantidades provocan alergias cutáneas y obstrucción de los poros, condiciones “ideales” para que se desarrollen las infecciones de la piel.

Cuando quedan atrás todos los aparatosos trajes y menjunjes de los Tiempos Modernos, aparecen las minifaldas, la ropa interior casi microscópica, las chaquetas y las camisetas cortas, las medias y los “panty” de nylon. Todo ese absurdo, en las regiones frías provoca inflamaciones crónicas de la vejiga y de los riñones que pueden degenerar en afecciones reumáticas. Además, los “panty” de nylon, a temperaturas inferiores a cero grado, pueden pegarse como con cola a la piel, y deviene imposible despegarlos, a no ser mediante intervención quirúrgica. Y tanto en las regiones frías cuanto en las cálidas, la vista de tan osados atuendos femeninos, se entiende que no en las vitrinas, puede provocar en los hombres, por paradójico que parezca, un fuerte descenso de la potencia sexual. ¡Cosas de la psiquis!

Al mismo tiempo, las mujeres han resistido el feroz ataque de infinitos colorantes para el cabello y para las pestañas, el “rouge” labial y otras pinturas y cosméticos para el cuerpo, los cuales no siempre fueron inofensivos, pues originariamente muchos contenían un alto porcentaje de grasas dañinas y... de plomo y otros metales nocivos para la salud.

Realmente impresiona la manía de tatuarse, de arrancarse las cejas y los bigotes, de estirarse con medios quirúrgicos la piel del rostro, de “lipoxidar” o cortar en vivo la grasa del vientre y de los muslos, de colgarse pestañas postizas con gomas adhesivas que irritan los párpados, de perforarse las orejas y colgarse de las mismas cualquier hierro.

Y el “aperitivo” de todas las torturas y aparatos siniestros que en aras de la belleza se están inventando a cada paso lo constituye ese montón de asuntos metálicos (no sé cómo se llaman) que las mujeres y los hombres de hoy se clavan o se atornillan en cualquier parte de su organismo, incluso en la lengua y en los órganos genitales. Y siempre y en todo, la bendita “dieta” conducente a la inanición y degradación de quienes se someten a la misma.

Bueno, hasta aquí no más los dejo con los asuntos de la moda. Espero no haber sido demasiado inoportuno. Claro... si por ahí anda algún “ingenioso” con la idea de perforarse el cráneo para meterse antenas metálicas en el cerebro, le recomiendo que espere un poco. Quizá alguien se invente primero los cerebros de hierro o de goma, con cavidades y orificios especiales para esas antenas. Porque si las introduce en el cerebro común, en ese que nos dio la naturaleza, por muy pequeño y misérrimo que el mismo sea, y por poco que lo necesite su dueño, podrían ocurrir cambios irreversibles, incompatibles con la propia vida. Además, las antenas en la cabeza lo obligarían a Ud. a agujerearse el sombrero que, aunque protegido de ese modo contra las ventoleras, perdería inmediatamente su valor comercial, pues no todas las cabezas de chorlito tendrían las antenas en el mismo sitio y... Vale!


Eugenio Aguilera


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