LA UDI

La UDI, esa rareza

Carlos Peña
Domingo 01 de Junio de 2008


La UDI debe ser de los pocos partidos prohijados por una dictadura que, después de dos décadas, todavía gravitan en el sistema político. Basta poner en una lista a sus miembros más prominentes -Novoa, Chadwick, Coloma- para recordar que ese partido se formó al compás de los desvaríos del régimen militar.

Eso explica buena parte de sus vicisitudes tácticas y de sus balbuceos ideológicos.

Los creadores de la UDI coquetearon alguna vez con Vásquez de Mella (un tomista de hace un siglo que propugnó el corporativismo como antídoto a la democracia, y cuyas ideas Guzmán repetía a la letra en sus clases); se emocionaron oyendo a Blas Piñar (el líder de Fuerza Nueva, un grupo surgido del franquismo que en los setenta visitó un par de veces la Facultad de Derecho de la UC), y asistieron orgullosos a la ceremonia de Chacarillas (donde se hizo del autoritarismo un programa político de largo plazo).

Entonces la dictadura no tenía defectos. Y si los tenía, ahí estaban los abogados del gremialismo -la UDI de hoy- para justificarlos.

Es que por esos años la adhesión a la democracia liberal estaba todavía lejos. A lo más se la veía como una meta de largo plazo, cuya consecución, argüía Guzmán, estaba subordinada a la transformación económica.

Mientras tanto, los cuadros de la UDI se formaban en la Secretaría de la Juventud, en el Consejo de Estado, en las municipalidades.

Hacer de esos cuadros un partido político, incluso a las patadas (son los años en que al sosegado y pragmático Longueira de hoy se le llamó "el Lenin de la derecha"), fue la tarea y el gran logro de Jaime Guzmán: un político que -a pesar de los intentos de hoy por beatificarlo- era lo más alejado que quepa imaginar a eso que Hegel llamaba un "alma bella".

Y allí donde nadie lo esperaba, ese partido tuvo éxito.

Pero ello no se debió a la virtud de su proyecto político, sino a dos o tres acontecimientos. A eso que Maquiavelo llamaba la fortuna. El primero fue el asesinato de Guzmán, que le permitió disponer de un mártir y componer así el comienzo de una hagiografía (todos los partidos de veras la tienen). El segundo fue el surgimiento de Lavín (un líder capaz de mezclar el carisma y el simplismo en dosis casi perfectas).

Esos dos acontecimientos -la tragedia y la comedia- fueron claves en el éxito de la UDI; pero justamente porque se trata de acontecimientos, de cosas que ocurren sólo de vez en cuando, lo probable es que ese éxito no dure demasiado. La gente suele morir sólo una vez, y los líderes como Lavín acaban, como ha ocurrido ya, banalizando su propio carisma.

Así entonces, la UDI -si quiere sobrevivir y no experimentar, tarde o temprano, la suerte de todos los partidos prohijados en dictadura- requiere llevar adelante algunos cambios.

El primero de todos es ideológico. La UDI hasta ahora no tiene ideas (salvo que se pueda llamar ideas a los recuerdos de su fundador). Tiene tácticas, intereses, énfasis, pero no tiene propiamente ideas. Tampoco tiene, a diferencia de los partidos con más historia, eso que los cientistas políticos llaman un cleavage, un arraigo preciso en la estructura social. La preeminencia de los intereses tácticos y la carencia de ideas fueron lo que le permitió tener de líder a un personaje como Lavín: nadie supo nunca qué pensaba ni qué haría, y a nadie tampoco le importó mientras alimentara las esperanzas de triunfo. Pero hoy Lavín no está, tampoco se avizora otro, y las ideas comienzan a mostrar su importancia.

Por supuesto, ahora Vásquez de Mella no sirve y Blas Piñar menos. Y Guzmán tampoco dejó muchas. A buscar se ha dicho.

El segundo cambio es de rostros. A la UDI le ocurre al revés de la Concertación. Mientras en la coalición de gobierno los viejos están de vuelta, en la UDI es imprescindible dar de baja a los que llevan más tiempo. Hay que llamarlos a retiro no porque sean malos o no sean confiables; es que mientras ellos estén en la primera fila, la UDI carece de eso que los sociólogos llaman estructura de plausibilidad: rostros e historias que confirmen lo que dice ser, un partido popular moderno y democrático. Desgraciadamente, hasta ahora, esas frases no calzan con los rostros que las pronuncian.

En fin, y en el largo plazo, la UDI debe ser capaz de compatibilizar el conservantismo moral que proclaman algunos de sus líderes, con los cambios de costumbres que experimenta la mayoría. Y su actual convicción democrática con el pasado de algunos de sus dirigentes. No se puede ganar al electorado defendiendo convicciones de minorías y llevando al apa un pasado de ese porte. Aunque se hagan esfuerzos por disimular, tarde o temprano se nota.

Como se ve, no son pocos los desafíos de la UDI. Y la renuncia de Hernán Larraín puede ser un síntoma de que las cosas son peores de lo que parecen: después de todo, Larraín era de los pocos dirigentes de la UDI a quien nunca se le oyó recitar a Vásquez de Mella, ni se le vio aplaudir a Blas Piñar.

La herencia del Binominal !!!


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