El día en que me pidieron que asesinara a Salvador Allende

          Juan Jesús Godoy Rosa nace en Santiago de Chile en 1951. Autodidacta, pintor y escritor. Desde 1977 se radica en Suiza. Escribe cuentos y poesía, en castellano y en italiano. Casado con italiana en 1979. Ese mismo año recibe en Cesenatico, Italia, un premio en un concurso de poesía. En 1980 preside un Concurso Internacional de Pintura, efectuado en Cesenatico. Empieza a pintar. Desde 1989 adopta la ciudadanía suiza.

El día en que me pidieron que asesinara a Salvador Allende


Era viernes, día de parrandas y de sexo barato en las botillerías clandestinas de la calle Blanco Encalada. Me encontraba rompiendo un telefono público, para robarle las monedas, cuando se detuvo un coche. Era un auto Chevi de esos que usaba la policía de Investigaciones. Bajaron dos civiles. El guatón Sandoval, conocido militante de Patria y Libertad, y la vieja Gladys, amante del guatón, y militante de la Democracia Cristiana. Me hicieron subir al coche y nos dirigimos hacia Maipú. El guatón Sandoval se mostró gentil y me dijo que no me entregaría a los ratis, sino que me invitaba a cenar al Chancho con Chaleco.


En el camino me habló de mi pasado, de mis padres y de mis abuelos, todos delincuentes comunes.
-Tengo un negocio para ti -me dijo-. Por esa pega, podrás vivir toda una vida como un galán y no tendrás que salir a lancear en las micros.


Yo era un “lanza”, es verdad, había comenzado a los ocho años de edad, y mi padre, conocido delincuente de Santiago de Chile, me había enseñado todos los trucos de la profesión. La primera vez que robé fue en un velorio de otro delincuente chileno. Recuerdo que aquella vez había llegado al velorio del “Patofilo” Investigaciones, siguiendo la huella de otros delincuentes buscados por ellos. El prefecto, un hombre prepotente y de modales violentos, al ver al Patofilo muerto, escupió sobre el ataúd y nos prometió un fin parecido al del finado. Mi padre, que respetaba mucho al Patofilo se encontraba rezando. Yo estaba a su lado. Mi madre me había vestido con un traje completamente negro que había comprado a un mechero de la calle Franklin. Yo era el hijo de un “flaite” conocido y, al mismo tiempo, el más peligroso de la época. Mis amigos me respetaban porque yo era el más elegante del barrio Matucana.


El prefecto llamó a mi padre al patio de la casa. Le pidió que le pagara 50 mil pesos al mes si quería andar libre por las calles. Yo estaba presente. Mi padre nunca fué un jetón que se dejó coimear por los ratis de Chile. El prefecto lo amenazó y ahí quedó todo. Cuando los de investigaciones estaban por retirarse, yo corrí detrás de una pelota y choqué con uno de ellos. Mi botín del velorio fue una pistola del 38, una billetera con quince mil pesos y unas fotos de su familia en blanco y negro. Mi padre celebró mi primer robo y se me bautizó en el funeral como el “fleitechico”.


Fue un robo histórico y al mismo tiempo se convirtió en el segundo funeral de mi vida... el de mi padre. Lo mataron en la calle Maipú. Fue el prefecto... pero la prensa dijo que había sido un crimen del bajo mundo. Quedé solo con mi madre. Ella, conocida en el ambiente como copetinera de cabaret, fue molestada por investigaciones porque temían represalias. Yo seguí lanceando en el centro, en los hoteles de los señores, en las iglesias, en los cumpleaños, en el lugar que me encontrara, y lograba llegar a mi casa con más de cien mil pesos. Crecí y el prefecto me buscó en el barrio Matucana. Me había descubierto. Deseaba que le pagara cien mil pesos al mes. Le dije que no había problemas y lo cité al otro día en la tarde dentro de la quinta normal, cerca de la laguna. Llegó puntualmente. A mis quince años estaba pactando con el diablo. El prefecto era un delincuente que te sacaba la plata con la tortura. Los lanzas, le dije esa tarde, sacamos la plata sin dolor. El prefecto sonrió y me amenazó, al igual que aquella vez con mi padre.


Le propuse un pacto. Le ofrecí ciento cincuenta mil pesos al mes si me decía el nombre del asesino de mi padre. Cincuenta mil pesos más eran una fortuna. Delante de ti tienes al titán que mandó a mejor mundo a la mierda de tu papito, me dijo.


Fue la primera vez que disparé contra un agente de policía la pistola robada. Lo mandé a mejor mundo. Mi padre podía reposar en paz, porque yo lo había vengado. Nunca descubrieron mi crimen. Al detective que le había robado la pistola lo incriminaron por haberla perdido.
Al morir mi madre, atropellada a la salida de un bar de la calle San Diego, quedé solo. En esa época comencé a caer preso. Viví un par de años en la carcel pública y la “pení”, y al salir yo, con más de veinte años de edad, Allende llevaba su primer año de gobierno. Sus leyes eran severas. Muchos delincuentes deseaban matarlo al Chicho. Yo no me preocupaba de ese gallo. Mi rencor era contra las ratis. Con mi ficha de lanza no tuve vida serena. Se me conocía en todas partes. Pasaba más en cana que en mi casa. El gobierno del Chicho no me dejaba trabajar en mi profesión. En la cárcel conocí a unos locos que deseaban un régimen fuerte contra el comunismo.


Muchas veces, por no tener qué comer, me iba a la casa de uno de ellos, y ahí me daban comida. Me proponían mil atentados y asesinatos contra los ministros del Chicho. Mi padre, recuerdo, me decía que un lanza de clase debe robarles a los ricos y que nuestro arte no debe caer en trabajillos de matones o cafiches. Nunca acepté el de matón ni tampoco fui cafiche. Una noche unos militantes de Patria y Libertad me subieron a una camioneta y, en su interno, me quebraron los dedos de las manos. Nunca más pude lancear. Ahora, en la miseria, andaba destruyendo teléfonos públicos.


En el Chancho con Chaleco el guatón Sandoval me dijo que mi pega consistiría en matar a Salvador Allende. Mi apetito se me fue en la nada. La vieja Gladys me informó que, si no llevaba a cabo el trabajo, tendrían que matarme, porque el secreto era para llevárselo a la tumba. No hice comentarios. Acepté. El guatón pidió pisco y una “mina” para que me hiciera compañía. Sabía que si mataba al Chicho me mandarían igual nomás al otro mundo. La mujer que me pusieron a mi lado no era una puta, sino una fascista brasileña. Ella debía estar a mi lado hasta que yo hubiese mandado a mejor mundo a Salvador Allende.


Se me obligó a dormir en el hotel Antofagasta, ubicado en la calle del mismo nombre. Al otro día me pasó a buscar una camioneta vieja, de esas que hacen fletes a la salida de las barracas. Debíamos estacionarla enfrente del Sheraton, porque el Chicho pasaba cada día por allí.
Estacionamos la camioneta, y el chofer, un viejo momio alcohólico, me dijo que yo no debía moverme de la cacharra, pasara lo que pasara, y que el iba al centro y volvía. Me ordenó romper el radiador... así podíamos hacer creer a los del GAP que la cacharra se había ido a mejor mundo.


Estuve sentado dentro la camioneta un par de horas... incluso dormí un rato. Me despertaron los del GAP. Tuve que salir con las manos en la nuca. Al Chicho lo habían conducido por otras calles. Me llevaron a Investigaciones, y allá estuvieron interrogándome por algo de tres semanas. Nunca me habían puesto tanta corriente en el ano, en el pene y en las encías. Mi padre podía seguir tranquilo en su tumba porque no delaté a nadie. Fui puesto en libertad. El guatón Sandoval me estaba esperando a la salida del cuartel de Investigaciones. Me subieron a una liebre del recorrido Macul y me llevaron al sector de la Legua.


-Pasaste la prueba- me dijo.


Me entregó como cien mil pesos, y de la Legua me llevó a la población de Lo Valledor. Ahí entramos a un restaurante, donde nos recibió un hombre calvo y desdentado. Pasamos a una sala de su restaurante. Ahí quedé solo, y me trajeron una cena de conejo escabechado y un poco de vino. Luego de cenar, me llevaron en otro auto a la población José María Caro. Entramos a una casa rodeada de rejas de acero y cubierta con laminas de cholguán. En el interior nos recibió una mujer. Era joven, baja de estatura, y puta. Nos trajo chicha y charqui. El guatón Sandoval me paseó toda una noche por Santiago... sin decirme nada de lo que se estaba tramando.


Al alba  me llevaron a mi casa. El guatón dijo que vendría por la tarde. Llegó a las tres de la madrugada. Me sacó de mi casa y me condujo en un auto a San Antonio. Yo llevaba guantes, por causa de mis dedos quebrados por los de Patria y Libertad. Conducía en silencio. Entramos a un fundo. Habíamos avanzado unos mil metros cuando detuvo el coche. Me pidió que bajara. El guatón Sandoval había recibido la orden de matarme. Me paré al borde de una quebrada. Lo siento, fleitechico, ha cambiado el plan, me dijo. Porque mataremos a un general. Yo sentí el cañón frío de una automatica con silenciador en la nuca. Le pedí mi último deseo. El guatón tenia prisa. Ultimo deseo, me dijo... bueno, rapido... me ordenó. Giré lentamente hacia él con mi pistola en mano, y le disparé en plena frente. Días mas tarde se encontró su cadaver y el auto. La prensa le echaba la culpa a los del VOP. Yo había matado a dos hombres: a uno, por corrupto; al otro, por traicionero. El Chicho murió como un hombre, defendiendo sus ideas. Y yo, admirando su coraje, caí preso en la pení, por ser simpatizante de un hombre que me habían propuesto asesinar.


El tiempo ha pasado. Hoy no robo ni hablo del ayer... suelo ir al cementerio, visito a mi vieja y mi viejo... y de paso dejo una flor en el patio 29, en respeto a esos hombres que defendieron su dignidad como yo defendí mi vida.

 

Juan Godoy


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