Ciencias, Investigaciones, Ensayos...: Jesucristo
JESUCRISTO
Eugenio Aguilera D., Master of Arts en Historia
Largo rato la página en que deberían figurar estas líneas estuvo en blanco, como ocurre siempre que uno quiere exponer asuntos imprecisos y paradójicamente... le sobra la información. Jesucristo deviene una de las personalidades más misteriosas y discutidas de los dos mil años últimos. Y no es para menos. Pues, en el caso de que empecemos a hablar de él como del dios hecho hombre, o del hombre que llegó a ser dios... no nos queda otra solución que la de arrojarnos de hinojos a adorarlo, o sencillamente apartarnos de un asunto tan delicado para no meternos en camisas de once varas ante los creyentes, muchas veces demasiados fervorosos en sus manifestaciones de fe. Por eso, aquí intentaremos exponer imparciales reflexiones acerca de Jesucristo, haciendo la salvedad de que no pretendemos repetir ni rechazar las ideas y los datos contenidos en el Evangelio, para los cristianos, la única fuente fidedigna de información sobre la vida y la obra de él. Pero tampoco estamos dispuestos a creer o rechazar a pie juntillas lo que allí se afirma. Si fuera necesario, contemplaremos el Evangelio como un documento más, hacia el cual deben ser aplicados al máximo la objetividad y el rigor de la investigación histórica.
En primer lugar, nos haremos una pregunta clave:
¿Existió Jesucristo?
Y desde este momento, nos sentimos acometidos por una vorágine de encontrados detalles, que tratan de hacerse oir sin consideración alguna hacia quien pretende exponer sus ideas en un orden más o menos comprensible.
¡Sí, existió!, decidimos. Y se nos vienen a la mente montones de ideas que demuestran lo contrario.
¡No existió!, nos atrevemos a decir. Y las ideas que se oponen a esa afirmación resultan tan numerosas como las que la confirman.
Por eso, para ganar tiempo y hasta cierto punto detener el alud, empecemos por lo que siempre se debe empezar en la exposición de toda historia, y ocupémosnos de reconstruir, en la medida de lo posible, el escenario en que deberá desarrollarse la acción. Nada mejor para hacerlo que presentar un panorama histórico-social de la Palestina de comienzos de la Era Cristiana (o Nuestra Era, n. e. como la llamaremos en adelante), un panorama breve, quizá esquemático, pero absolutamente real e imprescindible. Hélo aquí:
Palestina a comienzos de la Era Cristiana
Leyendo el Nuevo Testamento, uno de pronto se sorprende ante una idea extraña: a juzgar por lo que allí se dice, por el estilo en que se expone el relato, se crea le impresión de que en esa época (siglos I y II de n. e), fuera de los acontecimientos que nos refiere el Evangelio, nada más ocurría en Palestina y en el mundo entero. Es como si nos trasladáramos a una especie de polígono histórico, a cierto mundo ideal, casi idílico, donde Jesucristo desarrolla su actividad sin demasiadas peripecias... hasta el momento en que lo apresan y lo crucifican exclusivamente como un último requisito imprescindible para que él cumpla su misión de difundir la Buena Nueva. Piadoso, misterioso, idílico, extraordinario e... irreal resulta de ese modo Jesucristo.
Sin embargo, aquella época nada tuvo de misteriosa, piadosa, idílica o irreal para los judíos de Palestina. ¡Y claro que pasaban muchas más cosas que las que nos cuenta el Evangelio! Era un tiempo terrible, trágico y cruel, en que los judíos perecían crucificados por millares. Víctimas y más víctimas inocentes cobraba la opresión instaurada por las autoridades romanas. Palestina era territorio ocupado por las tropas del Imperio, y los procuradores romanos que, de hecho, ejercían el poder absoluto, siempre estaban más ocupados en enriquecerse personalmente que en hacer cosa alguna favorable para las gentes que gobernaban. El status de protectorado romano que ostentaba Palestina, no pasaba de ser una ficción, simple casuística política para ocultar de algún modo lo que el país era en realidad: una colonia romana, sin derechos ni libertades de ningún género. Por lo mismo, las autoridades romanas siempre estaban dispuestas a actuar con inusitada brutalidad ante la más mínima circunstancia que les pareciera sospechosa o incomprensible.
Existen también las autoridades locales, exclusivamente hebreas, en la persona de reyes y sacerdotes, quienes someten a su pueblo a un arbitrio tan arduo como el que han impuesto los invasores extranjeros. También velan por su personal interés, no son más que marionetas en manos del invasor, dispuestas en sus cargos a venderse al mejor postor, pero el descaro, la violencia y el terror son sus instrumentos preferidos en las relaciones con sus propios paisanos.
Además, Palestina no es un país monolítico desde el punto de vista de su población, en la cual se observa una inmensa diversidad étnica, política religiosa y social. En estrecho contacto, no siempre pacífico, conviven diversos pueblos, religiones, corrientes políticas y fuerzas sociales.
A la muerte del rey Herodes el Grande, el reino fue dividido por los romanos en cuatro provincias llamadas Tetrarquías, que eran gobernadas por los tetrarcas, o descendientes y familiares directos del rey fallecido. A partir del año 6 de n. e. el procurador designado por el emperador romano se convierte en el gobernante real de Samaria y Judea.
Como resultado histórico de la presencia de quienes otrora fueran los primeros invasores extranjeros de Palestina, o sea de los griegos, a lo largo de las principales rutas comerciales se alzan ciudades helénicas, que forman una federación llamada la Decápolis (o sea, federación de diez ciudades). En el interior de cada una de esas ciudades, existe un pequeño ghetto hebreo. Esas urbes eran absolutamente independientes del tetrarca, aunque se sometían al emperador romano y se gobernaban sobre las bases de la democracia griega. En todas partes se oía hablar el griego, y es muy probable que Jesucristo supiera ese idioma. Incluso la propia Judea, que era la fortaleza del judaísmo y del idioma arameo, no pudo resistirse a la avallasadora influencia cultural griega, y más adelante presentaremos datos concretos al respecto.
La situación en Palestina devenía crítica: a cada momento, en las ciudades helénicas estallaban pogroms contra los judíos; éstos, a su vez, se valían de la más mínima ocasión para cobrar sangrienta venganza do quiera que fuera.
Por su parte, los samaritanos hacían de las suyas en su territorio, pues robaban, asaltaban y a veces incluso asesinaban a los peregrinos judíos que se dirigían de Galilea a Jerusalén, peregrinos que, para ese efecto, se veían obligados a pasar por territorio de Samaria.
En lo social, el país estaba dividido en sectas y grupos antagónicos. La secta más poderosa e influyente era la de los saduqueos(o saduceos), formada principalmente por sacerdotes de Yavé salidos de entre los hebreos más ricos. Y hasta tal punto era apabullador el dominio que ejercían los saduqueos que en Jerusalén, una ciudad con apenas 120 mil habitantes, había 20 mil sacerdotes de Yavé, sin contar a los levitas, quienes por tradición eran los encargados de mantener el Templo de Salomón.
La otra secta influyente en Judea era la de los fariseos, celosos adeptos de la antigua religión de Yavé, fanáticos cumplidores de las Escrituras, salidos de lo más nutrido del movimiento popular (en una proyección social, claro, absolutamente arbitraria, podría comparárseles con la clase media de hoy). Los fariseos creían fervorosamente en que el Mesías, o el Salvador anunciado por los antiguos profetas, algún día habría de venir a liberar del yugo romano al pueblo hebreo. En su fervor mesiánico, se sometían a riguroso ayuno, oraban días enteros, predicaban anunciando que cada vez más se acercaba el día del Juicio Final, cuando Yavé vendría a juzgar a justos y pecadores. Influidos por toda suerte de iluminados, predicadores y charlatanes, eran capaces de ponerse en camino por millares, para dirigirse al desierto o a los lugares santos a escuchar prédicas, predicar o ayunar, y la agitación que provocaban do quiera que aparecían era considerada desorden por las autoridades. Por eso, no eran Yavé ni el Mesías quienes los esperaban al final de su ruta, sino la soldadesca romana, que los apaleaba y asesinaba despiadadamente, sin hacer diferencia alguna entre justos y pecadores.
José Flavio, historiador y cronista de origen judío, cuenta que un día en Jerusalén de una sola vez fueron crucificados dos mil judíos que, dizque, atentaban contra el orden establecido. Es decir... que se pusieron a predicar, o a escuchar prédicas mesiánicas.
Tomando en consideración todo ese estado de cosas, resulta completamente lógico que en respuesta a la violencia de las autoridades de toda índole, se formaran, principalmente en Judea, organizaciones secretas de resistencia al invasor y a los opresores, las cuales recurrían al terror individual para cobrarse venganza por el arbitrio y la crueldad de los poderosos. Dos de esas organizaciones llegaron a ser ampliamente conocidas, y representaron el movimiento de liberación nacional hebreo. Nos referimos a los sicarios (o apuñaleadores) y a los zelotes, quienes practicando el terror individual, asesinaban a funcionarios romanos, a soldados, a funcionarios hebreos y hasta a sacerdotes de Yavé vendidos al invasor. Creían que de ese modo algún día conseguirían liberar Palestina.
Aquí ya podemos dar por finiquitado el panorama histórico-social de Palestina de comienzos de n. e, de esa época que el Evangelio nos representa casi como un patriarcal idilio. Por lo mismo, ya es hora de recordar la pregunta que nos habíamos hecho al comienzo de estas líneas: ¿Existió Jesucristo? E inmediatamente nos vemos obligados a redactar y corregir esa pregunta, comunicándole el único sentido que realmente puede hacerla válida, y que nos dará tema para el siguiente apartado de este escrito:
¿Existió el Jesucristo histórico, y fue ese Jesucristo como el que nos muestran las Escrituras?
Bueno, hoy es fácil hacerse ese tipo de preguntas. Pero apenas unos 150 ó 200 años atrás, o sea a comienzos y en la primera mitad del siglo XIX, tamaña osadía le hubiera costado cara a cualquiera. Sin hablar ya de lo que ello hubiera significado en la Edad Media, cuando por la más mínima insinuación extraña en cualquier ámbito del saber humano los estudiosos podían ser acusados de herejía y enviados a la hoguera. La Inquisición (o sea, la policía de la Iglesia) no se andaba con remilgos cuando había que defender los preceptos y las bases de la fe. ¿Cómo, en esas condiciones, buscar al Jesucristo histórico, al hombre en torno a cuyo nombre se formaría una de las más poderosas religiones del planeta? La Inquisición no lo permitía. E incluso hoy no lo hubiera permitido, si los seres humanos, mediante enormes sacrificios, a su debido tiempo no hubieran separado entre sí el poder laico y el poder religioso.
Para intentar una respuesta convincente a la pregunta que hemos hecho, averigüemos, en primer lugar, qué sabían de Jesucristo sus contemporáneos, tanto romanos cuanto hebreos; más aún del momento que la propia Iglesia suele citar lo que en su época dijeran los autores no cristianos respecto al Mesías, viendo en las palabras de tales autores una confirmación indudable de la autenticidad histórica de él. Lógico, ¿qué mejor método que el de citar a esos autores cuya imparcialidad, al decir de la Iglesia, deviene absurdo poner en dudas? Es evidente que no podemos calificar de pro-cristianas a personalidades romanas tales como Tácito, Plinio el Joven y Suetonio, tres autores que se diferenciaban mucho de los primeros adeptos de Cristo. A diferencia de los cristianos, que en su inmensa mayoría pertenecían a la plebe y procedían de los barrios más pobres de Roma, Tácito, Plinio el Joven y Suetonio eran típicos patricios o sea, personajes acomodados y de elevada cultura, cuyas ideas y modo de vida aristocráticos distaban mucho de ser las ideas o el modo de vida del vulgo y la plebe. Más aún, los tres despreciaban a los plebeyos y todo lo que éstos podían significar. Por lo tanto, depreciaban el cristianismo. De ahí, ¿qué mejor testimonio que la palabra de esas personalidades para demostrar la autenticidad histórica de Jesucristo? Por paradójico que parezca, en una retrospectiva histórica, muchas veces el testimonio del enemigo suele ser sumamente valioso y exacto. Y quizá éste sea el caso. ¡Quizá!
Comencemos por ver lo que nos dice Tácito (n. en el año 55 y m. en el 120, aproximadamente), uno de los más grandes escritores e historiadores de la Roma Antigua, un patricio que incluso llegó a desempeñar las funciones de cónsul romano.
Por allá en el año 116, Tácito publicó su obra cumbre, con el título de “Anales”, importante compilación de textos sobre la vida y la historia de Roma. El libro 15 de los “Anales” contiene la descripción del incendio que estalló en Roma en el año 64, el cual estuvo a punto de exterminar por completo la ciudad. En esa época gobernaba el emperador Nerón, a quien sus contemporáneos culparon del incendio. Dizque el propio emperador había ordenado incendiar la ciudad, porque soñaba con construir otra, a su entender mejor y más hermosa. Nerón se decía poeta y artista, aunque en realidad no era más que un demente. En sus afanes por desviar las sospechas, inmediatamente culpó del incendio... a los cristianos. Y con toda la convicción de la locura, se dio a la tarea de castigarlos. En el capítulo 44 de los “Anales”, leemos:
“Para acallar los rumores, Nerón inculpó y sometió a los más crueles castigos a aquellos a quienes el vulgo odiaba por sus vergonzosas costumbres, y llamaba cristianos. El origen de ese nombre procede de Cristo (un judío, E. A) que existió en tiempos del emperador Tiberio y que fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato; aplastada por un tiempo, esa funesta superstición estalló de nuevo no sólo en Judea, donde se originó ese mal, sino también en la capital, hacia la cual desde todos lados fluye, y en la cual encuentra partidarios, toda bazofia y toda porquería. Primero apresaron a aquellos que practicaban públicamente esa creencia; después -sobre la base de sus confesiones-, a muchísimos otros, y los inculparon no tanto por el incendio cuanto por odiar al género humano. Los ejecutaron de modo vergonzoso: los vestían en cueros de animales salvajes y los echaban a los perros para que estos los devoraran; los crucificaban, y por las noches los quemaban en lugar de antorchas. Nerón para eso facilitó su propio parque, y además, organizó espectáculos en el circo, donde él mismo, disfrazado de cochero, se confundía con la multitud o se alzaba sobre la misma en su carro de combate. Como resultado, aunque esas gentes eran culpables y se merecían su castigo, acabaron por provocar compasión, pues no perecían por el bien del Imperio, sino por la crueldad de un solo hombre. ”
¡Terrible testimonio, qué duda cabe! ¡Terrible testimonio de tiempos aún más terribles!
No obstante... el fragmento que acabamos de citar nos informa más bien que en la Roma del siglo I existían los cristianos, y no nos aporta demasiados datos acerca de la persona de Cristo, fuera de lo que ya sabemos por el Evangelio.
Una de las dificultades principales que debe enfrentar el investigador cuando trata de interpretar los textos antiguos consiste en que los mismos, la mayoría de las veces, no llegaron a nosotros en su forma originaria, sino en copias manuscritas, no siempre fieles al original. El copiador, sin escrúpulos de ninguna clase, podía insertar e insertaba en el texto sus propias opiniones, ideas y datos, falsificando así el contenido original. No parece ser este el caso. Este fragmento de Tácito, expuesto en un estilo escueto y convincente, no se nos antoja una falsificación, siquiera porque en el mismo Tácito no oculta para nada su desprecio hacia los cristianos. No obstante, los estudiosos abrigan serias dudas respecto a que el propio Tácito haya sido testigo presencial de lo que cuenta. Por el motivo siguiente: resulta que la palabra “cristo” no siempre fue nombre y no siempre tuvo el significado solemne que adquirió con los siglos. En griego, “cristo” es el equivalente del concepto hebreo de “mesías”, y por ahí todavía no habría necesidad de preocuparse mucho. Las primeras preocupaciones serias surgen cuando averiguamos que en el siglo I de n. e. no había CRISTIANOS. Es decir, sí había seguidores de las ideas de Jesucristo, pero éstos se denominaban de cualquier modo, menos “cristianos”.
He aquí una pequeña lista de cómo llegaron a llamarse los adeptos de Jesucristo. Ellos fueron: “santos”, “hermanos”, “elegidos”, “hijos de la luz”, “discípulos”, “pobres”, y mucho más seguido, “NAZARENOS”.
La denominación de “cristianos” surgió sólo en el siglo II en Antioquía, y ocurrió esto de modo bastante singular. Resulta que el segundo significado de la palabra griega “cristo” es simplemente el de “untado” o “embadurnado”, o sea, de alguien cubierto de ungüentos o cremas, a la sazón los recursos más extendidos como cosméticos. ¡En esa época había ungüentos para todo! Como cosméticos, remedios, maquillaje... Precisamente los ungüentos eran entonces el equivalente de las cremas, los perfumes y otros menjunjes de hoy. Y claro, para los habitantes de Antioquía, que en la Antigüedad se caracterizaban por su sentido del humor, el significado de cristo como “mesías” quedó desplazado en menos de lo que se demora en contarlo, y ya en el siglo II de n. e. “cristo” empezó a entenderse como “embadurnado”. Y así comenzaron a llamar a los seguidores de Jesucristo en Antioquía. Es decir, “cristianos”. A los antioquíes el mote les causaba risa, porque sería como llamar hoy “pelucón”, “engominado”, “encremado”, etc. a un predicador que pretendiera solemnemente endosarnos sus enseñanzas.
Ahora, bien, Tácito escribe sus “Anales” en el año 116 de n. e. y llama “cristianos” a las víctimas que cobró Nerón después del incendio de Roma del 64, cuando los cristianos todavía no existían. Tal eventualidad sólo puede tener una explicación: este testimonio procede de segunda mano. Es decir, es muy probable que a comienzos del s. II de n. e. Tácito lo haya escrito basándose en los relatos que los propios cristianos le confiaron sobre lo que les había pasado a ellos y a sus familiares después del incendio. Quizá haya otras variantes de explicación. Lo que sí parece estar bastante claro es que, siendo autor de lo que escribe, Tácito no fue testigo presencial de lo que cuenta. Por eso, no nos resulta tan valioso su testimonio a la hora de establecer la autenticidad histórica de Jesucristo. Pues cabe imaginar que los cristianos que, a comienzos del s. II de n. e. le relataron las penurias sufridas por ellos después del incendio del 64, esos mismos cristianos, repetimos, le contaron también que su fe procedía de la palabra y la obra de un judío que había predicado y había sido crucificado en Palestina durante el poder de Poncio Pilato. En cuanto se refiere al mote de “cristianos” o embadurnados, cabe imaginar que con el tiempo los adeptos de Jesucristo llegaron a aceptarlo como fundamental, hasta que perdió su carácter jocoso, convirtiéndose en lo que hoy es: la denominación de los adeptos de una de las más poderosas religiones del planeta.
Pero, en tal caso, ¿dónde buscar al Jesucristo histórico, al personaje de carne y huesos que un día anduvo por este mundo?
Veamos qué podemos obtener de otros autores romanos.
El segundo autor que mencionamos al comienzo fue Plinio el Joven, un patricio nacido en el año 52 y fallecido aproximadamente en el año 114. Su importancia para la Historia de Roma procede de sus Epístolas o Informes que, como encargado de los asuntos de Roma en Bitinia y El Ponto en los años 111-113 de n. e. enviaba al emperador Trajano. Hasta hoy se conservan nueve tomos de esa correspondencia. Claro, Plinio estaba bien enterado de lo que ocurría en los territorios bajo su vigilancia. En uno de esos informes podemos leer lo que escribe acerca de los seguidores de Cristo:
“Esta creencia se está difundiendo en todas partes, no sólo en las ciudades y aldeas, sino en todo el país. Los templos se quedan vacíos, porque la gente desde hace mucho ya que no rinde sus sacrificios.”
Y luego:
“Ellos han adquirido la costumbre de reunirse en determinados días antes de la salida del sol, para rezarle a Cristo como a un dios”.
Lógico, la divulgación que estaba adquiriendo el cristianismo obligatoriamente tenía que preocupar a los funcionarios romanos, y por lo mismo, no existe razón alguna para poner en dudas la autenticidad de este testimonio de Plinio el Joven. No obstante, otra vez el Jesucristo histórico se escapa a nuestra vista, y lo único que se desprende del testimonio de Plinio consiste en que el cristianismo como religión en ese tiempo se estaba propagando de modo incontenible.
El tercer escritor y hombre público romano que nos aporta ciertos datos es Suetonio, quien en el año 121 creó su obra “La Vida de Doce Césares”, o descripción biográfica de doce emperadores romanos, en la cual hay dos notas breves acerca del cristianismo. En el capítulo dedicado al emperador Claudio, nos dice:
“El (el emperador) expulsó de Roma a los hebreos, porque éstos cometían permanente desmanes, inspirados por un tal Crestos”.
Y en el capítulo acerca de Nerón, nos dice:
“Castigaron con torturas a los cristianos, adeptos de una nueva superstición criminal”.
Tampoco en este caso los estudiosos dudan de que ambas notas son auténticas y que pertenecen a Suetonio, con la salvedad de que la segunda fue inspirada por Tácito, de quien Suetonio era amigo cercano. En cuanto a la primera nota... la misma nos desconcierta hasta cierto punto. ¿Es posible que ese Crestos de Suetonio sea Cristo, que para entonces ya tenía que haber perecido crucificado?
Claro, hay estudiosos que aseveran que en aquellos tiempos el nombre de Cristo era muy habitual entre los cristianos. De modo que otra vez, este último historiador romano que algo escribió acerca del cristianismo quizá no esté hablando en realidad de Cristo.
Y esos son todos los testimonios que nos presentan los escritores e historiadores romanos acerca de Jesucristo; y en esos testimonios se basa hasta hoy la Iglesia para confirmar la autenticidad histórica del Hijo de Hombre.
Cabe recalcar, además, que ninguno de tales testimonios fueron emitidos o consignados en el lugar de los hechos, en Palestina, sino en Roma y otras regiones del Imperio, y más de ochenta años después de haber sido crucificado Jesucristo.
Tomando en consideración esa escasez de datos entre los romanos, sería lógico suponer que, ya que Jesucristo fue tan importante para su época, los propios hebreos tendrían que haber dejado algún escrito acerca de su persona. No obstante, en este caso nos vemos en serios aprietos para encontrar siquiera el más mínimo indicio al respecto. Por la parte romana, no existe acta alguna de los interrogatorios a que fue sometido Jesucristo ante el procurador Poncio Pilato; y tampoco por la parte hebrea podemos encontrar nada que confirme que alguna vez alguien llamado Jesús Nazareno, Jesús de Galilea, etc. haya comparecido ante el Sumo Sacerdote, o sea, ante Caifás. Claro, así ocurre, si no nos dirigimos al Evangelio, que es lo que quisimos evitar desde el comienzo mismo de estas líneas. Quizá la disculpa que da la Iglesia ante esa ausencia de documentos históricos acerca de la vida y la muerte de Jesucristo tenga un fundamento real. Dizque, desde los tiempos de Jesucristo en Palestina se produjeron tantas guerras y devastaciones, que dichos documentos simplemente tuvieron que haber perecido en las mismas. Puede que sí. Puede que no. En todo caso, cabe señalar que incluso una cita de lo que dijera el historiador judío José Flavio acerca de Jesucristo, al final resultó ser sólo una falsificación insertada sin ton ni son en las obras de esa personalidad de la Historia judía. Y por falsa, hemos creído innecesario exponerla aquí. Digamos sólo que esa cita era la única fuente hebrea no cristiana que durante siglos la Iglesia estuvo señalando para demostrar la autenticidad histórica de Jesucristo.
¿Dónde buscar entonces al Jesucristo histórico?
Y al final resulta que lo que hasta aquí habíamos tratado de evitar se convierte en una necesidad, y no nos queda otro remedio que recurrir al estudio del Evangelio, o mejor dicho, de los Evangelios, donde Jesucristo deviene, como es lógico, la figura central. Para ese efecto, no adoptaremos actitudes de creyentes ni de ateos, sino simplemente trataremos de señalar ciertas particularidades de esos libros sagrados, cotejándolos con la realidad histórica, con la época en sí, particularidades que hasta ahora no han sido demasiado conocidas, sobre todo entre los fieles.
Para empezar, hagámosnos una pregunta clave:
¿Cuándo y cómo fueron creados los Evangelios?
El común de los creyentes actuales, la mayoría de las veces concentrados únicamente en lo que constituye objeto de su fe, o sea en la “palabra divina”, no se preocupan demasiado por hacerse esa clase de preguntas. “Yo no soy un estudioso para ocuparme de esas cosas”, refutan si se les piden datos sobre los comienzos del cristianismo. Convengamos con ellos en que tienen razón, que realmente los creyentes no son estudiosos para ponerse a averiguar asuntos de esa índole. Pero... reconozcamos también que tal actitud deviene un tanto extraña, porque este es el caso en que la fe se impone sin aceptar reflexiones de ningún género. Se impone sencillamente como fe, y la Iglesia misma incentiva tal estado de cosas. Dizque, yo te lo he traído y tú sólo tienes que aceptarlo. Pero los estudiosos reales jamás se dejan impresionar por imposiciones dogmáticas do quiera que sea. Por lo mismo, precisamente ellos son quienes ponen manos a la obra y descubren extraordinarias paradojas relacionadas con el Nuevo Testamento, particularidades que dejan atónito al vulgo. Por lo mismo, inmediatamente hagámosnos otra pregunta:
¿En qué idioma fueron escritos los primeros Evangelios?
Buscamos en la Biblia en cualquier idioma actual y nos llevamos una mayúscula sorpresa. En ninguna de las variantes inglesa, francesa, española, rusa, etc. del Nuevo Testamento... en ninguna, repetimos, se especifica el idioma originario de tan importantes escritos. Por eso, quien alguna vez haya reflexionado sobre ese asunto se consuela pensando que seguramente los originales fueron escritos en hebreo, o por lo menos, en arameo, que a fin de cuentas era el idioma de Jesús. Flaco consuelo y craso error, porque los Evangelios originarios en realidad fueron escritos... en griego antiguo, mejor dicho en la variante vulgar del griego antiguo, llamada koiné
Esto requiere de una explicación.
El s. I de n. e. fue el período de mayor influencia de la cultura y el modo de vida helénicos en el Imperio Romano. En diversas direcciones, Roma sostiene guerras de rapiña y conquista, y por lo mismo, trae esclavos desde todas partes. Sobre todo, de Oriente y del Norte de Africa. Muchos de esos esclavos con el tiempo son declarados hombres libres y pasan a integrar la plebe, o sea las capas más bajas y pobres del Imperio. Es tanta la afluencia del elemento helénico a la Roma misma en la segunda mitad del siglo I, que en una de sus obras satíricas el poeta romano Juvenal se queja de que la vida en la ciudad se había vuelto imposible, pues adonde se mirara, alrededor sólo había griegos. Y griega parecía la plebe, aunque estaba formada por un abigarrado contingente de diversas nacionalidades. Y precisamente esa plebe fue el medio en que empezó a divulgarse el cristianismo, que no cundió en los medios prácticamente hebreos y no pasó de ser un movimiento religioso más, de los tantos que a comienzos de n. e. surgieron en Palestina.
Jesucristo fue el fundador de la Era Cristiana y, lógico, existió en la primera mitad del siglo primero.
¿Por qué entonces nos interesa lo que ocurría prácticamente a finales de ese siglo? Nada más sencillo. ¡Y aquí nos espera otra sorpresa tan grande como la que nos causó el idioma originario del Nuevo Testamento! Resulta que el Evangelio empezó a escribirse sólo cuarenta años después de la muerte del Mesías. ¡Mínimo! Es decir, por allá en los años setenta-ochenta del siglo primero. Antes de ello todo lo relacionado con la vida, pasión y muerte de Jesús devino objeto de la tradición popular, de la palabra oral, que durante siglos en el Mundo Antiguo, sobre todo en Oriente, fue el modo más eficaz para conservar las obras de carácter popular. De modo que en sus comienzos el Evangelio fue producto exclusivo de la tradición, el mito, la leyenda y ... la fantasía popular.
Como es lógico, la plebe, constituida principalmente por artesanos, era analfabeta. Por ende, lo eran los primeros cristianos. El inmenso éxito que estaba cobrando una religión salida de las capas más bajas del Imperio, de las capas de los despreciados, como ya lo hemos señalado, causaba molestia no sólo a los funcionarios, sino también a todos los ciudadanos romanos instruidos. Por lo mismo, el avance del cristianismo desde sus comienzos no fue tan pacífico como se desprende del Nuevo Testamento. Entre otros, los panfletistas paganos le presentaron rabiosa resistencia, mofándose de sus dogmas, rituales y leyendas. Dizque, ¡qué pueden enseñarnos estos analfabetos!
A finales del s. II, Tertuliano defiende a los cristianos contra los panfletistas paganos, afirmando con énfasis que los cristianos eran sencillos y honrados artesanos que siempre pagaban impuestos y contribuciones. O sea, casi doscientos años después de su aparición, el cristianismo seguía contando principalmente con adeptos analfabetos. A propósito, el propio Jesucristo, sin contar ciertos símbolos en la arena que se mencionan en el Evangelio según Juan, no escribió absolutamente nada de su ciencia, misión o Buena Nueva. Sin embargo, sus discípulos, o quienes decían serlo, empezaron a propagar su legado en todos los lugares helénicos en que hubiera templo judío y hebreos adeptos al cristianismo. Y esa propaganda se hacía en forma de “catecismo”. Predicadores ambulantes caminaban por el Imperio para llevarles a los fieles dicho catecismo, o sea las lecciones orales de cristianismo que ellos mismos inventaban sobre la marcha. Por eso, al comienzo esos predicadores o propagandistas no se preocupaban demasiado por describir al Jesucristo real, por contar detalles de su biografía; y el catecismo se reducía al acto de repetir ante los fieles, más o menos hilvanadas, máximas filosóficas que atribuían al Mesías. Lógico, en tales condiciones, la autenticidad de lo que relataban dejaba mucho que desear. Poco a poco, los predicadores fueron creando un aura de misterio en torno a la persona de Jesús, donde el relato de los milagros, los hechos fantásticos y todo tipo de exageraciones eran acogidos con entusiasmo por los adeptos. Por la sencilla razón de que, escuchando tanta maravilla, ellos, los más despreciados, miserables y humillados, empezaban también a sentirse dignos. ¡Y protegidos! Precisamente en ese período de propaganda oral, en que los predicadores fundamentalmente repetían las máximas ( o “logias”) atribuidas al Mesías, dando de él muy pocos detalles biográficos, se creó el avasallador éxito del cristianismo, es decir, aparecieron las condiciones previas que deberían desembocar en la creación del primer Evangelio escrito cuarenta años después.
Claro, existe otra razón de por qué en esos cuarenta primeros años no hubo testimonios escritos, en otras palabras, de por qué no apareció el Evangelio como tal. Y esa razón consiste en que los adeptos originarios de Jesús no pretendían crear una nueva religión en lugar de la antigua y seguían cumpliendo a rajatabla los preceptos del judaísmo. Lejos de declararse “cristianos” o como quiera que pudieran autodenominarse en ese tiempo, eran en realidad fanáticos cumplidores del Antiguo Testamento, y se diferenciaban del resto de los hebreos sólo en que estaban convencidos de que el Mesías anunciado por los profetas ya había llegado al mundo. Defendiendo esa idea, fue creada la comunidad de los nazarenos, que se ha dado en llamar la “comunidad de los herederos”, puesto que durante largo tiempo fue encabezada por los hermanos de Jesús. Primero, la gobernó Jacobo, hasta el año 62 en que, por orden del Sumo Sacerdote Ananías, fue apedreado a muerte en Jerusalen. Quizá precisamente en esa comunidad se conservaran datos biográficos acerca del auténtico Jesús histórico.
Cuando en el año 62 estalló la rebelión de Judea contra el poder romano, una parte de la comunidad se negó a participar en la misma y se marchó o huyó de Jerusalén, cruzó el Jordán y se fue a instalar en la ciudad de Pella, lo que por aquellos tiempos significaba marcharse excesivamente lejos del centro. Destierro voluntario o no, ese momento decisivo deviene misterioso, oscuro e insoluble. Más aún, si se toma en consideración que quienes se quedaron en Jerusalén dejaron de ser comunidad y formaron la Secta de los Nazarenos, y dirigidos por los familiares de Jesús continuaron su labor propagandística. Insistimos, aún nada se había escrito, por eso resulta difícil decir a ciencia cierta qué ideas propagaba la secta en ese período. También nos parece extraña la actitud del Sumo Sacerdote Ananías, quien en un momento en que había que unir todas las fuerzas contra los romanos... ordena apedrear a muerte al jefe de una comunidad.
A la muerte de Jacobo, fue elegido jefe de la secta Simón, primo de Jesús e hijo de Cleofás, de ese mismo Cleofás que era hermano de José, el padre adoptivo de Jesús. Simón vivió y mandó la secta largos años, hasta que lo crucificaron en tiempos del emperador Trajano (quien gobernó el Imperio del año 96 al 117). Y después de Simón, a la cabeza de la secta estuvieron Jacobo y Sokker, los nietos de Judas, el hermano de Jesús. Y ya para entonces los nazarenos poseían su propio Evangelio, el único escrito en arameo, el cual era muy distinto a los Evangelios canonizados hoy en el Nuevo Testamento, y por motivos dinásticos, propagaban la versión de que Jesús procedía de la estirpe y la tribu... del rey David.
La secta existió en Jerusalén hasta el año 132, cuando bajo la dirección de Bar Kokhba estalló de nuevo la rebelión contra los romanos y Jerusalén fue definitivamente destruida.
¿Por qué hemos citado aquí con tanto detalle la breve historia de la secta de los nazarenos? Pues, porque precisamente esa secta deviene el movimiento más importante que caracteriza la primera etapa de surgimiento del cristianismo, que los estudiosos han dado en llamar Período Judío, que comenzó con la huida de los nazarenos a Pella y terminó con la destrucción de Jerusalén.
Destruida Jerusalén, comenzó el período judío-helénico, que es cuando aparecen la imagen del Jesucristo que hoy conocemos y el cristianismo como tal. Centros del nuevo movimiento religioso llegaron a ser las ciudades antiguas de Ephes, Antioquía, Tarso, Alejandría, Corintia y, lógico, Roma.
Y ya viene siendo hora de que saquemos una conclusión bastante inesperada, insólita casi, aunque la misma se desprende como continuación lógica de todo lo que hasta ahora hemos visto, estudiado y comentado: resulta imposible localizar como es debido al Jesucristo histórico, quien, como todo personaje mítico, deviene sumamente impreciso, indefinido y hasta escurridizo si se lo despoja de la leyenda, el mito y la fantasía popular que hicieron de él una divinidad. Pero, sí, estamos absolutamente convencidos de que, en la vorágine de acontecimientos propios de aquella época, la mayoría de los estudiosos, intencionadamente o no, no le concedieron la debida atención a la persona de... Jesús, hombre y mártir. Si hacemos un poco de justicia histórica, tarde o temprano acabamos por comprender que el verdadero personaje histórico que debimos destacar desde el comienzo mismo es... Jesús Nazareno (o de Nazaret), quien, gracias a la leyenda, la tradición popular y el mito, evolucionó después de su muerte hasta convertirse en Jesucristo.
Bien, ya está dicho. Y como comprendemos que es una herejía, no nos queda más que avanzar en la explicación, confiando en que la misma será acogida en el sentido que deseamos comunicarle, es decir, que será bien comprendida. Nos atrevemos a afirmar que precisamente la existencia de DOS PERSONAS FUNDAMENTALES para el surgimiento del cristianismo, una auténtica y la otra inventada, dificultó siempre el trabajo de los estudiosos a la hora de responder a preguntas como la que nos hicimos al comienzo de estas líneas. ¿Existió Jesucristo? Sí, respondemos ahora, y existe todavía, pero en la leyenda, la tradición y el mito populares. Y el PROTOTIPO de El fue Jesús Nazareno, o Jesús de Nazaret, un hombre que distó mucho de ser el pacífico predicador de la Buena Nueva que nos presenta el Nuevo Testamento.
Recalcamos una vez más que comprendemos cuan enorme herejía significa esta afirmación del punto de vista de la Iglesia. No obstante, estamos convencidos de que por lo menos la lógica estará de nuestra parte. Por las razones siguientes:
Quien lea cuidadosamente el Evangelio, sin grandes dificultades notará que la persona de Jesucristo en el mismo aparece como enfocada desde diversos ángulos. ¡Y deviene sumamente contradictoria! Como si nos estuvieran hablando de dos o más personas a la vez, concentradas todas en Jesús. Y esto, especificamos, nada tiene que ver con el mito o misterio de la Santísima Trinidad, sino sólo con la conducta de Jesús. Ora El es un cúmulo de bondades, sencillo, tímido y piadoso, un ser divino que imparte su filosofía a sus discípulos, realiza milagros desinteresadamente y hace el bien do quiera que se presenta. Ora cambia por completo: de tímido y bondadoso milagrero, se transforma en un ser recio, brusco, agresivo incluso. Y en esos momentos ya no se parece en nada al hijo de Dios que declara ser, sino como mínimo a un exaltado profeta de los tiempos antiguos, y máximo, a un hombre de armas tomar. Amenaza con terribles castigos, y por lo menos en un episodio que conservó el Evangelio, pasa de las palabras a los hechos y recurre a la violencia.
La explicación a tan contradictorio proceder no hay que buscarla sólo en el carácter de la época o en la sicología y el modo de pensar de los creadores del Evangelio. Realmente, sin quererlo, ellos nos están hablando de dos personas y de dos historias distintas. Porque por momentos el Jesucristo bondadoso y piadoso creado por la fantasía popular, cede su lugar al auténtico personaje histórico, a Jesús Nazareno, quien en vida jamás fue un misterioso milagrero, sino un hombre íntegro, común y corriente, que se preocupaba como pocos por los destinos de su país.
Jesús Nazareno, el auténtico, realmente es hijo de carpintero y procede de Galilea, de esa región de Palestina que siempre se caracterizó por sus ánimos rebeldes.
En esa época, los galileos eran hoscos, poco comunicativos, aunque perseverantes en sus propósitos. Tercos, mejor dicho. Y lo principal, concedían especial valor a su propia libertad personal y social. Por ese motivo, en su actitud hacia el invasor, divergían de los habitantes de Jerusalén, más apegados a la diplomacia que a la confrontación abierta.
Precisamente en Galilea surge el movimiento de liberación nacional representado por los zelotes. Mediante el terror anónimo, tanto contra los romanos cuanto contra las autoridades judías que eran marionetas en manos de aquéllos, los zelotes mantenían en efervescencia toda la Palestina de entonces, y constituían una organización secreta que utilizaba métodos de guerrilla, espionaje y franca violencia para lograr sus fines, que indudablemente eran los de expulsar de Palestina al invasor.
Ya casi lo hemos dicho, y sólo falta lo principal: Jesús de Nazaret, el personaje histórico... era ZELOTE. Más aún, es muy probable que haya sido uno de los jefes inspiradores del movimiento liberador, un conspirador que con el tiempo llegó a alcanzar influencia y prestigio no sólo entre los suyos, sino prácticamente en todo el país. Y contemplado desde ese punto de vista, todo lo que dice el Mesías bíblico adquiere un sentido absolutamente distinto, más real y lógico. Pero, antes de argumentar esta afirmación, veamos primero qué quería en realidad alcanzar con su lucha Jesús Nazareno. ¿Sólo la liberación del país? ¿Sólo expulsar a los invasores romanos?
Sí, esos eran en parte sus deseos, pero los mismos iban aún más allá, pues el quería nada menos que alcanzar el Reino de los Cielos.
Y no seamos aquí tan ingenuos como para creer y afirmar que todo un patriota, un hombre dispuesto a entregar la vida por su pueblo, deseaba evadirse hacia cierto singular Nirvana precisamente a través del cumplimiento de su patriotismo. ¡Nada más lejos de su intención!
Cabe recalcar que desde que apareció el concepto de “Reino de los Cielos”, o «Reino de Dios”, entre los hebreos hasta nuestros días, el mismo ha sufrido enormes transfiguraciones, que lo han dejado prácticamente irreconocible. A diferencia de los creyentes de hoy, los antiguos hebreos no creían que ese Reino de los Cielos se encontraba en inalcanzables alturas o más allá de las nubes. Tampoco pensaban que para ser digno del mismo había que ser un justo y morir obligatoriamente. O llevar una vida plena de penurias, resignada y obediente al orden establecido. El Reino de los Cielos era, principalmente para los judíos de entonces, el sueño acerca de una sociedad mejor, sin las enormes diferencias sociales que constituían su haber cotidiano, sin injusticias, sin miserias, sin hambrunas, sin invasores ni gobernantes y sacerdotes vendidos al invasor. En otras palabras, el Reino de los Cielos era la idea de una sociedad mucho más justa en la tierra, en la Palestina de entonces, y nada tenía de abstracto ni de místico.
Aún siendo un pueblo fanático en su fe religiosa, los judíos (y de ellos hablaremos en adelante, porque precisamente en Judea se decidiría la primera etapa de todo lo que concierne a Jesús), los judíos, repetimos, desde los tiempos más antiguos habían creído en un mundo mejor: un día vendría el Mesías a liberarlos, pero, mientras, no había que esperar inactivos. Vivo estaba aún el recuerdo de la guerra de liberación que, al mando de los Macabeos, en el siglo II antes de n. e. sostuvieran contra el invasor griego y sirio. Guerra terrible, que costó enormes esfuerzos y sacrificios, pero que a fin de cuentas acabó en la victoria judía. A su entender, Yavé, las Escrituras, la palabra y la obra de los profetas y de los reyes antiguos los habían convertido en el Pueblo Elegido. Y vivían en la Tierra Prometida, es decir, en esa tierra que les había concedido su Dios. Sólo bastaba crear el Reino de los Cielos, y el primer paso para ello consistía en liberarse del invasor y de los opresores locales.
Recordemos aquí algunos episodios y momentos del Evangelio, en los cuales se ve nítido al Nazareno liberador, donde no pudieron ocultarlo o desplazarlo ni siquiera las transformaciones a que fueron sometidos por los evangelistas los actos y las palabras de él.
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Jesucristo [Parte II]
Fecha: 2012-01-06 |
Por: Eugenio Aguilera D., Master of Arts en Historia |
Fotos: Lionel Plaza, Edición y Compilación Gráfica |
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