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Jesucristo [Parte II]


/... [ Parte I ]

JESUCRISTO
[Parte II] 



Eugenio Aguilera D., Master of Arts en Historia


Uno de esos episodios es definitivo en su esencia: nos referimos a aquel en que Jesús expulsa del Templo a los prestamistas, usureros, comerciantes y vendedores de palomas. Según el Evangelio, Jesús, al ver esa muchedumbre de gentes dedicadas a asuntos absolutamente impropios de tan sagrado lugar, montó en cólera, derribó las mesas de los usureros y prestamistas y vendedores, y las emprendió a latigazos con ellos, expulsándolos del Templo. “¿No dice Dios en las Escrituras: mi casa será llamada casa de la oración para todas las naciones? ¡Pero vosotros la habéis convertido en refugio de ladrones!”, vociferaba Jesús.

                Bien, reflexionemos.

¿Quién está en condiciones de creer en algo parecido? Aunque fuera armado de látigo, ¿acaso podía Jesús solo llevar a cabo tan osado propósito?

                El Evangelio afirma que sí, que pudo. Incluso en su versión Marcos intenta al respecto cierta explicación no muy convincente. Dizque, “Los jefes de los sacerdotes y los doctores de la Ley, al saber esto, se preguntaron cómo podrían deshacerse de él. Porque le temían, ya que su enseñanza producía gran revuelo en el pueblo. ”

                ¿Quiénes son esos “jefes de los sacerdotes” y los “doctores de la Ley”?

                Nada menos que los miembros del Sinedrio, o Consejo principal religioso, al mando del Sumo Sacerdote, todos saduqueos, y los levitas y muchos fariseos de los más acomodados.

                Por mucho que el Evangelio insista en su versión de tal episodio, la lógica histórica suele ser bastante empecinada. Veamos.

                Descontando a la multitud de comerciantes, prestamistas y usureros, que estaban muy lejos de ser inválidos incapaces de defenderse y generalmente cada uno andaba con sus guardaespaldas, el Templo estaba protegido por una nutrida guardia romana, de aguerridos soldados armados hasta los dientes, quienes, como ya hemos visto, podían en cualquier momento hacer correr la sangre sin demasiadas consideraciones.

                Además, en el Templo velaba por el orden la guardia del Sinedrio y los levitas, quienes también solían ser decididos a la hora de mostrarse rudos.

                ¿Y toda esa fuerza iba a temerle a un hombre solo?

                No parece muy factible. Otro sería el asunto si la expulsión de los prestamistas, usureros y comerciantes hubiera sido una acción planificada de antemano por una fuerza equivalente a la que defendía el Templo. ¡Mínimo! En ese caso sí que Jesús hubiera podido lograr su cometido: digamos, si de pronto en el Templo hubieran irrumpido unos quinientos zelotes también armados hasta los dientes, hubieran neutralizado a las guardias y a los guardaespaldas, para después tirar las mesas y emprenderlas a latigazos contra los usureros, prestamistas y comerciantes.

                Visto así, ese asunto tendría mucho de parecido a los actos que durante toda la Historia de la humanidad han organizado contra los ricos los vengadores populares (los guerrilleros del siglo XX los llamaban “expropiaciones”). Pero, así como lo refiere el Evangelio, la expulsión no pasa de ser una fábula imposible o... el relato incompleto de lo que realmente ocurrió.

                Marcos termina diciendo que al día siguiente Jesús abandonó Jerusalén. O sea que los zelotes retuvieron en su poder todo un día el Templo. ¡Notable hazaña, si se toma en consideración la terrible presencia romana! Creemos que desde ese momento el nombre Nazareno empezó a ser ampliamente conocido... y perseguido.

                ¿Y si analizamos las bienaventuranzas que pronuncia Jesús en el sermón de la montaña, en la versión de Lucas?

                Incluso a través de la forzada transformación evangelista, se nota inmediatamente que son un programa de reivindicaciones sociales. “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos será el Reino de los Cielos”, dice él, según el Evangelio. Y nos alegra constatar que, por lo menos en la versión de la Biblia para Latinoamérica por fin esas palabras del Nazareno han sido traducidas y manifestadas casi como él las decía en realidad: “Felices los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Aunque estamos convencido de que el Nazareno dijo: “Bienaventurados los pobres, porque de ustedes será el Reino de los Cielos. ” O sea que el Nazareno con esas palabras expresa toda una promesa. Y recalcamos que otra vez en la Biblia para Latinoamérica ya no se habla de sermón, sino de discurso.

                Tomando en consideración que el Reino de los Cielos, como ya lo hemos recalcado, se comprendía entonces como asunto absolutamente terrenal, nos damos cuenta de que las bienaventuranzas no son un simple sermón ni menos una lista de máximas filosóficas o una invitación a compartir una nueva fe religiosa, sino todo un discurso de carácter político, donde el orador habla de cosas que les llegan al alma a sus oyentes.

                 “Bienaventurados los que pasan hambre, porque serán satisfechos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

                Pobres de los ricos... porque ya tienen su consuelo. Pobres de los ricos, que ahora están satisfechos, porque pasarán hambre... Pobres de los ricos, que ahora ríen... porque un día van a llorar... ”

                La actitud del Nazareno hacia los ricos dice bien a las claras que sus actos llevaban implícito un preciso contexto social. No le agradaban los ricos, su modo de comportarse y de pensar, la avaricia y la crueldad de ellos. Por eso, sin vacilación alguna, anuncia que para los ricos no habrá lugar en el Reino de los Cielos. “¿Cómo puedo alcanzar el Reino de los Cielos, maestro?”, le pregunta ora un fariseo acomodado, ora un rico anónimo. Y él contesta, lacónico: “Reparte cuanto posees entre los pobres, y sígueme”. Y después agrega: “Porque un camello pasará por el Ojo de la Aguja antes de que un rico, al Reino de los Cielos. ”

                Y tampoco cabe ver metáforas o alegorías en esas palabras de él. El Reino de los Cielos se encontraría en Palestina y tendría como centro Jerusalén. Y Ojo de la Aguja se denominaba la puerta más estrecha en los muros de la ciudad, puerta por la cual cabía apenas un hombre de costado. Por eso la hemos puesto con mayúsculas.

                Pero, volvamos al sermón de la montaña.

                Si uno lo lee cuidadosamente, sin demasiado esfuerzo nota que Lucas (o quizá los copiadores) parece haber mutilado las palabras del Nazareno, que se interrumpen repentinamente cuando el discurso recién empieza a adquirir fuerza. Es evidente que, después de las constataciones y definiciones acerca de los pobres y los ricos, el Nazareno tuvo que haber dicho algo más, algo sumamente importante de su programa de acción. No obstante, Lucas parece asustarse de haber citado tan directamente las palabras del Nazareno, y por lo mismo, de inmediato inserta en sus escritos el capítulo titulado “El amor a los enemigos”, que resulta ser tres veces más extenso y desmiente por completo lo dicho en el sermón de la montaña. Precisamente en ese capítulo aparecen las incongruencias de que hay que poner la otra mejilla si te golpean, de que hay que amar a quienes te odian, agradecer a quienes te torturan, rezar por aquellos que te esclavizan y dar más a quienes te roban. En otras palabras, aparece Jesucristo con sus increíbles consejos proliferadores de la resignación y la desvalidez en aras de un premio bastante impreciso allá en las alturas. El Nazareno dice que en el Reino de los Cielos (o sea en la Palestina que él desea construir, insistimos) quien sufre de hambre se saciará, quien llora, se consolará, etc.

                Jesucristo afirma que quien ame al enemigo, quien ponga la otra mejilla, quien bendiga al torturador, y etc. recibirá una recompensa grande y será hijo del Altísimo... que es bueno con los ingratos y los pecadores.

                Pero en el Evangelio hay otro episodio que causa asombro, y otra vez nos hace sospechar la verdad. Según el mismo, Jesús se encuentra en una taberna con gentes de lo más bajo que podía existir en la escala social de entonces. En lo mejor de esa singular tertulia, aparece alguien a comunicarle que afuera se encuentran la madre y los hermanos de él, de Jesús, quienes le piden que salga. La reacción del Jesús bíblico resulta un tanto extraña. Otra vez parece montar en cólera, y de modo hosco y brusco a la vez, le dice a la concurrencia: “¿Mi madre y mis hermanos? ¡Ustedes son mi madre! ¡Ustedes son mis hermanos!”

                Hay estudiosos que han visto en esta reacción ciertas divergencias existentes entre Jesús y sus familiares. Dizque, ellos no aceptaban que Jesús llevara una vida de predicador y se juntara con esa clase de gentes en tabernas y tugurios. Puede que sí. Puede que no. En el caso de que nos conformemos con la información que aporta el Evangelio. Pero precisamente el hecho de que él, tan piadoso y comprensivo en otros pasajes de las Escrituras, aquí se muestre impaciente y molesto, nos hace entender lo que está ocurriendo realmente en la taberna. Difícilmente haya alguien que, en su sano juicio, desee cambiar a su propia madre y a sus hermanos por la chusma. Sobre todo en aquellos tiempos, en que la familia ya era una verdadera unión monolítica de seres afines en la sociedad judía.

                Pero... no hay tales divergencias entre Jesús y sus familiares, siquiera por el hecho de que, después de la muerte de él, precisamente sus hermanos formarán la comuna de los nazarenos para divulgar la palabra de Jesús, lo cual, como ya lo señalamos con anterioridad, le costó la vida a Jacobo, uno de los hermanos de Jesús que fue apedreado por orden del Sumo Sacerdote en el año 62. Y a Simón, que fue crucificado en tiempos de Trajano. Lo que realmente ocurre en la taberna se adivina entre líneas: Jesús está hablando con sus correligionarios de lucha y no con la chusma. Todos ellos son zelotes que se han reunido allí para planear sus consiguientes acciones. Y desde ese punto de vista, las palabras del Nazareno resultan absolutamente comprensibles y pierden su halo de misterio.

                 “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. ”

                Es frase del Mesías, desde que se escribiera en el Nuevo Testamento, ha sido citada como una demostración evidente de que él era en realidad un hombre santo entregado por entero a la voluntad de Dios, un hombre que no se inmiscuía en asuntos políticos y mundanales. Pero...

                El problema consiste en que para el Nazareno, así como para la inmensa mayoría de los judíos de entonces, el concepto de “Dios”, además del significado originario conocido de todos, muchas veces se entendía (por extensión) como sinónimo de los conceptos de Tierra Prometida y Reino de los Cielos o Reino de Dios. O sea... como la vida misma de ellos ajustada a los preceptos del judaísmo en Palestina. Y desde ese punto de vista, la frase adquiere una importancia explosiva. Porque equivalía a decir: “Romanos, ¡idos a casa con todas vuestras marionetas, y dejadnos en paz, que esta tierra es nuestra!” O algo por el estilo, según el caso. Además, la moneda que rechaza Jesús en el momento en que pronuncia esas palabras... es romana.

                Aquí cabe recordar que entonces en Palestina tenían circulación tres clases de monedas: romanas, griegas y hebreas. La mayoría de las monedas romanas llevaban el perfil del Emperador. Y el rechazar una moneda así adquiría en aquella época todo un sentido simbólico, como lo tiene hoy el acto de quemar públicamente las banderas de los países opresores. ¡Era un crimen! Con el agravante de que el Emperador romano era oficialmente considerado un dios por sus propios paisanos. Unicamente por un gesto así, por rechazar el poder de Roma en la persona del Emperador, eran crucificados millares de esclavos. Porque desde los tiempos de la rebelión de Espartaco, cuando los serviles estuvieron a punto de destruir el Imperio, los romanos acostumbraban ahogar en sangre sin consideración ninguna hasta los más mínimos asomos de protesta o de pensamiento liberador en los pueblos sometidos.

                 “¿Quién eres?”, le preguntan durante el interrogatorio. “Dicen que eres el rey de los judíos”, lo inculpan.

                 “Tú lo has dicho”, responde él.

                Y esa respuesta tampoco tiene nada de modesta o diplomática, pues así puede responder afirmativamente sólo quien desprecia al que lo interroga.

                Pero como siguen insistiendo en que se manifieste con mayor claridad, él acaba por decir:

                -Mi Reino no es de este mundo.

                Y hemos llegado aquí a un momento crucial, a palabras que parecen ser la confirmación absoluta de que Jesús es, según su propia confesión, un enviado del Altísimo. Y hasta el autor de estas líneas a su debido tiempo creyó ver misteriosas alusiones en ellas, un “algo” que siempre se encuentra más allá y que puede ser vislumbrado únicamente desde los ámbitos de la religión o de la fantasía.

                No obstante, tomando por fondo lo que hasta aquí hemos averiguado, el verdadero significado se aclara de repente: ya en el siglo Primero los romanos se jactaban de ser los dueños del mundo. Mediante guerras de rapiña y expansión, sometían, esclavizaban o exterminaban naciones enteras, formando así un mundo a la manera romana. La “pax romana” es el destino a que son condenadas las naciones sometidas o esclavizadas, según el cual sobrevivía sólo quien aceptaba por buenos, sin protestas ni resistencia, todos los abusos y las violencias que cometía día a día el Imperio. Por eso...

                En la opinión del Nazareno, el Reino de los Cielos que él desea construir no debe encontrarse dentro de los límites... del mundo romano. Porque su Reino es de un mundo más justo, más humanitario y mejor en todos los aspectos.

                Otro detalle bastante significativo que nos convence cada vez más de que el Nazareno era un luchador por la causa nacional y social se evidencia en su comportamiento de él hacia gentes que jamás viera hasta el momento del encuentro definitivo. “Deja esas redes, y sígueme, si quieres ver el Reino de los Cielos”, le dice, más o menos, a Simón. Y éste, realmente deja las redes y... lo sigue. Después ocurre algo aún más extraño, porque de pronto al Nazareno se le antoja que Simón debe cambiar de nombre. ¡Y llamarse “Pedro”!

                Aquí inmediatamente debemos preguntarnos: ¿acaso un pescador, absolutamente concentrado en la diaria tarea de ganarse el sustento, puede dejarlo todo: trabajo, familia, planes para el futuro, etc? ¿Dejarlo todo únicamente porque por su lado pasó un predicador, uno más de la inmensa cantidad de predicadores que entonces existían en Palestina, quien prácticamente le ordenó que se marchara con él? Bueno... resulta absurdo por donde se lo mire, tanto en aquellos tiempos, cuanto en los actuales. Además, la tremenda disonancia de que Simón consintiera en que se le cambiara su nombre judío por otro formado a la manera griega o romana deviene simplemente fantasía indiscutible. Por mucho que después, con sus fábulas hermosas pero irreales, la Iglesia explicara esa disonancia argumentando, por boca de Jesús, que precisamente Simón-Pedro sería la primera piedra del futuro templo de Dios. ¿Acaso los estudiosos del Nuevo Testamento nunca se preguntaron nada acerca del papel que en el siglo I de n. e. desempeñaba la familia en la vida de los judíos y hebreos en general? ¡Ningún hebreo de entonces, sobre todo un judío o un galileo, hubiera permitido que le cambiaran fácilmente de nombre! El apego que los hebreos sentían por sus familiares, por la comuna que integraban y por el nombre que de los mismos habían recibido podía ser echado al olvido sólo por una razón muy seria. No obstante, Simón-Pedro, después de las primeras palabras del Nazareno, no sólo lo sigue de corazón, sino también permite que se efectúe ese cambio de nombres. Y empieza a llevar un nombre greco-romano, ese mismo Simón que, ya en calidad de Pedro, en una de sus epístolas discute con otros apóstoles, porque, según él, la Buena Nueva es asunto absolutamente hebreo y no tiene que ser extendida “A LOS PERROS”. Y por muy alegórico que la Iglesia haya considerado ese calificativo de “perros”, tanto en boca de Jesús, cuanto de Pedro, en la verdad al respecto no hubo alegorías: Jesús, Simón-Pedro, los demás apóstoles y prácticamente todos los judíos de entonces llamaban “perros” a los pueblos no hebreos, sobre todo, a griegos y romanos. Y les asistía la razón, pues ya bastante habían sufrido por causa de esos invasores.

                Toda esa situación, es decir, la repentina militancia de Simón-Pedro junto a Jesús y el cambio de nombre, podía ser factible sólo en el caso de que Simón hubiera sido reclutado para una labor que debía ser secreta y clandestina a toda costa, cuando los miembros de la organización clandestina se preocupaban por asegurar al máximo sus actividades. En la historia de la humanidad los ejemplos de una conducta así han sido muy numerosos. Y en este sentido, los zelotes no fueron una excepción.

                Sin quererlo, los autores del Nuevo Testamento reconocen que el Nazareno realizaba una actividad clandestina tan bien llevada, que ninguno de sus enemigos lo conocía. Y lo hacen cuando nos refieren el episodio de cómo fue apresado Jesús, al hablarnos del traidor Judas Iscariote. Dizque, aquél a quien yo bese, ése es Jesús. ¡Los romanos y el Sinedrio necesitaron de un delator para localizarlo! El resto, piénselo y dedúzcalo el lector.

                Hay algo más que debemos analizar. Y ese algo es la extraña actitud que los evangelistas muestran hacia el poder romano en la persona de Poncio Pilato. No hay que ser un magnífico observador para comprobar que dicha actitud deviene absolutamente positiva. Una vez que el Nazareno cae prisionero, todo lo que ocurre a continuación es responsabilidad exclusiva de los “malignos” judíos, pues el “pobre” Poncio hace lo posible y casi lo imposible por salvar a quien él considera un justo. Después de repetidos intentos (extraños intentos) de hacer cambiar de opinión a los representantes del Sinedrio que exigen que Jesús sea crucificado, Pilato cede a la presión de las autoridades locales, y consiente en que la crucifixión se ejecute. Pero... para dejar en claro su completo desacuerdo con tal barbaridad, Pilato pide una jofaina de agua y simbólicamente se lava las manos, a la vez que dice: “No soy culpable de la muerte de este justo. Caiga sobre vosotros su sangre”.

                ¡Impresiona, que duda cabe! Pero... reflexionemos.

                ¿Quién cree en imposibles? Nosotros, no.

                En primer lugar, porque ningún judío en su sano juicio le hubiera exigido a un procurador romano que crucificara a otro judío. Resultaba peligroso por varias razones. En primer lugar, la crucifixión era una pena exclusivamente romana en ese tiempo, y aunque en el transcurso de la Historia muchos otros pueblos antiguos la habían empleado, en el siglo I de la Era Cristiana tal método para ejecutar a los criminales devenía prerrogativa exclusiva de las autoridades romanas y se aplicaba por delitos cometidos contra el Imperio. ¡Sólo los romanos podían crucificar y muy caro podía costarle a una autoridad local, no romana, el empleo de ese castigo! Eso, por una parte. Por la otra, la pena que estaba en el derecho de dictar el Sinedrio contra cualquier criminal era la del apedreamiento, que ese castigo sí era judío típico. Seamos insistentes, y recordemos que años después, Jacobo, el propio hermano de Jesús, fue ejecutado de ese modo por orden del Sumo Sacerdote Ananías, y éste para ese asunto no pidió autorización romana. Pretender que los judíos hubieran podido exigirle la crucifixión de Jesús a Pilato... mínimo, resulta dudoso. El procurador era un militarote romano sumamente ligero de genio y engreído, quien jamás hubiera aceptado imposición alguna de parte de quienes él consideraba esclavos del Imperio. Los romanos poco a poco se habían apoderado de Palestina, deseaban convertirla definitivamente en colonia, y para ello cualquier pretexto podía ser válido. Ese Pilato bondadoso y comprensivo que nos muestra el Evangelio no pasa de ser una invención de los evangelistas, quienes a finales del siglo I y durante todo el siglo II de n. e. hacen lo posible y lo imposible por mostrar su incondicional adhesión... al poder romano, del cual dependía en ese tiempo la existencia misma del cristianismo. Mostrar al Pilato verdadero, sanguinario y violento... no convenía. Como tampoco convenía anunciar que la crucifixión del Nazareno había sido acto puramente romano.

                En cuanto se refiere al lavado de manos que efectúa Pilato para demostrar que él se desprende de toda responsabilidad por la muerte de Jesús... sólo puede causarnos una sonrisa. Porque ese lavado de manos en realidad era una tradición típica... judía o hebrea, que un romano nunca hubiera observado, menos aún el procurador, quien jamás se hubiera justificado de ningún modo por la muerte de un judío más, que eso era el Nazareno para Pilato. Por insignificancias, los romanos crucificaban judíos a millares. Y de pronto... Pilato dizque se lava las manos como un judío cualquiera porque no quiere crucificar a uno solo. Desea ponerlo en libertad, y cuando no puede hacerlo... ordena que se le dé de latigazos y se lo torture. ¡Absurdo! Hasta tal punto el Evangelio tergiversa la real imagen histórica de Poncio Pilato, que completamente en serio a su debido tiempo hubo quienes exigían del Papa la canonización del procurador romano y de la mujer de éste. Claro, el Papa se negó. No obstante, hasta hoy en el santoral copto y etíope figuran San Poncio Pilato y Santa Claudia Proscula, aunque no está demostrado que la mujer de Pilato se llamara precisamente así.

                Descontando que el Sinedrio estuviera o no de acuerdo con la crucifixión (¿y qué más iba a hacer Caifás, si dependía absolutamente de Pilato?), afirmamos que el asunto en sí fue iniciado, desarrollado y realizado por voluntad y por mano de los romanos. Y ocurrió de modo mucho más “sencillo”, si esa palabra sirve para tal efecto. Simplemente los romanos capturaron a un rebelde y conspirador judío, a Jesús Nazareno, lo torturaron para obligarlo a delatar a sus cómplices (o “apóstoles), y cuando éste no confesó... lo crucificaron.

                Y por si aún restan dudas acerca de lo que aquí afirmamos, recordemos que cuando el Nazareno trata de incentivar a sus paisanos para que comiencen la lucha contra el invasor y contra los gobernantes marionetas, dice abiertamente, sin metáforas ni parábolas: “No os he traído la paz, sino la espada”. Y eso ya deviene un llamado directo a la rebelión y por mucho menos otros habían perdido la vida. Entre ellos, Juan Bautista, que como el Nuevo Testamento mismo afirma... era primo del Mesías.

                Y ya que nos hemos acordado de Juan, asesinado por orden del rey Herodes, no está de más que señalemos la siguiente “coincidencia”: Juan Bautista-Jesús Nazareno-Jacobo nazareno-Simón nazareno-Pedro-Pablo, etc. todos ellos mueren de muerte violenta. Juan es decapitado. El Nazareno, Simón, Pedro, Pablo y otros apóstoles son crucificados, Jacobo es apedreado. Y todos ellos perecieron... porque se atrevieron a enfrentarse a los invasores y a los opresores de los judíos. La mayoría procedía de Galilea y cuatro de ellos, los principales, eran nazarenos y estaban ligados por lazos familiares.

                ¿Cuánto duró la lucha y el trabajo clandestino que realizó el Nazareno? Es difícil calcularlo ahora, aunque hay quien afirma que pudo ser de unos tres años.

                Otro asunto que queda aún por analizar es, de todos modos, la extensión del concepto “Reino de los Cielos” hacia las alturas, o sea, hacia los ámbitos divinos. Cabe recalcar al respecto que en los tiempos de Jesús, en la ideología religiosa, aparece de pronto el tema de la resurrección como un misterio que nunca antes había tenido demasiada aceptación entre los judíos. Jesucristo en el Evangelio hace resucitar los muertos, promete vida eterna y la resurrección de justos y pecadores en el día del Juicio Final. Creemos que la resurrección... pudo ser idea del Nazareno, o sea de quien combatía por la liberación de Palestina. Tomando en consideración lo que muchos pueblos y naciones han argumentado cuando sus defensores tienen que marchar a la muerte, nada tiene de extraño que el tema de la Resurrección apareciera también entre los judíos de comienzos de la Era Cristiana. La Resurrección es el recurso que utiliza Jesús Nazareno para consolar a quienes deberán perecer en la lucha: un día ellos resucitarán y verán por sus propios ojos el Reino de los Cielos que él construirá.

                Muchos otros argumentos hemos dejado de reserva, porque consideramos que lo dicho ya es suficiente: el héroe nacional judío, el Jesús Nazareno, con el tiempo, con los sacrificios, las fantasías y las esperanzas más caras de los pequeños, en una época de tragedias y sufrimientos infinitos, llegó a convertirse en Jesucristo, el Hijo de Dios Padre Todopoderoso. Y como evolucionaron la imagen y la palabra de él, se transformaron también el concepto de Reino de los Cielos, la imagen de Pilato y los romanos; y hasta la cruz, ese horrible instrumento de tortura, que se convirtió en el símbolo supremo de la fe y el Bien. ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

                Crucificaron al Nazareno el día catorce del mes primaveral de Nisán, después de haberlo torturado y vejado bestialmente. Dicen que era débil porque duró vivo en la cruz apenas unas cuatro o cinco horas, cuando otros condenados solían durar días enteros. ¡No es verdad! Jesús Nazareno fue uno de los combatientes más fuertes e íntegros por la liberación nacional, contra la esclavitud. Simplemente las feroces torturas a que lo sometieron en esa feroz época minaron sus fuerzas, hasta el extremo de hacerlo llegar semimuerto al Gólgota. Y de todos modos, poco antes de expirar en la cruz, aún tuvo fuerzas suficientes para alzar la voz y hacer el único pedido personal que se atrevió a manifestar en toda su vida: le rogó a Juan, su camarada de armas y pupilo, que se ocupara de la madre de él, de Jesús Nazareno, que la protegiera como a su propia madre y que no la dejara abandonada a las crueldades, vejaciones y humillaciones del mundo romano. La fantasía, la desesperación, la impotencia y el dolor de sus paisanos, de todos los más humillados y desposeídos en el mundo entero, lo resucitarían luego... hasta convertirlo en Jesucristo por los siglos de los siglos. ¡Gloria a Dios en las alturas!

                ¡Haya paz y sed siempre buenos!



/... [ Parte I ] 




Fecha: 2012-01-10

Por: Eugenio Aguilera D., Master of Arts en Historia

Fotos: Lionel Plaza, Edición y Compilación Gráfica

Idiomas: Russian language

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Eugenio
[12 enero 2012] - Jueves
Gracias por tu opinión, Andres. Precisamente así quisiera yo que vieran mi trabajo los lectores. Eugenio.

Andres Saez
[12 enero 2012] - Jueves
Eugenio, Mi opinion es positiva, me gusta lo escrito y descrito, la parte religiosa queda sin duda afuera para no herir sentimientos, porque yo razono con mis conocimientos de caracter cientificos, no niego que Jesucristo haya existido ni nada por el estilo, simplemente, la ciencia no puede dar credito que una mujer pueda parir sin la presencia del hombre sobre todo en esos tiempos que me imagino no habia inseminacion artificial, etc.
Lo que siempre pasa es que en la historia del hombre, se ha desmostrado que el ser humano necesita de algo o alguien a quien aferrarse, ya sea por la miseria, la injusticia, y no tiene mas a quien recurrir que a ese dios supremo inventado para estos menesteres. Esa es mi opinion a grosso modo, solo que me gusta el articulo y lo considero muy positivo. ATTE Andres Saez desde Estocolmo

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