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RINCON LITERARIO:   COMO UN ALDEANO ALIMENTO A DOS GENERALES


 

Mijail Saltikov-Schedrin, escritor ruso, cuya prosa satírica produjo revuelo en los ámbitos intelectuales de la Rusia del siglo XIX. Hay quien lo compara con Juvenal, por la certera ironía de sus metáforas. Pero si observamos con atención lo que nos cuenta, vemos que sus exageraciones no distorsionan la realidad, sino simplemente la hacen más accesible, realzándola y desenmascarándola de tal modo que detalles la mayoría de las veces ocultos salen a primer plano con toda la fuerza del absurdo. Eso sumado a la agilidad de su prosa hace que su obra perdure hasta hoy prácticamente con la misma fuerza que tuvo en tiempos de la Rusia zarista.

Y antes de pasar al relato como tal, valga una rigurosa advertencia: que nadie se ponga quisquilloso, porque toda semejanza entre ciertos personajes de Saltikov-Schedrin y personas actuales es absolutamente intencionada y deviene responsabilidad del propio autor, quien falleció en 1889.

 

 

COMO UN ALDEANO ALIMENTO A DOS GENERALES

 

Eranse una vez dos generales, pero como eran sólo unos zánganos, muy pronto, por arte de birlibirloque y porque así se me antoja, fueron a dar a una isla deshabitada.

 

 

La vida entera habían servido en cierta oficina de no sé qué archivo, donde nacieron, se educaron y envejecieron, sin tener, por lo tanto, la más mínima idea del mundo y sus cosas. Ni siquiera sabían otras palabras, como no fueran: "Estad completamente seguros de mi absoluta fidelidad y de mi respeto".

 

El archivo fue liquidado, por innecesario, y ambos generales quedaron a su propio albedrío. Acogidos a retiro, se instalaron en Petersburgo, en distintos apartamentos de la calle Podiacheskaya; cada uno con su cocinera y su correspondiente pension.

Sólo que, de repente, se vieron en una isla deshabitada: al despertarse una mañana, comprobaron que ambos yacían bajo la misma frazada, y como en un comienzo no comprendieron lo que les ocurría, se dieron a conversar tranquilamente.

- Que extraño sueño he tenido hoy, vuesarced — dijo uno —. Me pareció que vivía en una isla deshabitada...

¡Lo dijo, y se levantó de un salto! Lo mismo hizo el otro

-¡Dios santísimo! ¿Donde nos encontramos? - gritaron ambos, con voz descompuesta.

empezaron palparse mutuamente, para mprobar si soñaban, si aquel asunto les estaba ocurriendo realmente. No obstante, por mucho que trataron de convencerse de que sólo sufrían una pesadilla, al final tuvieron que rendirse la lamentable evidencia.

Ante ellos, de un lado, se extendía el mar; del otro, un pequeño trozo de tierra, tras el cual cía el mismo mar infinito. Los generales se deshicieron en llanto, por primera vez después que cerraran el archivo.

Se examinaron y comprobaron que vestían sólo camisón de dormir y que del cuello les colgaba una condecoracion cada uno.

            -¡No nos vendría mal una tacita de café! — musitó uno, pero se acordó del increíble lío en que estaban metidos y por segunda vez soltó el llanto.

-¿Qué vamos hacer ahora? — prosiguió entre lágrimas —. ¿De que nos serviría que nos pusiéramos escribir un informe?

- Mire, vuesarced — le respondió el otro -, camine usted hacia el Oeste, que m iré hacia el Este, esta tarde nos encontraremos otra vez en este mismo lugar; quizá hallemos algo.

Empezaron dilucidar donde estaban el Oeste el Este. Recordaron que, cierta vez, un superior había dicho: "Si uno quiere encontrar el Este, debe ponerse de al Norte, la derecha tendrá lo que busca". Se dieron buscar el Norte, volviéndose hacia todos los lados imaginables, pero m habían servido la vida entera en un archivo, nada hallaron.

- Mire, vuesarced, será mejor que usted se v hacia la derecha, que m iré hacia la izquierda! -dijo uno de los generales, precisamente aquel que no sólo había servido en el archivo, sino que también había sido maestro de caligrafía en una escuela de oficiales de reclutamiento, y por lo tanto, era más inteligente.

Dicho y hecho. Uno partió hacia la derecha y vio unos árboles colmados de frutos. Quiso cortar una manzana, pero comprobó que estaban tan altas que para alcanzarlas era necesario subirse al arbol. Trató de hacerlo. Inútilmente. Sólo se desgarró el camisón. Llegó a un riachuelo y vio que hervía de peces.

"¡No me vendría mal un pescadito así, para llevármelo a la Podiacheskaya!", pensó y hasta cambió de expresión, de tanto apetito.

Se internó en el bosque y oyó silbar las ortegas, graznar los urogallos y vio correr las liebres.

-¡Dios mío! ¡Cuánta comida!¡Cuánta comida! -exclamó y sintió náuseas de hambre.

Al final, tuvo que resignarse y volver con las manos vacías al sitio del que partiera. El otro general ya lo estaba esperando.

-¿Qué hubo, vuesarced? ¿Consiguió algo?

-Si, encontré un ejemplar viejo del "Noticiero Moscovita". Nada más.

Nuevamente se acostaron, pero en ayunas, y no pudieron conciliar el sueño. Les atormentaba la idea de que alguien debería recibir la pensión por ellos, y se martirizaban al recordar los frutos, los peces, las ortegas, los urogallos y las liebres que vieran por el día.

-¿Quién iba a imaginar, vuesarced, que el alimento del ser humano originariamente vuela, nada y crece en los árboles? -dijo uno.

-Sí -le respondió el otro-, confieso que hasta hoy siempre pensé que el pan nacía con el mismo aspecto que tiene por la mañana, cuando nos traen el café!

-De manera que si alguien quiere comerse una perdiz, por ejemplo, primero debe cazarla, matarla, desplumarla y asarla... Pero ¿cómo se hace todo eso?

-Sí, ¿cómo s hace todo eso? -repitió como un el otro general.

Callaron y se esmeraron por quedarse dormidos; n vn, pues el hambre definitivamente les había espantado el sueño. Ante sus ojos titilaban ortegas, pavos jugosos lechones, sutilmente dorados, con pepinillos marinados y otras verduras.

-¡Creo que ahora sería capaz de comerme mi propia bota! -dijo uno.

-¡Los guantes tampoco son malos, si están muy usados! -suspiró el otro.

De pronto, ambos se miraron, con ojos en que brillaba una furia maligna; daban diente con diente de sus pechos se elevó un sordo rugido. Lenta y cautelosamente empezaron acercarse entre sí n un abrir y cerrar de ojos, se enzarzaron. Volaron jirones, se oyeron chillidos improperios, el general que había sido maestro de caligrafía le tiró tal dentellada su companero que se tragó limpiamente la condecoración que éste llevaba al cuello. No obstante, la vista de la sangre fluyendo les hizo cuperar un tanto el dominio de sí mismos.

-¡Por los clavos de Cristo! -exclamaron la vez- ¡Si seguimos así, acabaremos por devorarnos!

-Pero ¿cómo vinimos dar este sitio? ¿Dónde estará el miserable que nos ha gastado tan funesta brom?

-Vuesarced, debemos distraernos con alguna conversación; s contrario, aquí habrá asesinato! -dijo uno.

-¡Comience! — respondió el otro.

-Por ejemplo, ¿por qué cree usted que el sol primero se levanta y sólo después se n, nunca ocurre al revés?

-Qué pregunta tan rr, vuesarced, ¿acaso usted n se levanta primero, después se va la ofiin, donde se n escribir, sólo al final se acuesta dormir?

-Si, claro, pero ¿por qué n admitir el siguiente cambio: primero me acuesto, v diversos sueños, después, me levanto?

-Hum... sí... No obstante, le confieso que cuando trabajaba en la oficina, siempre pensaba lo siguiente: "¡Ahora es la manana, despues vendrá el día, luego nos darán la n, será hora de dormir!"

Pero la sola mención de la cena les desanimó cortó la conversacion en su comienzo mismo.

-Cierta vez, le oí decir un medico que el ser humano puede nutrirse de sus propios jugos durante un largo tiempo -recomenzó uno de los generales.

-¿Cómo así?

-Como lo oye. Parece que los jugos originarios producen otros, que su vez originan los terceros, así sucesivamente hasta que dejan de fluir...

-¿Y qué hacer entonces?

-Entonces, hay que ingerir algún alimento...

los demonios!

En otras palabras, hablaran lo que hablaran, siempre acababan por volver al recuerdo de la comida, el cual les fustigaba aun más el apetito. Decidieron dejar de lado la conversación, se acordaron del "Noticiero Moscovita" que habían encontrado. Se dieron leerlo ávidamente.

"Ayer -leyó con voz emocionada uno de los generales-, l respetable y honorable gobernador de nuestra antigua capital concedió un almuerzo de gala. Con asombroso lujo se sirvió una mesa para cien comensales. Manjares de diferentes países parecían haber concertado una cita en esa maravillosa fiesta. Hubo salmón dorado, faisán de los bosques caucasianos fresas, tan raras en febrero en nuestras latitudes septentrionales..."

-¡Mi Dios! ¿Acaso n puede encontrar otra noticia más digna de atención, vuesarced? -vociferó desesperado el otro general, arrebatándole el periódico. Y leyó:

"Desde Tula nos informan que ayer, con motivo de haber sido capturado un esturion en el río Upa (un hecho sin parangón en la historia de ese lugar, hasta para los más ancianos; más aún si se toma en consideración que el esturion se parecía a un policía de esa localidad), fue organizado un festival en el club de la ciudad. El "promotor" de la fiesta, rodeado de pepinillos y con un ramo de verduras en las fauces, fue transportado en un inmenso plato de madera. El doctor P. que ese día desempeñaba las funciones de administrador del club, veló celosamente para que cada invitado recibiera su pedazo.Hubo de las mas diversas salsas..."

-Espere, vuesarced, parece que usted tampoco es muy cauteloso al escoger la lectura! — le interrumpió el otro general, y le quitó el diario. Leyó:

"De Viatka nos comunican que un anciano de esa localidad ha inventado un metodo muy original para preparar sopa de pescado. Toma una lota común viva y la azota, hasta que a esta, de amargura, se le dilata el hígado..."

Ambos generales quedaron anonadados. Miraran lo que miraran, todo era testimonio de la comida. Sus propios pensamientos les jugaban una mala pasada, pues por más que trataban de evitarlo, la visión de un buen bistec irrumpía a la fuerza en sus mentes.

Y de pronto, el que había sido maestro de caligrafía tuvo una inspiración:

-¿Qué le parece, vuesarced, si buscamos a un aldeano? -dijo alegremente.

-¿Cómo así? ¿A un aldeano?

-¡Sí, a un simple aldeano, a uno de tantos...campesinos! El nos traería pan, cazaría ortegas y pescaría para nosotros!

-Vaya... conque un aldeano... Pero ¿de dónde lo vamos a sacar, si no se divisa a ninguno?

-¡Cómo que de dónde lo vamos a sacar! ¡En todas partes los hay, sólo debemos buscarlo! ¡Seguramente, el nuestro se ha escondido por ahí, hurtándole el cuerpo al trabajo!

La idea les reanimó tanto, que se pusieron en pie de un salto y emprendieron la búsqueda.

Largo tiempo vagaron por la isla, sin éxito alguno, pero al final un fuerte olor a pan de salvado y a zamarra de oveja les puso sobre la huella. Debajo de un árbol, panza arriba y con el puño por almohada, dormía un mocetón que con el mayor descaro del mundo le hurtaba el cuerpo al trabajo. El enojo de los generales fue mayúsculo.

-¡Arriba, so zángano! –se abalanzaron- ¡Seguro que ni te imaginas que aquí hay dos generales muriéndose de hambre desde hace ya dos días! ¡A trabajar, inmediatamente!

El hombre se levantó y vio que los generales eran severísimos. Quiso poner pies en polvorosa, pero ambos se le habían pegado como moluscos. Y tuvo que ponerse en acción. En primer lugar, se subió a un árbol y cortó una decena de las manzanas más maduras para cada general, y para sí mismo se dejó sólo la más agria. Después escarbó la tierra y sacó unas papas, tomó dos maderos, los frotó y encendió el fuego. De sus propios cabellos, hizo una trampa y atrapó una ortega. Al final, guisó tantas provisiones, que una idea iluminó à los generales: "¿Y si le diéramos una parte, al muy flojonazo?"

Ambos miraban el empeño del aldeano, y sentían renacer la alegría en sus corazones. Olvidaron que la víspera habían estado a punto de morir de hambre, y pensaban: "¡Qué dicha ser generales! ¡En todas partes, uno cae parado!"

-¿Están satisfechos, los señores generales? — les preguntó a todo eso el aldeano.

-¡Sí, estimado, pues vemos tu ahínco! -le respondieron.

-¿Y n m permitirían descansar ahora?

-Descansa, amiguito, pero primero, téjenos una cuerda.

El hombre recogió cáñamo silvestre, lo puso remojar, lo golpeó y lo sacudió, al anochecer la cuerda ya estaba lista. Con esa misma cuerda, los generales le ataron un árbol, para que n huyera, se acostaron dormir.

Pasó un dia, otro y otro más; el aldeano fue adquiriendo tanta habilidad, que incluso se las ingenió para sopas. Nuestros generales se volvieron dicharacheros, fofos, satisfechos y blancos. Les dio por decir que allí vivían con todo preparado, mientras en Petersburgo sus pensiones se acumulaban d día más.

-¿Qué cree usted, vuesarced? ¿Existió realmente la torre de Babel, son sólo cuentos? -le preguntaba uno al otro después del desayuno.

-Creo que sí, vuesarced. Caso contrario, ¿cómo explicar que existan tantos idiomas diferentes en el mundo?

-¿Entonces, también, existió el Diluvio?

-Tambien, porque, de n ser así, ¿cómo expli la existencia de los animales antediluvianos? Mas aún, en el "Noticiero Moscovita" se cuenta que...

-¿Qué le parece si leemos el "Noticiero"?

Buscaban el periódico, se sentaban la sombra, lo leían de b a rb; de cómo se comía en Moscú, en Tula, en Penza y en Riazán. ¡Y sin sentir nausea alguna!

la larga, la corta, ambos generales bron por aburrirse. Se pusieron nostálgicos, d vez más seguido se acordaban de las cocineras que dejaran en Petersburgo. A hurtadillas, incluso lloraban.

-¿Que estará pasando en la Podiacheskaya, vuesarced? -preguntaba uno.

-¡No me lo pregunte, vuesarced, que se  me rompe el corazon! contestaba el otro.

-¡Indudablemente estamos bien atendidos aquí! ¡Pero no vive bien la oveja sin su redil! ¡Además, siento añoranzas del uniforme!

-¡Cómo no sentirlas! ¡Sobre todo del de cuarto rango, que de sólo mirarle el bordado de oro, a uno le da vértigo!

Y empezaron a exigirle al aldeano que los llevara a la Podiacheskaya. Bueno, resultó que éste incluso había pasado ya por esa calle y visto y olido su abundancia, aunque ¡colorín colorado! sin haberla probado.

-¡Pero si nosotros somos generales de la Podiacheskaya! -se alegraron los generales.

-Quizá vieran allí a un hombre colgado en la parte de afuera de un edificio -les dijo el aldeano-, sobre una tabla sujetada por cuerdas, embadurnando de pintura las paredes, y andando por el techo como una mosca. Ese era yo.

Y el aldeano empezó a cranear cómo satisfacer a sus generales, porque ellos lo compadecían, al muy holgazán, y no desdeñaban su trabajo de rústico. Al final, acabó por construir un barco, bueno, no tanto un barco cuanto una carraca, capaz de cruzar el mar océano hasta la mismísima Podiacheskaya.

-¡No obstante, so canalla, ten cuidado, que podrías ahogarnos! le dijeron los generales, al ver la barcaza que se mecía en las olas.

-¡Calma, señores generales, que no es primera vez! les respondió el aldeano y se entregó a los preparativos para la travesía.

Juntó suaves plumillas de cisne, con las cuales cubrió el fondo de la embarcación. Hecho eso, acostó allí a los generales, se santiguó y zarpó. Cuánto miedo pasaron los generales durante la navegación, por los vientos y las tormentas, cuánto regañaron al aldeano por ser tan perezoso. Son cosas que no se escriben ni vienen  cuento. Pero el hombre seguía remando y alimentándoles de arenques.

Por fin aparecieron el añorado río Nevá, el Canal de Catalina y la Gran Podiacheskaya! ¡Las cocineras elevaron sus manos al cielo, al ver cuan gordos, inmaculados y alegres llegaban sus generales! Ambos se hartaron de café y de pastelillos y se pusieron sus uniformes. Después se fueron a la tesorería y ¡cuanto dinero recibieron! Otra vez, no viene a cuento. Sin embargo, no se olvidaron del aldeano: le enviaron un vasito de aguardiente y cinco centavos de plata. ¡Para que festejara!    (1869)

 

 

Tradujo: Eugenio Aguilera

 

 

 



Fecha: 2008-01-25

Por: Mijail Saltikov-Schedrin, traducción de Aguilera E.E.

Idiomas: Russian language

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Eugenio
[13 abril 2008] - Domingo
Juan, en su época yo traduje todo un libro de Saltikov-Schedrin. Poco a poco iré colocando algunos cuentos aquí. Por ahora tenemos un problema técnico que me ha impedido seguir ensanchando el Rincón Literario. Pero, apenas se solucione... ya me entiendes.

Godoy
[11 abril 2008] - Viernes
Eugenio, la verdad que traducir una obra es siempre una tarea compleja..., pero, francamente has realizado un trabajo muy bueno... Me encantaría seguir leyendo otras traduciones del autor ruso...

Cordiales saludos

Juan

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