Для правильного отображения лототипа Ассоциации Чилийцев в России, Вам необходимо установить Flash Player.

Estadistica
Рейтинг@Mail.ru
Votacion por Nuestro Derecho a Voto

RINCON LITERARIO:   El Hombre de Lo Calvo


La verdad es que yo vivo en Lo Calvo, pero no soy ese hombre del que hablaré aquí. Tampoco voy a contar gran cosa de mi pueblo.  Aunque, si alguien desea visitarlo, le garantizo que no perderá el tiempo. Siquiera por el hecho de que no cuesta gran cosa recorrer una sola calle y dos o tres callejones viejos y míseros que no tienen el más mínimo atractivo real, de no ser los postes del alumbrado que aparecieron en la calle hace apenas unos diez años. Lo demás son casuchas descascaradas, campos de labranza, un riachuelo siempre seco, y dos o tres cerros huérfanos anunciando la cercanía del inmenso muro de la cordillera, precisamente allí donde el estero de San Francisco desaparece definitivamente de la faz de la tierra. Cerros pelados, campos pelados y destinos pelados, a los cuales quizá deba su nombre mi pueblo. No obstante, los sabihondos románticos como don Julio Bustos aseveran que el nombre de mi pueblo no es tan sencillo como pudiera pensarse. Dizque, hace ya más de tres siglos, un hidalgo español de muchísima alcurnia, digamos, don Calvo de los Palotes, recibió una escuálida encomienda del propio don Pedro de Valdivia. Y de esa encomienda, surgió mi pueblo. Lo Calvo sería, entonces, “lo de Calvo”. Y punto aparte. Y el resto, vaya a verlo, si quiere. Y pase también por mi casa, que es la tercera, a la derecha, más allá de la vuelta de San Regis, no muy lejos de donde en su época tuviera su almacén don Aníbal Pájaro. ¿Se acuerda de él? ¿Me ubica a mí? Sí, exacto, señor, a sus órdenes. Yo soy Juan de Triana. ¡Hombre, claro! El Sapo Triana,  ese calvino, calvero, calvoso, calviento, o qué sé yo, en suma, ese calvado bullicioso que dirije un conjunto folklórico, y… No, qué va. No creo que el Rodrigo de Triana que venía con Colón haya sido mi antepasado. Porque a mí me gustan demasiado los instrumentos indígenas. La guitarra y el flamenco no me provocan ni un bostezo. En cambio, soy capaz de entregar mi moto por un buen charango y una quena. ¡Mi moto, para que sepa! ¿Y usted? ¿Que no le gusta la música folklórica? ¡Señor mío, eso es increíble cuando se tiene una nariz tan ganchuda y un pelo tan duro! Es tan increíble como si no le gustaran el vino tinto y las papas fritas. ¿Tampoco le gustan? ¡Ya! Aún así, no se preocupe. Mis muchachos y yo somos músicos de verdad. En un dos por tres, podemos cambiar los instrumentos tradicionales por otros más modernos. Tenemos dos guitarras eléctricas, un sintetizador, baterías y otras bellezas sumamente sofisticadas. Y si empezamos a tocar, somos capaces de pasarnos la noche entera cantando. ¡Lo que usted quiera, y donde quiera! ¿Dice, usted, que hoy se casa la Jacki, esa hermosa morena de San Esteban que me trae loco desde que el mundo es mundo? ¡Lástima! El novio no se la merece. Y no se la merece, aunque sea el gobernador de Los Andes, y… ¿Qué me dice? ¿Que el novio es usted? ¿Usted mismito? ¿Juan Marcó? ¿Ese Juan Marcó de La Castrina? ¿Ese mismo Juancho que un día laceó un avión ruso que sobrevolaba el cerro Mocoén? Bueno, no se enoje. Soy un poco parlanchín, pero no mal intencionado. No ha sido mi deseo ofenderlo. Si usted es Juancho, aquí mismo estoy dispuesto a retractarme, de una vez y para siempre. ¡Usted sí que se la merece! ¡Se la merece, se la merece, y se la merece! ¡Tres veces! Y claro, cómo no. Mis muchachos y yo iremos a tocar el domingo a su boda. ¡Casi gratis! Siempre y cuando en las pausas nos llenen sin regatear los vasos, porque, mientras más bebemos, mejor cantamos. ¿Le conviene?

         Bueno, y ya que hemos hecho las paces, acépteme una cerveza, y mientras la bebemos, le hablaré de ese hombre de Lo Calvo que le mencioné al comienzo. ¿Creía, usted, que se me había olvidado? ¡No, qué va! Hoy he bebido, pero no tanto. Por lo menos, no tanto como lo que bebí esa noche en el bar de don Andrés, en la calle Esmeralda. ¿Conoce ese lugar? Sí, ese mismo. Tres o cuatro mesas en un cuadrado de cinco metros. El mesón, el escenario, y don Andrés sirviendo lo que sea. Don Andrés, que en tiempos del Dictador siempre ponía en las mesas servilletas rojas. Así, mostraba abiertamente sus simpatías por los perseguidos. Y eso, en una época en que el Dictador hubiera quitado ese color hasta de los semáforos. Bueno, le decía que allí estábamos mis muchachos y yo tocándoles sin mucho entusiasmo a dos o tres borrachines, cuando el hombre entró. Bien vestido, de traje y corbata, barba bien cuidada, alto, de apariencia fornida. Lo seguía una mujer ya madura, rubia, de ojos azules, de rostro perfecto, remarcado por una belleza extraña, impropia de mis paisanas. Y lo digo, sin ánimo de ofender a nadie, menos aún, a la futura media naranja suya. Ella, digo, la rubia, tenía seguramente mucho más de cuarenta años, pero a nadie se le hubiera ocurrido cambiarla por una paisana nuestra de veinte. En suma, era condenadamente bella, y… siendo tan mujeriegos mis muchachos y yo, deviene lógico que ella tuviera que cautivar nuestra atención. Pero no ocurrió así. Por extraño que parezca, fue precisamente su acompañante quien nos magnetizó, como si nuestros ojos se hubieran pegado a él desde el primer momento. Quizá, porque desde la puerta, de una sola mirada penetrante y dura abarcó todo el recinto, y sin vacilación alguna, se dirigió a una mesa de donde se dominaba a la perfección el panorama del bar. Claro, desde los tiempos del Dictador, nosotros estábamos habituados a las astucias de la policía, y hasta por los indicios más insignificantes adivinábamos cuándo había que evacuar para no meterse en camisas de once varas. Porque no tenía nada de agradable, por ejemplo, que entraran de pronto al sitio en que uno se encontraba diez o quince matones uniformados y empezaran a repartir porrazos a diestro y siniestro, para anunciar al rato que aquello era una “comprobación de documentos”. Eso, cuando ya todo el mundo había recibido su correspondiente chichón, y más de un paisano mío había hecho efectivo el pasaje para el otro barrio.

Pero, así, como aquel hombre, no se hubiera comportado ningún policía. Había demasiada dignidad en él, una dignidad altiva, casi rayana en la arrogancia.Y su aspecto… su aspecto, no sé por qué, me hizo pensar en un felino que hasta en sueños se mantenía alerta. Entraron, acomodó a su mujer, pidió una botella de buen vino, y desde ese momento, sin mirar a ninguna parte en especial, no perdió detalle de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Y no sólo yo tuve esa sensación, porque mis muchachos se movieron inquietos, como si les picara la espalda, y el Flaco Fidel, ese esperpento que en mi conjunto toca el charango y que hasta en los terremotos conserva una tranquilidad de cadáver, me susurró: “Oye, Sapo, ese hombre nos tiene controlados.” Y en su versión, eso equivalía a decir, más o menos: “¡Corramos, que de un momento a otro empezarán los balazos!” Pero, de todos modos, de haber entrado entonces los uniformados a repartir porrazos, no creo que hubieran importunado a aquel hombre. A fin de cuentas, los matones que se escudan detrás de la ley siempre han sido cobardes, y nunca meten el hocico donde pueden quemárselos. Siquiera por el hecho de que los galgos jamás fueron rivales dignos para el lobo.

Bueno, como le decía, esa noche yo había bebido un poco, y creo que, también por eso, mi sentido del humor me falló, y la presencia de aquel hombre empezó a molestarme, como molesta a los estúpidos todo lo incomprensible. Hasta entonces, el mundo con sus pormenores había sido fácil de descifrar para mí. Incluso en tiempos del Dictador. Dizque, los polis eran estúpidos y agresivos, y yo tenía que ser astuto y pacífico. En verano hacía calor, y en invierno, frío. El sol salía por oriente, el agua corría para abajo, el Colo-Colo siempre estaba a punto de conquistar la Copa Libertadores, pero no la conquistaba. Las chicas de la Plaza de Armas usaban minifalda. Después, maxifalda. Y el Loco de Azul era inmortal. Y los argentinos podían ganar el mundial de fútbol en Europa, pero el árbitro saquero les cobraba penal en el último segundo, y el entrenador de los alemanes daba después una histérica y triunfal entrevista, afirmando como un demente que se había hecho justicia, porque… Pero, no nos alejemos del tema. Le decía que, para mí, todo eso y muchas otras cosas resultaban comprensibles y claras como una amenaza del gobierno, incluso la brutalidad de los polis y la chovinista estupidez del entrenador alemán. Y para que sepa, yo jamás meto asuntos distintos en un mismo saco. Pero el hombre que entró aquella noche al bar de don Andrés en la calle Esmeralda no encajaba para nada en mis libros. Porque era un absoluto enigma. Algo o alguien hermético y extraño, diríase casi un extraterrestre que había dejado su platillo volador a la vuelta de la esquina, para venir al bar a tomarse una copa. “Aquí estoy, muchachos, y piensen lo que quieran”, parecía decir su presencia. Y por eso, no sólo mi curiosidad iba en aumento, sino también la tensión de los presentes. Sobre todo, cuando comprendimos que el hombre y su mujer hablaban entre sí en un idioma desconocido, recio como el aspecto de él, y tierno como la belleza de ella. Dizque, abracadabra y abracadabra, pero no en inglés, francés ni alemán, sino… ¡Vaya uno a saber qué idioma era aquel! Don Sócrates Urbano, el profesor de inglés del Liceo Salas, sí, sí, ese mismo don Sócrates que después enloqueció de tanto hablar en gringo, decía que en el mundo existen centenares y hasta millares de idiomas. Quizá sea así. Yo… yo estoy seguro de que ellos hablaban el más enrevesado y el más difícil de todos. Algo que hay que aprender una vida entera, sin estar nunca seguro del resultado. Lo digo, por lo que oíamos en nuestras pausas los músicos. Pero, no vaya a creer que hacíamos esas pausas para curiosear. ¡Qué va! Teníamos motivo de sobra para descansar de vez en cuando. Porque esa noche mis muchachos y yo estábamos golpeando de lo lindo nuestros instrumentos modernos. Quizá, para sacarnos de encima la impresión de que el bar estaba lleno de escalofríos, pese al calor. La batería atronaba, el sintetizador emitía desesperados maullidos y el bajo eléctrico rompía empecinado la voz aguardentosa de Pepito Salinas, nuestro solista en todo lo que sea tontería de moda. Con mi guitarra eléctrica yo tampoco lo hacía mal, y de vez en cuando me internaba en unos punteos aulladores de los cuales hasta el gran Jimmy no hubiera sabido salir. El hombre barbudo no hacía el menor caso de esos malabares, como si nosotros nos hubiéramos hallado a cien años luz de distancia, o como si nuestra interpretación se hubiera encontrado por debajo de toda crítica. Dizque, yo sí he visto conjuntos modernos auténticos, y… ¡Qué va! Ni siquiera eso. En realidad, por mucho que nos esmerábamos, él sencillamente hacía caso omiso de nosotros. Y precisamente esa actitud suya empezó a picarme el amor propio. Porque no me pareció correcta. Mucho más comprensible hubiera sido verlo levantarse, a vociferar: “¡Muchachos, tocáis como verdaderos imbéciles! ¡Calláos, ya!” Así mismo, como lo hubiera dicho un español de pura cepa, ya que así pensaba yo que él debía de hablar. Como un peninsular absolutamente orientado en el problema de la zeta y la ese. Así como suelen hablar los extranjeros que han aprendido nuestra lengua en Oxford, Michigan o vaya a saber uno dónde más. Y en lugar de eso, enfrentábamos una absoluta indiferencia... Aunque, no. Miento. Debo hacerle justicia. El sí reaccionaba a nuestra música, pero del único modo que me ponía los pelos de punta. Imagínese. Chiquito Banano se desaforaba en los cueros, Pepito Salinas lanzaba a los aires sus más atrevidos gorgoreos y yo martirizaba mi guitarra con inspiración suicida… Inútil. Aquel hombre callaba. Gélido e inmóvil mientras tocábamos, volvía a conversar con su rubia cuando nos tomábamos una pausa. Sin expresión alguna, frío e inmutable como máscara de hierro, no se animaba ni siquiera cuando degustaba el vino, que, a decir verdad, era uno de los mejores vinos que conozco. Al final, me dio franca rabia el estar tocando para una estatua, y con un gesto decidido interrumpí a mis muchachos, quienes dejaron los instrumentos con visible alivio. Pero mi intención no consistía en retirarme sin más, porque teníamos acuerdo serio con don Andrés. Antes… debería marcharse el desconocido. Así lo decidí, porque, como ya le he dicho, yo estaba borracho, y en ese estado suelo ponerme deductivo hasta los huesos. Deductivo y bromista, aunque sin sentido del humor. ¿Y cuál fue la conclusión que saqué entre los vapores alcohólicos? Dizque, si la música moderna no le gustaba, al muy indiferente, era casi seguro que la folklórica le provocaría tercianas. Sobre todo, porque Pepito Salinas tocaba la quena como quien tira un gato de la cola, y el charango del Flaco Fidel podía estar afinado en cualquier tono, menos en el correspondiente, y sonaba como enjambre de abejas furiosas elevado a su más desafinada potencia. Yo mismo, por ejemplo, ensordecido de haber estado oyendo tres horas seguidas los instrumentos modernos justo dentro de mis orejas, podía ponerme a golpear el bombo como si el mismo hubiera sido el amante de mi mujer sorprendido en paños menores. ¡Y vaya que sonaba fuerte mi bombo! Y ni hablar de Cocodrilo Abregu, que, borracho, le sacaba a la zampoña unos bramidos dignos del mejor elefante del rajá de la India. Y el coro que hacíamos… Los Niños Cantores de Viena, pero borrachísimos. ¡Y basta ya de secretos profesionales! ¡Entiéndame, de una buena vez! Sobrios, mis muchachos y yo somos unos folkloristas magníficos. Pero, si nos emborrachamos, sálvese el que pueda. Con dos canciones bien golpeadas, somos capaces de despejar un cementerio, sin hablar ya de un bar, donde nuestro folklore alcohólico es capaz de barrer como un gigantesco escobazo a la clientela. De ahí que mi condenado plan tuviera todas las posibilidades de éxito.

-Respetable público –anuncié con sarna-. A continuación les interpretaremos algunas piezas del folklore.

Y claro, como se trataba de embromar al “respetable público”, comenzamos descaradamente a martirizar la cueca del guatón Loyola, quien precisamente en el rodeo de Los Andes recibiera un día la más feroz paliza que guatón alguno ha recibido en mi pueblo, y… ¡Cosa increíble! ¡El hombre inmutable se fijó por fin en nosotros! Con suave movimiento, apretó la mano de su rubia, le dijo algo, y ella asintió, quedándose después silenciosa. Ni un músculo se movió en sus rostros, pero era evidente que nos estaban escuchando con una atención que no se merecía nuestra chapucera y borracha interpretación. Y yo, dizque, estos condenados extranjeros con sus rarezas, puse aún más gangosa la voz, bizcos los ojos y torcido el gesto, para remarcar las desgracias del guatón convertido en cabeza de turco. Terminamos la cueca, y la emprendimos con otra, aún más horrorosa. Y el respetable público no se iba. Y cuando tampoco surtió efecto la Cueca del Marinero, comprendí que realmente el hombre y la rubia nos estaban escuchando con auténtico interés. Y diríase que… con respeto. Pero con un respeto raro, que nos incumbía y no nos incumbía al mismo tiempo a los músicos. Con cierto respeto ausente y lejano, como el que uno muestra cuando se ve de pronto en un templo que, según todos los cálculos, jamás debió de encontrarse precisamente allí.

Claro, yo no soy malo del todo. Por eso, al comprender que éramos escuchados mis muchachos y yo, di las instrucciones correspondientes, nos dejamos de chacota, y aunque borrachos, empezamos a interpretar cosas más serias, canciones de Violeta, del Inti y de Illapu, que figuraban en lo mejor de nuestro repertorio. Y el hombre y la rubia no se iban. Por el contrario, pidieron otra botella de vino. Y sólo un ligero movimiento de cabeza que hacía él cuando terminábamos, un movimiento casi imperceptible, era señal de que ambos seguían escuchándonos. Y a todo eso, nosotros ya habíamos empezado a interpretar el repertorio del destierro, ese que en tiempos del Dictador había sido prohibido so pena de torturas y reclusión anónima, en el mejor de los casos. Ahora, en un lugar como el bar de don Andrés, podíamos cantarlo a grito pelado, si queríamos. “Vuelvo triste, vuelvo, compañera. Vuelvo, hermoso sol, hoy vuelvo a verte…·”, cantábamos, sin fijarnos demasiado en la letra. La Canción del Destierro nos parecía en aquel momento sólo música más o menos aceptable. Total, nosotros éramos jóvenes, habíamos bebido un poco más de la cuenta, cantábamos por cantar y teníamos la vida entera por delante. “Aquí estoy, yo no me he muerto, aunque no me veas, aunque yo sea este fantasma. Te puedo ver sola bailando…” No voy a decir que era nuestra mejor canción. Sencillamente, llegó su turno, y la cantamos. Y después de terminar, guiado por un repentino impulso subconsciente, me dirigí al hombre silencioso, sin saber si él me entendería o no:

-Señor –le dije-, estamos aquí para entretener a la clientela. ¿No querría, usted, que le cantáramos algo especial?

El me miró, sin variar para nada su expresión, y me dijo, con voz sorda, apagada casi:

-Gracias, amigo. Nada especial puedo pedirle, porque ustedes acaban de cantar mi canción. Si fueran tan amables, ¿podrían repetirla?

En primer lugar, él no hablaba como un peninsular de pura cepa, sino como cualquiera de mis paisanos; en segundo lugar, acababa de decir que…

-Perdone, señor –no resistí la curiosidad-, ¿usted dice que… es el autor de la Canción del Destierro?

Espectantes, nos quedamos en silencio no sólo los músicos, sino también hasta el último borrachín del bar. Sin embargo, en lugar del hombre, respondió la rubia, con una frase difícil, en difícil español:

-El no ser el autor, sólo diciendo que esa ser su canción. Hay que saber comprender…-sonrió ella afligida, encogiéndose de hombros.

Y precisamente entonces, haciéndose el gracioso, Pepito Salinas dijo aquella barbaridad, de la cual hasta ahora se arrepiente:

-¡Qué coincidencia, señora! ¿Sabe? Esa canción también es la mía. En tiempos del Dictador, me desterraron… a Lo Calvo.

¡A Lo Calvo! ¿Se imagina, usted? El bárbaro de Pepito Salinas afirmaba que lo habían desterrado a mi pueblo, que se encuentra apenas a quince kilómetros de la ciudad. Un segundo después, él, yo y toda la gente del bar comprendimos se había producido una terrible metida de pata, una de esas metidas de pata injustificables y trágicas que nada ni nadie puede enmendar. El hombre de barba, exteriormente igual de inmutable, contestó:

-Usted es joven, muy joven, amigo. Demasiado joven, diría yo.

¡Qué voz la suya, por Dios! Absolutamente tranquila e impersonal, espeluznante casi, como si en ella se hubieran concentrado toda la amargura y todo el hielo del mundo. También la expresión, la mirada y el aspecto de él eran hielo, hielo y más hielo.

-El Lo Calvo del que vengo yo –prosiguió como hablando consigo mismo- se encuentra lejos, muy lejos. Al otro lado del mundo y a veinte años de espera. Allá tuvimos que vivir muchos compatriotas… suyos. Ahora… quedan pocos. No fue culpa nuestra que durante tanto tiempo no nos dejaran pasar más acá de Lo Calvo. Muchos murieron esperando.

-José Nieto –explicó la rubia- murió escuchando la cueca del guatón Loyola… ¡Hay que saber comprender!

-Yo, esteee, yo no quise..perdone, perdóneme, usted. He sido… un imbécil –musitó Pepito Salinas.

Ella tenía razón. Había que saber comprender. Mientras con mis muchachos, ahora absolutamente sobrios, cantábamos la Canción del Destierro, yo miraba de reojo al hombre impasible y a la rubia. Los miraba insistente, tratando de comprender el abismo insondable que ellos habían traido al bar. Tratando de entender cuánto se podía ver y sufrir en veinte largos años de espera, para, al final, convertirse en un ser absolutamente impasible y duro como una roca. Y de pronto, lo logré. Y aunque usted crea ahora que aquello fue sólo cosa de imaginación, algo en lo más íntimo de mi ser me dice que, por un instante, tuve al alcance de mis ojos y de mi alma la amarga realidad de ellos. Esa vida estancada, lenta y mortal del desterrado. Y vi una remota tierra de nieves y fríos eternos, un país extraño, poco acogedor y de lengua difícil, donde José Nieto un día se había muerto de pena escuchando la Cueca del Guatón Loyola. José Nieto, un compatriota mío que ya nunca más volvería al terruño… José Nieto… Uno más. Uno más, de tantos y tantos otros que nunca pudieron volver. ¡Dios mío! Cuando terminamos de cantar la Canción del Destierro, mis muchachos y yo teníamos lágrimas en los ojos, amargas lágrimas de una comprensión tardía. A lo lejos, doblaban las campanas de una iglesia. En el bar, el Hombre de Lo Calvo nos dijo, solamente:

-Gracias. Muchas gracias, muchachos.

 

 Eugenio Aguilera, 25 de Febrero del 2001 

 



Fecha: 2008-02-27

Por: Eugenio Aguilera

Idiomas: Russian language

Zoom noticia: El Hombre de Lo Calvo   Noticia: El Hombre de Lo Calvo en PDF   Noticia: El Hombre de Lo Calvo en WORD   Imprimir este articulo: El Hombre de Lo Calvo   Subir / Up  


Alonso
[26 mayo 2009] - Martes
Soy de Las Golondrinas cerca de Lo Calvo!!!

Eugenio Aguilera
[2 abril 2009] - Jueves
Gracias por tu opinión, Nancy. Palabras así reconfortan. Si quieres, puedes ingresar al Foro, y en el tema "Aquamater" hallarás poesías mías, uno que otro artículo sobre cualquier cosa, y el cuento "Amor imposible", que creo que también puede ser de interés. Comunicaré tus saludos. Eugenio

Nancy
[27 marzo 2009] - Viernes
Querido primo:muy lindo tu cuento, yo no soy mucho de leer pero realmente me emocionó, espero respuesta. Saludos a Tania

MANUEL
[1 agosto 2008] - Viernes
Eugenio tu cuento me recuerda un pueblo que es igual a como describes lo calvo, yo me refiero a un sector llamado las rosas que esta un poco antes de lo cartagena otro villorrio todo esta muy cerca de la ciudad de rengo .donde esta el buen mosto mas alla de rancagua para ubicarte.buenas cazuelas y de todo lo rico de la cocina chilena .acompañada de las buenas empanadas todo eso y mas ademas del misterio es las rosas .donde cuentan muchas historias del campo chileno .como siempre quiero decirte que admiro tu trabajo .asi como orgulloso de tener un pariente poeta y escritor

Godoy
[11 abril 2008] - Viernes
Harto tarde he llegado a leer el trabajo de Eugenio..., pero, bueno, que decir de su memoria, ay, todo el ajetreo de la mente que nos hace volvernos barro de choza o clavo de zapato roto para un matrimonio un martes, digo martes porque es descueve..., en fin, Eugenio, me gusta tu mano firme, me encanta tu pluma y tu serenidad... un admirador

Juan

Sergio
[11 marzo 2008] - Martes

Tanto pueblito sin más historia que un registro. El cuento me recordó a Lo Gallardo, un pueblito más allá de Llo Lleo, tirando pa' Tejas Verdes, antes del puente largo a la izquierda... ¿Que andaba haciendo?... ¿Preparando algo?... No me acuerdo, pero en la Fuente de Soda me faltó la rubia y el exilio.


Sergio
[11 marzo 2008] - Martes

El Hombre de Lo Calvo, muy bueno el cuento. Eugenio me dijiste que esas fotos son reales de ese lugar. Lindo sería hacerles llegar a los lugareños el cuento.


Eugenio
[9 marzo 2008] - Domingo
¡No hay de qué, Amigazo! Creo que lo puedes encontrar también en "comunidadlosandes.cl", Raulito.

raul cantillano
[7 marzo 2008] - Viernes
gracias amigo.

Deje aqui su comentario.
* Nombre:
Site Url
* Mensaje:
* escriba el Numero del cuadro:  
Escriba el numero del cuadro
 
 
Asociacion de Chilenos en Rusia © 2005 - 2016 ® - Tel./Fax.: +7 (499) 137 06 72 / e-mail:

Oscar Plaza Xtribal Jewelry