Los Advenedizos

He ahí un tema bastante escurridizo, áspero, espinudo y difícil de tratar, porque siempre habrá una conveniencia o inconveniencia que de momento lo deja fuera de pantalla, intocado y en el anonimato. O siempre habrá alguna amenaza o algún peligro que nos cierren la vista, el oído y la sagacidad. Como quien dice, tú no sabes ver las cosas como es debido, porque lo que ves no existe. E incluso si existe, mejor mira para otro lado, no te apresures y espera un poco, porque... (“¿Por qué no te callas?”, ordenó sencillamente su real majestad). Y con la prohibición más o menos enérgica, salen a relucir argumentos y consideraciones morales, sociales, políticas religiosas, étnicas... y etcéteras infinitas. Y por mucho que uno trate de ironizar al acometer de todos modos el tema, al final tiene que ponerse serio y decir las cosas contra viento y marea, contra toda amenaza y todo riesgo. Digámoslas. 

 

 

Los ConquistadoresY bien, los advenedizos.

En primer lugar, serían advenedizos quienes llegaron después o se sumaron después a la empresa, al movimiento, a la obra, a la idea, a la organización, etc. ¿Después de qué? Evidente, después de que la empresa, la obra, etc. ya ha sido creada y está dando sus frutos.

En el caso de los países latinoamericanos, Chile en particular, que constituyen la obra, idea, organización, etc. que nos interesa, serían advenedizos todos los inmigrantes cuyos antepasados no sufrieron la empresa de formar las repúblicas latinoamericanas independientes, y llegaron cuando las mismas ya estaban mal o bien formadas y constituidas.

¡Peligrosísima idea!

Porque fácilmente las elucubraciones en torno a la misma pueden ser calificadas de nazismo, fascismo, racismo, subversión, terrorismo etc. con la consiguiente, legal y violenta tapada de boca contra quien las emprenda. Dizque, ¡cómo te atreves! ¡Con todo el rigor de la ley, te incriminamos...!

Y hasta ahí no más habría llegado nuestra disertación.

Bueno, pero como sólo estamos conversando y razonando y no haciendo panfleto subversivo, aparte, usted, esa mano peluda, no me ponga cara de ametralladora, cálmese, deje en paz los aspectos leguleyos, encierre al gorila y lea de nuevo el párrafo que está leyendo. Y encuentre el verbo clave con la precisa conjugación: SERIAN.

Porque eso es lo que hemos dicho. ¡Serían!

Ya que incluso el definir correctamente quiénes son o no son advenedizos constituye una tarea ardua, donde la exactitud debe ser un credo obligatorio. Digámoslo, entonces, con más exactitud:

SON advenedizos todos aquellos inmigrantes que llegan a un país ya constituido (económica, social y culturalmente), se radican en el mismo y jamás aceptan como buenas la ideosincracia, las costumbres, la cultura y hasta la raza predominantes en el país que los ha acogido. Peor aún, no sólo no las aceptan, sino que, además, siempre están mostrando desprecio por las mismas, incluso cuando ya han adquirido todos los derechos cívicos y hasta la nacionalidad local.

Claro, hay quienes creyendo estar en la razón nos rebatirán que el fenómeno de rechazo es absolutamente lógico, natural y pasajero, y que no hay en el mismo peligro alguno para los países que acogen a tales inmigrantes. Es fenómeno lógico, porque toda persona que se va a vivir a otro país siempre sufre de nostalgia por el país que tuvo que dejar, y la nostalgia suele enturbiar la comprensión hacia lo nuevo o distinto. Es natural, porque siempre hay diferencias en los modos de vida y la cultura entre el país que se abandona y el país a que se llega. Y por último, el rechazo es pasajero, porque, a fin de cuentas, existen los procesos de asimilación y acostumbramiento, que a la larga o a la corta lo neutralizan y el inmigrante se suma definitivamente a la vida normal del país que lo acoge. Pero...

No confundamos a los advenedizos con los inmigrantes que llegan realmente a radicarse a un país determinado. Estos últimos sí que se asimilan siempre, y para cualquier país pueden llegar a ser una fuerza motora capaz de acometer las más decididas empresas, fuerza guiada únicamente por su inspirado deseo de progreso para su nueva patria.

Los advenedizos, por el contrario, jamás se asimilan, no manifiestan el más mínimo interés por contribuir realmente al progreso del país que los ha acogido, y lo miran sólo como un medio para satisfacer sus personales intereses. Y desde ese punto de vista todo vale, todo puede hacerse, incluso “sacrificios” como el de adoptar la religión, la ciudadanía o la nacionalidad de los despreciables “nativos”, prestarle juramento a la bandera de ellos, aprender de memoria el himno nacional, incluso cantarlo y... nada más. El resto son demagogia y los pasos prácticos que dan los advenedizos para lograr sus mezquinos fines. Maestros del camuflaje y el simulacro, despliegan una febril actividad para situarse en puntos claves de la econonomía, la política y la cultura del país que los acoge. Y como son admirablemente emprendedores y suspicaces, a la larga o a la corta lo consiguen. Y desde allí... bueno se nos iría demasiado tiempo en especificar qué son capaces de hacer desde allí. Más de un gobernante y más de un dictador latinoamericano salieron de las filas de los advenedizos, con consecuencias arduas y funestas para los países que cayeron bajo su mando. Violencia y más violencia, crueldad y más crueldad, expoliación, explotación, miseria, cientos de miles de ciudadanos auténticos en el exilio, mientras el país en desgracia es repartido a pedazos entre sí por los advenedizos.

Bueno, hasta aquí hemos hecho una descripción general. Pasemos a los detalles y sutilezas.

Hacerse la América. ¿Alguien se acuerda de esa expresión sumamente castiza propia del habla hispana? Muchas veces el idioma lleva implícita la más inesperada información. ¿Quiénes eran en España los que se hacían la América? La lista resultaría infinita si quisiéramos nombrarlos, empezando por Colón, los hermanos Pinzón, Cortés, Pizarro y todos los conquistadores que cruzaron el océano movidos sólo por el afán de enriquecerse y volver luego a España a gozar de sus riquezas. En ese sentido, los conquistadores iniciales fueron los primeros advenedizos que llegaron a América y empezaron a explotarla sin consideraciones de ningún género, como si en el continente “descubierto” no hubiera habido civilización alguna. Y al parecer, a esas alturas el problema que nos interesa aparece absolutamente claro, sin extravíos de ninguna índole, donde los personajes están retratados con toda la rigurosidad del momento: de una parte, los naturales o indígenas con su obra y modo de vida constituidos; de la otra, los advenedizos conquistadores con su avidez de riquezas.

Pero no nos equivoquemos, porque no todos los conquistadores llegaron única y exclusivamente a “hacerse la América” y a expoliar en nombre de la Corona.

Es cierto que existió un Hernán Cortés, quien luego de destruir el imperio azteca, regresó a España a reforzar con riquezas fabulosas sus títulos de nobleza. Y como él hubo muchos otros, a quienes hasta ahora no se les ha dado la clasificación que se merecen. Pero tampoco es menos cierto que existió también un Lope de Aguirre, el primer español que llegado al continente ve de un modo distinto el mundo que aparece ante él, e inmediatamente decide insubordinarse contra la Corona, declarándose independiente de la misma.

Hernán CortésPara Lope de Aguirre el “Nuevo Mundo” es, en primer lugar, una posibilidad de liberarse de la España absolutista, inquisitorial y despiadada. De esa España que, aunque en ese momento  es la más fuerte de las potencias europeas, se estremece distorsionada por las guerras, las epidemias, la miseria y las injusticias. Y con todo el “atrevimiento” del caso, así se lo informa Lope al rey de España, en un documento que firma de la siguiente manera: “Lope de Aguirre, el Traidor”. Tampoco se le ha dado el reconocimiento que se merece, aunque aquí podemos hacerlo ahora y convenir que él fue el primer latinoamericano, no por lo de traidor, sino por lo de independiente. Por ese afán suyo de instalarse en el continente y formar allí su propio patrimonio sin rendirle cuentas a nadie, como no fuera a su propia conciencia. Desgraciadamente, tuvo que rendirlas a sus paisanos conquistadores, y su fin fue más trágico de lo que cabe suponer.

No obstante, nadie mejor que Lope de Aguirre para representar el afán colonizador y de todos modos constructivo que caracterizó a muchos conquistadores españoles que arriban a las Américas para quedarse. Con buenas o malas artes, precisamente esos españoles forman su patrimonio y dan orígen a las colonias. Y en luchas, sacrificios y esperanzas dejan de ser advenedizos, y con el tiempo acaban por comprender que esa tierra extraña que habitan ya en segunda o tercera generación se ha convertido en una tierra entrañable para ellos, en su propio hogar, muy distinto al que dejaran los abuelos en la Madre Patria.

En el Nuevo Mundo surge así una entidad étnica, económica y política nunca vista hasta ese momento: los latinoamericanos, constituidos en un comienzo por los “criollos” o hispanos nacidos y criados en el continente, y por todas las demás razas y pueblos que participan en el surgimiento de esa entidad.

Es la época en que el fenómeno de los advenedizos experimenta un cambio radical e inesperado. España, la insaciable España, nunca se olvida de sus nuevas posesiones, por las cuales libra una lucha permanente y despiadada contra todos los países europeos que pretenden disputárselas. Bajo los designios de esa lucha, se forma la estructura de gobierno colonial, se crean los virreinatos y gobernaciones. Y precisamente hacia esa todopoderosa estructura de gobierno se desplaza el interés de los advenedizos. Con mayor frecuencia ahora son las autoridades representantes de la Corona, es decir gentes investidas de poder absoluto, quienes vienen al “nuevo mundo” con el único fin de “echarse a la bolsa su pedazo de América”. Y si te he visto, no me acuerdo.


Logia LautarinaVirreyes, gobernadores, escribanos, oidores, frailes, etc. se empecinan en una carrera desenfrenada por el poder y la riqueza, sin importarles para nada los destinos de los territorios coloniales, como  no sea el hecho de que los mismos constituyen la “propiedad” de la Corona, es decir, de sus representantes. Precisamente esos advenedizos son los que echan a correr al mito acerca del “artero criollo” que no es español, indígena ni afroamericano. “Artero”, porque con el tiempo los nacidos en el continente, aunque con mucha timidez, empiezan a resistirse al arbitrio impuesto por la Corona, sin saber que van por el camino que otrora señalara Lope de Aguirre. Es una época difícil, porque a la par se producen rebeliones indígenas, levantamientos de esclavos, agresiones piratas... Y pese a todo, poco a poco la entidad latinoamericana se va formando, como todo lo que nace en sufrimientos y convulsiones. Hasta que llega el siglo XIX, con las guerras de Independencia y la aparición de las repúblicas.

Y aquí entramos al sector verdaderamente escabroso de nuestro tema, a eso que es tan difícil de decir, aunque sea completamente real. Una vez que las colonias logran su Independencia, hacia la América hispana se abalanza todo un alud de advenedizos que, por razones prácticas, en los tiempos coloniales tenían limitado el acceso a la misma. Aventureros ingleses, franceses, holandeses, árabes, turcos, italianos, etc. que durante siglos practicaran la piratería por todo el mundo, se convierten en los nuevos “conquistadores”, y ven en esas repúblicas su oportunidad de hacerse también la América. Sobre todo, los ingleses, franceses y holandeses que ya para entonces habían acumulado abundante experiencia en la rapiña internacional se dejan caer despiadadamente contra la América del Norte, y empiezan a infiltrarse en las jóvenes repúblicas latinoamericanas, desde Texas y California hasta Punta Arenas. Y esa infiltración ahora sí que se efectúa a todos los niveles, con un nuevo cambio en el fenómeno: si antes, en la época de la colonia, los advenedizos a la larga o a la corta se marchaban con su pedazo de América, ahora quieren quedarse, definir a su favor las estructuras de gobierno y apoderarse totalmente de la economía. Y para ese fin, toda argucia, todo crimen y toda violencia valen. Unidos a la clase dominante de los latifundistas y a los oligarcas de todo tipo, se forman así clanes enteros de advenedizos que imponen sus puntos de vista en todos los ámbitos, como una verdadera epidemia incontenible que fue empeorando durante todo el siglo XIX, para alcanzar su máxima expansión en el siglo XX, cuando al alud de ingleses, franceses y holandeses, se suman italianos, turcos, árabes, suizos y, sobre todo, alemanes.

Hoy, cuando los países latinoamericanos realizan heroicos esfuerzos para lograr un nuevo nivel de desarrollo económico y social, cuando muchos países tratan de acometer el progreso industrial y cultural que hacen realmente independiente a cualquier país, precisamente el dinero, las leyes y la ideosincracia de los advenedizos se oponen a esos procesos, a veces incluso por la fuerza de las armas, como ocurrió en Chile, Paraguay, Bolivia, Argentina, Perú, México, Nicaragua... y en tantos otros países latinoamericanos. ¿Quiénes fueron, si no advenedizos, el suizo Pinochet en Chile y el alemán Stroessner en el Paraguay? Y no se trata de apellidos más o menos hispanos o indígenas, más o menos franceses, suizos, ingleses, alemanes o japoneses. Se trata de toda una quinta columna de la rapiña, que durante decenios ha vivido por su propia conveniencia en tierra que considera ajena, sin patria y sin honor alguno, se trata de gentes que de generación en generación, de padres a hijos, se han comunicado entre sí casi como axioma absoluto y motivación de toda su conducta un sólo legado: el desprecio hacia los latinoamericanos de cualquiera índole, con las consiguientes tragedias que el mismo arrastra para América Latina.

Nazis ALEMANES en Chile de PINOCHET (1984) en funeral de WALTHER RAUFF
:: Centro Wiesenthal: Hay dos denuncias de que el criminal nazi Aribert Heim está en Chile. (Martes, 8 de Julio de 2008)

En este sentido resulta bastante elocuente el ejemplo de los nazis alemanes en Chile con su Colonia Dignidad, y con ese “heill Hitler!” que, a la vista de todo el mundo, sin esconderse para nada y sin sufrir la más mínima restricción, gritaron esos nazis en el entierro de Walther Rauff, que fuera inventor de los “camiones de la muerte” durante la Segunda Guerra Mundial. Millares de víctimas pesaban en la conciencia de Rauff, pero el régimen pinochetista lo defendió hasta las últimas consecuencias.

También resultan elocuentes la desatinada declaración que hizo por ahí cierto profesor de historia con motivo de la huelga de hambre de Patricia Troncoso, y el acto de traición a los Mandamientos de la Ley de Dios y a los Mandamientos de la Iglesia que se permitió cierto ex obispo o arzobispo que autorizó el asalto policial a la Catedral de Concepción, en el momento en que en la misma se habían refugiado gentes de paz que sólo querían hacerse oir por sus conciudadanos. Desgraciadamente, los advenedizos existen, constituyen toda una mundividencia y un problema real para las repúblicas latinoamericanas.

Y para terminar estas líneas, valga un test sicológico, con una sola pregunta: ¿Siente, usted, escalofríos de desagrado cuando oye la palabra “latinoamericano”?

¿Sí? Lástima, váyase. Usted es un advenedizo.

¿No? Quédese. ¡Gusto de conocerlo, compatriota!

 

 

Lope de Aguirre, Moscú, 15 de febrero de 2008


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