Rimas

 
 

      

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), clásico de la literatura romántica española, nacido en Sevilla. Lo más destacado de su obra fueron: en poesía, sus Rimas, y en prosa, sus Leyendas. A veces, leyendo el sentir de poetas como éste, se crea la impresión de que realmente todo tiempo pasado fue mejor. Con Bécquer, iniciamos aquí la publicación de una serie lírica, en la cual trataremos de abarcar lo que a nuestro entender constituye lo mejor de la poesía amorosa hispanoamericana.

 

 

 

Rimas

 

 

LXXVII

 

Dices que tienes corazón, y sólo

Lo dices porque sientes sus latidos.

Eso no es corazón...;es una máquina

Que al compás que se mueve hace ruido.

 

 

XLII

 

Cuando me lo contaron sentí el frío

De una hoja de acero en las entrañas;

Me apoyé contra el muro, y un instante

La conciencia perdí de dónde estaba.

 

 

Cayó sobre mi espíritu la noche;

En ira y en piedad se anegó el alma...

¡Y entonces comprendí por qué se llora,

Y entonces comprendí por qué se mata!

 

 

Pasó la nube de dolor..., con pena

Logré balbucear breves palabras...

¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...

¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.

 

 

 

XLI

 

Tú eras el huracán, y yo la alta

Torre que desafía su poder:

¡Tenías que estrellarte o abatirme!...

¡No pudo ser!

 

 

Tú era el Océano y yo la enhiesta

Roca que firme aguarda su vaivén:

¡Tenías que romperte o que arrancarme!...

¡No pudo ser!

 

 

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

Uno a arrollar, el otro a no ceder;

La senda estrecha, inevitable el choque...

¡No pudo ser!

 

 

 

XLVIII

 

Como se arranca el hierro de una herida,

Su amor de las entrañas me arranqué,

Aunque sentí, al hacerlo, que la vida

Me arrancaba con él.

 

 

Del altar que la alcé en el alma mía

La voluntad su imagen arrojó,

Y la luz de la fe que en ella ardía

Ante el ara desierta se apagó.

 

 

Aún para combatir mi firme empeño

Viene a mi mente su visión tenaz...

¡Cuándo podré dormir con ese sueño

En que acaba el soñar!

 

 

 

LIII

 

Volverán las oscuras golondrinas

En tu balcón sus nidos a colgar,

Y otra vez con el ala a tus cristales

Jugando llamarán;

 

 

Pero aquéllas que el vuelo refrenaban,

Tu hermosura y mi dicha al contemplar;

Aquellas que aprendieron nuestros nombres...

Esas... ¡no volverán!

 

 

Volverán las tupidas madreselvas

De tu jardín las tapias a escalar,

Y otra vez a la tarde, aun más hermosas,

Sus flores se abrirán;

 

 

Pero aquéllas cuajadas de rocío,

Cuyas gotas mirábamos temblar

Y caer, como lágrimas del día...

Esas... ¡no volverán!

 

 

Volverán del amor en tus oídos

Las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

Tal vez despertará;

 

 

Pero mudo y absorto y de rodillas,

Como se adora a Dios ante su altar,

Como yo te he querido...,desengáñate:

¡Así no te querrán!

 

 

 

LXXIII

 

Cerraron sus ojos,

Que aún tenía abiertos;

Taparon su cara

Con un blanco lienzo;

Y unos sollozando,

Y otros en silencio,

De la triste alcoba

Todos se salieron.

 

 

La luz, que en un vaso

Ardía en el suelo,

Al muro arrojaba

La sombra del lecho;

Y entre aquella sombra

Veíase a intervalos,

Dibujábase rígida

La forma de un cuerpo.

 

 

Despertaba el día,

Y a su albor primero,

Con sus mil ruidos

Despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

De vida y misterios,

De luz y tinieblas,

Medité un momento:

“¡Dios mío, qué solos

Se quedan los muertos!”

 

 

De la casa en hombros

Lleváronla al templo,

Y en una capilla

Dejaron el féretro.

Allí rodearon

Sus pálidos restos

De amarillas velas

Y de paños negros.

 

 

Al dar de las ánimas

El toque postrero,

Acabó una vieja

Sus últimos rezos;

Cruzó la ancha nave,

Las puertas gimieron,

Y el santo recinto

Quedóse desierto.

 

 

De un reloj se oía

Compasado el péndulo,

Y de algunos cirios

El chisporroteo.

Tan medroso y triste,

Tan oscuro y yerto

Todo se encontraba...

Que pensé un momento:

“¡Dios mío, qué solos

Se quedan los muertos!”

 

 

De la alta campana

La lengua de hierro

Le dio, volteando,

Su adios lastimero.

El luto en las ropas,

Amigos y deudos

Cruzaron en fila

Formando el cortejo.

 

 

Del último asilo,

Oscuro y estrecho,

Abrió la piqueta

El nicho a un extremo.

Allí la acostaron,

Tapiáronla luego,

Y con un saludo

Despidióse el duelo.

 

 

La piqueta al hombro

El sepulturero

Cantando entre dientes

Se perdió a lo lejos.

La noche se entraba,

Reinaba el silencio;

Perdido en la sombra,

Medité un momento:

“¡Dios mío, que solos

se quedan los muertos!”

 

 

En las largas noches

Del helado invierno,

Cuando las maderas

Crujir hace el viento

Y azota los vidrio

El fuerte aguacero,

De la pobre niña

A solas me acuerdo.

 

 

Allí cae la lluvia

Con un son eterno;

Allí la embate

El soplo del cierzo.

Del húmedo muro

Tendida en el hueco,

Acaso de frío

¡Se hielan sus huesos!

......................................................

 

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

Podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

Que explicar no puedo,

Que al par nos infunde

Repugnancia y duelo,

Al dejar tan tristes,

Tan solos los muertos!


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